Entonces dijeron: «Somos siete hombres, y ellas sólo son tres mujeres. Preguntemos la explicación de lo ocurrido, y si no quieren contestarnos de grado, que lo hagan á la fuerza.» Y todos se concertaron para obrar de ese modo, menos el visir, que les dijo: «¿Creéis que vuestro propósito es justo y honrado? Pensad que somos sus huéspedes, nos han impuesto condiciones y debemos cumplirlas. Además, he aquí que se acaba la noche, y pronto irá cada uno á buscar su suerte por el camino de Alah.» Después guiñó el ojo al califa, y llevándole aparte, le dijo: «Sólo nos queda que permanecer aquí una hora. Te prometo que mañana pondré entre tus manos á estas jóvenes, y entonces les podrás preguntar su historia.» Pero el califa rehusó y dijo: «No tengo paciencia para aguardar á mañana.» Y siguieron hablando todos, hasta que acabaron por preguntarse: «¿Cuál de nosotros les dirigirá la pregunta?» Y algunos opinaron que eso le correspondía al mandadero.

A todo esto, las jóvenes les preguntaron: «¿De qué habláis, buena gente?» Entonces el mandadero se levantó, se puso delante de la mayor de las tres hermanas, y le dijo: «¡Oh soberana mía! En nombre de Alah te pido y te conjuro, de parte de todos los convidados, que nos cuentes la historia de esas dos perras negras, y por qué las has castigado tanto, para llorar después y besarlas, Y dinos también, para que nos enteremos, la causa de esas huellas de latigazos que se ven en el cuerpo de tu hermana. Tal es nuestra petición. Y ahora, ¡que la paz sea contigo!»

Entonces la joven les preguntó á todos: «¿Es cierto lo que dice este mandadero en vuestro nombre?» Y todos, excepto el visir, contestaron: «Cierto es.» Y el visir no dijo ni una palabra.

Entonces la joven, al oir su respuesta, les dijo: «¡Por Alah, huéspedes míos! Acabáis de ofendernos de la peor manera. Ya se os advirtió oportunamente que si alguien hablaba de lo que no le importase, oiría lo que no le había de gustar. ¿No os ha bastado entrar en esta casa y comeros nuestras provisiones? Pero no tenéis vosotros la culpa, sino nuestra hermana, por haberos traído.»

Y dicho esto, se remangó el brazo, dió tres veces con el pie en el suelo, y gritó: «¡Hola! ¡Venid en seguida!» E inmediatamente se abrió uno de los roperos cubiertos por cortinajes, y aparecieron siete negros, altos y robustos, que blandían agudos alfanjes. Y la dueña les dijo: «Atad los brazos á esa gente de lengua larga, y amarradlos unos á otros.» Y ejecutada la orden, dijeron los negros: «¡Oh señora nuestra! ¡Oh flor oculta á las miradas de los hombres! ¿nos permites que les cortemos la cabeza?» Y ella contestó: «Aguardad una hora, porque antes de degollarlos los he de interrogar para saber quiénes son.»

Entonces exclamó el mandadero: «¡Por Alah, oh señora mía! no me mates por el crimen de estos hombres. Todos han faltado y todos han cometido un acto criminal, pero yo no. ¡Por Alah! ¡Qué noche tan dichosa y tan agradable habríamos pasado si no hubiésemos visto á estos malditos saalik! Porque estos saalik de mal agüero son capaces de destruir la más floreciente de las ciudades sólo con entrar en ella.»

Y en seguida recitó esta estrofa:

¡Qué hermoso es el perdón del fuerte! ¡Y sobre todo, qué hermoso cuando se otorga al indefenso!

¡Yo te conjuro por la inviolable amistad que existe entre los dos: no mates al inocente por causa del culpable!

Cuando el mandadero acabó de recitar, la joven se echó á reir.