Entonces empecé á conversar con él, y se nos acercó el otro hermano, el tercer saaluk, quien después de desearnos la paz, nos dijo que era extranjero. Y nosotros le dijimos: «También somos extranjeros, y hemos llegado hoy á esta ciudad bendita.» Y echamos á andar juntos, sin que ninguno supiera la historia de sus compañeros. Y la suerte y el Destino nos guiaron hasta esta puerta, y entramos en vuestra casa.
He aquí, ¡oh mi señora! los motivos de que me veas tuerto y con la barba afeitada.»
Entonces la dueña de la casa dijo al segundo saaluk: «Tu historia es realmente extraordinaria. Ahora alísate un poco el pelo sobre la cabeza y ve á buscar tu destino por la ruta de Alah.»
Pero él respondió: «En verdad que no saldré de aquí sin haber oído el relato de mi tercer compañero.»
Entonces el tercer saaluk dió un paso y dijo:
«¡Oh gloriosa señora! no creas que mi historia encierra menos maravillas que las de mis dos compañeros! Porque mi historia es infinitamente más asombrosa aún.
Si sobre estos dos compañeros míos pesaron las desgracias, motivadas por el Destino y la fatalidad, otra cosa fué respecto á mí. Si estoy afeitado y tuerto, yo tengo la culpa, pues me atraje la fatalidad y llené mi corazón de penas y zozobras.
Helo aquí. Soy rey, hijo de rey. Mi padre se llamaba Kassib y yo era su hijo. Cuando murió el rey, mi padre, heredé su reino, y reiné y goberné con justicia, haciendo mucho bien entre mis súbditos.
Pero tenía gran afición á los viajes por mar. Y no me privaba de ellos, porque la capital de mi reino estaba junto al mar, y en una gran extensión marítima pertenecíanme numerosas islas fortificadas. Una vez quise ir á visitarlas todas, y mandé preparar diez naves grandes y llenarlas de provisiones para un mes, dándome á la vela. Esta visita duró veinte días, al cabo de los cuales, una noche se desencadenó contra nosotros un viento contrario, que se prolongó hasta el amanecer. Entonces, calmado un poco el viento y suavizado el mar, al salir el sol vimos una isla en la que podíamos detenernos. Fuimos á tierra, hicimos algo de comer, y descansamos dos días en espera de que la tempestad terminara, y luego zarpamos. El viaje duró otros veinte días, hasta que en uno de tantos perdimos la derrota, pues las aguas en que navegábamos eran tan desconocidas para nosotros como para el capitán. Porque el capitán, realmente, no conocía este mar. Entonces le dijimos al vigía: «Mira con atención el mar.» Y el vigía subió al palo, descendió después y nos dijo al capitán y á mí: «A la derecha he visto peces en la superficie del agua, y muy lejos, en medio de las olas, una cosa que unas veces parecía blanca y otras negra.»