Entonces ella me miró y me dijo: «¿Eres un ser humano ó un efrit?» Y contesté: «Soy un hombre.» Ella volvió á preguntar: «¿Cómo pudiste venir hasta este sitio donde estoy encerrada veinte años?» Y al oir estas palabras, que me parecieron llenas de delicia y de dulzura, le dije: «¡Oh señora mía! Alah me ha traído á tu morada para que olvide mis dolores y mis penas.» Y le conté cuanto me había ocurrido, desde el principio hasta el fin, produciéndole tal lástima, que se puso á llorar, y me dijo: «Yo también te voy á contar mi historia:
»Sabe que soy hija del rey Aknamus, el último rey de la India, señor de la isla de Ébano. Me casé con el hijo de mi tío. Pero la misma noche de mi boda, antes de perder mi virginidad, me raptó un efrit llamado Georgirus, hijo de Rajmus y nieto del propio Eblis, y me condujo volando hasta este sitio, al que había traído dulces, golosinas, telas preciosas, muebles, víveres y bebidas. Desde entonces viene á verme cada diez días; se acuesta esa noche conmigo y se va por la mañana. Si necesitase llamarlo durante los diez días de su ausencia, no tendría mas que tocar esos dos renglones escritos en la bóveda, é inmediatamente se presentaría. Como vino hace cuatro días, no volverá hasta pasados otros seis, de modo que puedes estar conmigo cinco días, para irte uno antes de su llegada.»
Y yo contesté: «Desde luego he de permanecer aquí todo ese tiempo.» Entonces, ella, mostrando una gran satisfacción, se levantó en seguida, me cogió de la mano, me llevó por unas galerías y llegamos por fin al hammam, cómodo y agradable con su atmósfera tibia. Inmediatamente me desnudé, ella se despojó también de sus vestidos, quedando toda desnuda, y los dos entramos en el baño. Después de bañarnos, nos sentamos en la tarima del hammam, uno al lado del otro, y me dió de beber sorbetes de almizcle y á comer pasteles deliciosos. Y seguimos hablando cariñosamente mientras nos comíamos las golosinas del raptor.
En seguida me dijo: «Esta noche vas á dormir y á descansar de tus fatigas, para que mañana estés bien dispuesto.»
Y yo, ¡oh señora mía! me avine á dormir, después de darle mil gracias. Y olvidé realmente todos mis pesares.
Al despertar, la encontré sentada á mi lado, frotando con un delicioso masaje mis miembros y mis pies. Y entonces invoqué sobre ella todas las bendiciones de Alah, y estuvimos hablando durante una hora cosas muy agradables. Y ella me dijo: «¡Por Alah! Antes de que vinieses vivía sola en este subterráneo, y estaba muy triste, sin nadie con quien hablar, y esto durante veinte años. Por eso bendigo á Alah, que te ha guiado junto á mí.»
Después, con voz llena de dulzura, cantó esta estancia:
¡Si de tu venida
Nos hubiesen avisado anticipadamente,
Habríamos tendido como alfombra para tus pies
La sangre pura de nuestros corazones y el negro terciopelo de nuestros ojos!
¡Habríamos tendido la frescura de nuestras mejillas
Y la carne juvenil de nuestros muslos sedosos
Para tu lecho, ¡oh viajero de la noche!
¡Porque tu sitio está encima de nuestros párpados!
Al oir estos versos le di las gracias con la mano sobre el corazón, y sentí que su amor se apoderaba de todo mi ser, haciendo que tendieran el vuelo mis dolores y mis penas. En seguida nos pusimos á beber en la misma copa, hasta que se ausentó el día. Y aquella noche me acosté con ella, para gozar la mayor felicidad. ¡Y jamás en mi vida he pasado una noche semejante! Por eso cuando llegó la mañana nos levantamos muy satisfechos uno de otro y realmente poseídos de una dicha sin límites.
Entonces, más enamorado que nunca, temiendo que se acabase nuestra felicidad, le dije: «¿Quieres que te saque de este subterráneo y que te libre del efrit?» Pero ella se echó á reir y me dijo: «¡Calla y conténtate con lo que tienes! Ese pobre efrit sólo vendrá una vez cada diez días, y todos los demás serán para ti.» Pero exaltado por mi pasión, me excedí demasiado en mis deseos, pues repuse: «Voy á destruir esas inscripciones mágicas, y en cuanto se presente el efrit, lo mataré. Para mí es un juego exterminar á esos efrits, ya sean de encima ó de debajo de la tierra.»