He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el tercer saaluk, mientras permanecían sentados y cruzados de brazos los demás, vigilados por los siete negros, que tenían en la mano el alfanje desnudo, prosiguió, dirigiéndose á la dueña de la casa:
«Invoqué, pues, el nombre de Alah, le imploré, y me absorbí en el éxtasis de la plegaria. Y cuando el viento cambió, por orden del Altísimo, logré subir á lo más alto de la montaña, agarrándome como pude á las rocas y excavaciones. Y mi alegría por hallarme en salvo llegó hasta el límite de la alegría. Ya sólo me faltaba llegar á la cúpula; lo conseguí al fin, y pude penetrar en ella. Entonces me hinqué de rodillas y di gracias á Alah por haberme salvado.
Pero estaba tan rendido, que me eché en el suelo y me dormí. Y durante mi sueño oí que una voz me decía: «¡Oh hijo de Kassib! cuando te despiertes cava á tus pies, y encontrarás un arco de cobre y tres flechas de plomo, en las cuales hay grabados talismanes. Coge el arco y dispara contra el jinete que está en la cúpula, y así podrás devolver la tranquilidad á los humanos, librándoles de tan terrible plaga. Cuando hieras al jinete, este jinete caerá al mar y el arco se escapará de tus manos al suelo. Le cogerás entonces y lo enterrarás en el mismo sitio en que haya caído. Y mientras tanto, el mar empezará á hervir, creciendo hasta llegar á la cumbre en que te encuentras. Y verás en el mar una barca, y en la barca á una persona distinta del jinete arrojado al abismo. Esa persona se te acercará con un remo en la mano. Puedes entrar sin temor en la barca. Pero guárdate bien de pronunciar el santo nombre de Alah, y no olvides esto por nada del mundo. Una vez en la barca, te guiará ese hombre, haciéndote navegar por espacio de diez días, hasta que llegues al Mar de Salvación. Y cuando llegues á este mar encontrarás á alguien que ha de llevarte á tu tierra. Pero no olvides que para que todo eso ocurra no debes pronunciar nunca el nombre de Alah.»
Entonces, ¡oh señora mía! desperté y me dispuse animoso á ejecutar las órdenes de aquella voz. Con el arco y las flechas encontradas disparé contra el jinete, lo derribé, y lo vi hundirse en el mar. El arco se me escapó de la mano, y lo enterré en el mismo sitio en que había caído. En seguida el mar se agitó, hirvió y se desbordó, llegando hasta la cumbre en que yo me hallaba Y á los pocos instantes vi en medio del mar una barca que se dirigía hacia la costa. Entonces di gracias á Alah el Altísimo. Y al aproximarse la barca advertí en ella á un hombre de bronce que llevaba en el pecho una chapa de plomo con nombres y talismanes grabados. Y cuando la barca llegó, entré en ella, pero sin decir palabra. Y el hombre de bronce me condujo durante un día, durante dos, durante tres, y así sucesivamente, hasta diez días. Entonces vi unas islas á lo lejos. ¡Aquello era la salvación! Y me alegré hasta el límite de la alegría; pero tanta era la plenitud de mi emoción y de mi gratitud hacia el Altísimo, que pronuncié el nombre de Alah y lo glorifiqué, exclamando: «¡Alahu akbar! ¡Alahu akbar!»[45]
Pero apenas dije tan sagradas palabras, el hombre de bronce se apoderó de mí, me arrojó al mar, y hundiéndose á lo lejos, desapareció.
Estuve nadando hasta el anochecer, en que mis brazos quedaron extenuados y rendido todo mi cuerpo. Entonces, viendo aproximarse la muerte, dije la schehada, mi profesión de fe, y me dispuse á morir. Pero en aquel momento una ola más enorme que las otras vino desde la lejanía como una torre gigantesca y me despidió con tal empuje, que me encontré junto á unas islas que había divisado en lontananza. ¡Así lo quiso Alah!
Entonces trepé á la orilla, retorcí mi ropa, tendiéndola en el suelo para que se secase, y me eché á dormir, sin despertar hasta por la mañana. Me puse mis vestidos secos, me levanté buscando donde ir, y me interné en un pequeño valle fértil, recorriéndolo en todas direcciones, y así di una vuelta entera al lugar en que me encontraba, viendo que me rodeaba el mar por todas partes. Y me dije: «¡Qué fatalidad la mía! ¡Siempre que me libro de una desgracia caigo en otra peor!»
Mientras me absorbían tan tristes pensamientos, divisé que venía por el mar una barca con gente. Entonces, temeroso de que me ocurriera algo desagradable, me levanté y me encaramé á un árbol para esperar los acontecimientos. Al arribar la barca salieron de ella diez esclavos con una pala cada uno. Anduvieron hasta llegar al centro de la isla, y allí empezaron á cavar la tierra, dejando al descubierto una trampa. La levantaron, y abrieron una puerta que apareció debajo. Hecho esto, volvieron á la barca, descargando de su interior y echándose á hombros gran cantidad de efectos: pan, harina, miel, manteca, carneros, sacos llenos y otras muchas cosas; todo, en fin, lo que pueda desear quien vive en una casa. Los esclavos siguieron yendo y viniendo del subterráneo á la barca y de la barca á la trampa, hasta vaciar completamente aquélla, sacando luego trajes suntuosos y magníficos, que se echaron al brazo; y entonces vi salir de la barca, en medio de los esclavos, á un anciano venerable, tan flaco y encorvado por los años y las vicisitudes, que apenas tenía apariencia humana. Este jeque llevaba de la mano á un joven hermosísimo, moldeado realmente en el molde de la perfección, rama tierna y flexible, cuyo aspecto hubo de cautivar mi corazón y conmover la pulpa de mi carne.
Llegaron hasta la puerta, la franquearon y desaparecieron ante mis ojos. Pero pasados unos instantes, subieron todos menos el joven; entraron otra vez en la barca y se alejaron por el mar.
Cuando los hube perdido de vista, salté del árbol, corrí hacia el sitio donde estaba la trampa, que habían cubierto otra vez de tierra, y la quité de nuevo. Entonces descubrí la trampa, que era de madera y del tamaño de una piedra de molino, la levanté con ayuda de Alah, y vi que arrancaba de ella una escalera abovedada. Descendí, poseído de asombro, sus peldaños de piedra, y me encontré al fin en un espacioso salón revestido de tapices magníficos y colgaduras de seda y terciopelo. En un diván, entre bujías encendidas, jarrones con flores y tarros llenos de frutas y de dulces, aparecía sentado el joven, que estaba haciéndose aire con un abanico. Al verme se asustó mucho, pero yo le dije con mi más armoniosa voz: «¡La paz sea contigo!» Y él contestó, tranquilizándose: «¡Y contigo sea la paz, la misericordia de Alah y sus bendiciones!» Yo le dije: «¡Oh mi señor! Que tu corazón no se alarme. Aquí donde me ves, soy rey é hijo de un rey. Alah me ha guiado hasta ti para sacarte de este subterráneo, al cual sin duda te trajeron para que murieses. Pero yo te libertaré. Y serás mi amigo, pues me bastó verte para estar predispuesto á tu favor.»