Al oir estas palabras del vigía, el capitán sufrió un cambio muy notable en su color, tiró el turbante al suelo, se mesó la barba, y nos dijo: «¡Os anuncio nuestra total pérdida! ¡No ha de salvarse ni uno!» Luego se echó á llorar, y con él lloramos todos. Yo le pregunté entonces: «¡Oh capitán! ¿Quieres explicarnos las palabras del vigía?» Y contestó: «¡Oh mi señor! Sabe que desde el día que sopló el viento contrario perdimos la derrota, y hace de ello once días, sin encontrar un viento favorable que nos permita volver al buen camino. Sabe, pues, el significado de esa cosa negra y blanca y de esos peces que sobrenadan cerca de nosotros: mañana llegaremos á una montaña de rocas negras que se llama la Montaña del Imán, y hacia ella han de llevarnos á la fuerza las aguas. Y nuestra nave se despedazará, porque volarán todos sus clavos, atraídos por la montaña y adhiriéndose á sus laderas, pues Alah el Altísimo dotó á la Montaña del Imán de una secreta virtud que la permite atraer todos los objetos de hierro. Y no puedes imaginarte la enorme cantidad de cosas de hierro que se ha acumulado y colgado de dicha montaña desde que atrae á los navíos. ¡Sólo Alah sabe su número! Desde el mar se ve relucir en la cima de esa montaña una cúpula de cobre amarillo sostenida por diez columnas, y encima hay un jinete en un caballo de bronce, y el jinete tiene en la mano una lanza de cobre, y le pende del pecho una chapa de plomo grabada con palabras talismánicas desconocidas. Sabe, ¡oh rey! que mientras el jinete permanezca sobre su caballo, quedarán destrozados todos los barcos que naveguen en torno suyo, y todos los pasajeros se perderán sin remedio, y todos los hierros de las naves se irán á pegar á la montaña. ¡No habrá salvación posible mientras no se precipite el jinete al mar!»

Dicho esto, ¡oh señora mía! el capitán continuó derramando abundantes lágrimas, y juzgamos segura é irremediable nuestra pérdida, despidiéndose cada cual de sus amigos.

Y así fué; porque apenas amaneció, nos vimos próximos á la montaña de rocas negras imantadas, y las aguas nos empujaban violentamente hacia ella. Y cuando las diez naves llegaron al pie de la montaña, los clavos se desprendieron de pronto y comenzaron á volar por millares, lo mismo que todos los hierros, y fueron á adherirse á la montaña. Y nuestros barcos se abrieron, siendo precipitados al mar todos nosotros.

Pasamos el día entero á merced de las olas, ahogándose la mayoría y salvándonos otros, sin que los que no perecimos pudiéramos volver á encontrarnos, pues las corrientes terribles y los vientos contrarios nos dispersaron por todas partes.

Y Alah el Altísimo, ¡oh señora mía! me quiso salvar para reservarme nuevas penas, grandes padecimientos y enormes desventuras. Pude agarrarme á uno de los tablones que sobrenadaban, y las olas y el viento me arrojaron á la costa, al pie de la Montaña del Imán.

Allí encontré un camino que conducía á la cumbre, y estaba todo él hecho de escalones tallados en la roca. En seguida invoqué el nombre de Alah el Altísimo, y...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
la 15.ª NOCHE

Ella dijo: