¡El que lee en los astros contemplaba la noche! ¡Y de pronto surgió ante su mirada la esbeltez del apuesto mancebo! Y pensó:

¡Es él mismo Zohal[49], que dió á este astro la negra cabellera destrenzada, semejante á un cometa!

¡En cuanto al carmesí de sus mejillas, Mirrikh[50] fué el encargado de extenderlo! ¡Los rayos penetrantes de sus ojos son las flechas mismas del Arquero de las siete estrellas!

¡Y Hutared[51] le otorgó su maravillosa sagacidad y Abylssuha su valor de oro!

¡Y el astrólogo no supo qué pensar al verle, y se quedó perplejo! ¡Entonces, inclinándose hacia él, sonrió él astro!

Al mirarle, experimentaba una profunda turbación de mis sentidos, lamentando no haberle conocido antes, y en mi corazón se encendían como ascuas. Y le dije: «¡Oh dueño y soberano mío, atiende á mi pregunta!» Y él me contestó: «Escucho y obedezco.» Y me contó lo siguiente:

«Sabe, ¡oh mi honorable señora! que esta ciudad era de mi padre. Y la habitaban todos sus parientes y súbditos. Mi padre es el rey que habrás visto en su trono, transformado en estatua de piedra. Y la reina, que también habrás visto, es mi madre. Ambos profesaban la religión de los magos adoradores del terrible Nardún. Juraban por el fuego y la luz, por la sombra y el calor, y por los astros que giran.

Mi padre estuvo mucho tiempo sin hijos. Yo nací á fines de su vida, cuando traspuso ya el umbral de la vejez. Y fuí criado por él con mucho esmero, y cuando fuí creciendo se me eligió para la verdadera felicidad.

Había en nuestro palacio una anciana musulmana que creía en Alah y en su Enviado, pero ocultaba sus creencias y aparentaba estar conforme con las de mis padres. Mi padre tenía en ella gran confianza, y muy generoso con ella, la colmaba de su generosidad, creyendo que compartía su fe y su religión. Me confió á ella, y le dijo: «Encárgate de su cuidado; enséñale las leyes de nuestra religión del Fuego y dale una educación excelente, atendiéndole en todo.»

Y la vieja se encargó de mí; pero me enseñó la religión del Islam, desde los deberes de la purificación y de las abluciones, hasta las santas fórmulas de la plegaria. Y me enseñó y explicó el Corán en la lengua del Profeta. Y cuando hubo terminado de instruirme, me dijo: «¡Oh hijo mío! Tienes que ocultar estas creencias á tu padre, profesándolas en secreto, porque si no, te mataría.»