Callé, en efecto; y no hacía mucho que había terminado mi instrucción, cuando falleció la santa anciana, repitiéndome su recomendación por última vez. Y seguí en secreto siendo un creyente de Alah y de su Profeta. Pero los habitantes de esta ciudad, obcecados por su rebelión y su ceguera, persistían en la incredulidad. Y un día la voz de un muecín invisible retumbó como el trueno, llegando á los oídos más distantes: «¡Oh vosotros los que habitáis esta ciudad! ¡Renunciad á la adoración del Fuego y de Nardún, y adorad al Rey Único y Poderoso!»
Al oir aquello se sobrecogieron todos y acudieron al palacio del rey, exclamando: «¿Qué voz aterradora es esa que hemos oído? ¡Su amenaza nos asusta!» Pero el rey les dijo: «No os aterréis y seguid firmemente vuestras antiguas creencias.»
Entonces sus corazones se inclinaron á las palabras de mi padre, y no dejaron de profesar la adoración del Fuego. Y siguieron en su error hasta que llegó el aniversario del día en que habían oído la voz por primera vez. Y la voz se hizo oir por segunda vez, y luego por tercera vez, durante tres años seguidos. Pero á pesar de ello, no cesaron en su extravío. Y una mañana, cuando apuntaba el día, la desdicha y la maldición cayeron del cielo y los convirtió en estatuas de piedra negra, corriendo la misma suerte sus caballos y sus mulos, sus camellos y sus ganados. Y de todos sus habitantes fui el único que se salvó de esta desgracia. Porque era el único creyente.
Desde aquel día me consagro á la oración, al ayuno y á la lectura del Corán.
Pero he de confesarte, ¡oh mi honorable dama llena de perfecciones! que ya estoy cansado de esta soledad en que me encuentro, y quisiera tener junto á mí á alguien que me acompañase.»
«¡Oh joven dotado de cualidades! ¿Por qué no vienes conmigo á la ciudad de Bagdad? Allí encontrarás sabios y venerables jeques versados en las leyes y en la religión. En su compañía aumentarás tu ciencia y tus conocimientos de derecho divino, y yo, á pesar de mi rango, seré tu esclava y tu cosa. Poseo numerosa servidumbre, y mía es la nave que hay ahora en el puerto abarrotada de mercancías. El Destino nos arrojó á estas costas para que conociésemos la población y ocasionarnos la presente aventura. La suerte, pues, quiso reunimos.»
Y no dejé de instarle á marchar conmigo, hasta que aceptó mi ruego...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.