Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio y dormí próximamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada á mis plantas á una negra joven y hermosa, que me estaba acariciando los pies. Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: «¿Quién eres y qué quieres?» Y me contestó: «Me he apresurado á venir á tu lado, porque me has hecho un gran favor matando á mi enemigo. Soy la culebra á quien libraste de la serpiente. Yo soy una efrita. Aquella serpiente era un efrit enemigo mío, que deseaba violarme y matarme. Y tú me has librado de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he encantado en forma de perras negras, y te las he traído.» Entonces vi las dos perras atadas á un árbol detrás de mí. Luego, la efrita prosiguió: «En seguida llevé á tu casa de Bagdad todas las riquezas que había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave á pique. En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer contra la muerte. ¡Porque Alah es el único Resucitador!»
Dicho esto, me cogió en brazos, desató á mis hermanas, las cogió también, y volando nos transportó á las tres, sanas y salvas, á la azotea de mi casa de Bagdad, ó sea aquí mismo.
Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas y todas las cosas que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado.
Después me dijo la efrita: «¡Por la inscripción santa del sello de Soleimán, te conjuro á que todos los días pegues á cada perra trescientos azotes! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te convertiré también en perra.»
Y tuve que contestarle: «Escucho y obedezco.» Y desde entonces, ¡oh Príncipe de los Creyentes! las empecé á azotar, para besarlas después llena de dolor por tener que castigarlas.
Y tal es mi historia. Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que mi hermana Amina te va á contar la suya, que es aún más sorprendente que la mía.»
Ante este relato, el califa Harún Al-Rachid llegó hasta el límite más extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la noche anterior, y le dijo: «Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la causa de esos golpes con que lastimaron tu cuerpo.»
Al oir estas palabras del califa, la joven Amina avanzó un paso, y llena de timidez ante las miradas impacientes, dijo así:
«¡Oh Emir de los Creyentes! No te repetiré las palabras de Zobeida acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro padre murió, yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos á vivir solas con nuestra madre, mientras mi hermana Zobeida y las otras dos marcharon con la suya.