Poco después mi madre me casó con un anciano, que era el más rico de la ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de Alah mi viejo esposo, dejándome como parte legal de herencia, según ordena nuestro código oficial, ochenta mil dinares de oro. Me apresuré á comprarme con ellos diez magníficos vestidos, cada uno de mil dinares. Y no hube de carecer absolutamente de nada.

Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada, vino á visitarme una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su cara era más fea que el trasero de un viejo; tenía la nariz aplastada, peladas las cejas, los dientes rotos, el pescuezo torcido, y le goteaba la nariz. Bien la describió el poeta:

¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis, le enseñaría todos los fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio únicamente! ¡Podría desenredar á mil mulos que se hubieran enredado en una telaraña, y no rompería la tela!

¡Sabe echar sortilegios y cometer todos los horrores: le ha hecho cosquillas en el ano á una niña; cohabitó con un adolescente; ha fornicado con una mujer madura, y excitó hasta lo increíble á una anciana!

La vieja me saludó y me dijo: «¡Oh señora llena de gracias y cualidades! Tengo en mi casa á una joven huérfana que se casa esta noche. Y vengo á rogarte (¡Alah otorgará la recompensa á tu bondad!) que te dignes honrarnos asistiendo á la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan humilde, que no conoce á nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la protección del Altísimo.» Y después la vieja se echó á llorar y comenzó á besarme los pies. Yo, que no conocía su perfidia, sentí lástima de ella, y le dije: «Escucho y obedezco.» Entonces dijo: «Ahora me ausento, con tu venia, y entretanto vístete, pues al anochecer volveré á buscarte.» Y besándome la mano, se marchó.

Fuí entonces al hammam y me perfumé; después elegí el más hermoso de mis diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de perlas, mis brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran velo azul de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego de prolongarme los ojos con khol. Y he aquí que volvió la vieja y me dijo: «¡Oh señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del esposo, que son las más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura llegada, se alegraron mucho, y te esperan con impaciencia.» Llevé conmigo algunas de mis esclavas, y salimos todas, andando hasta llegar á una calle ancha y bien regada, en la que soplaba fresca brisa. Y vimos un gran pórtico de mármol con una cúpula monumental de mármol y sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un palacio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegadas á la puerta, la vieja llamó y nos abrieron. Y á la entrada encontramos un corredor revestido de tapices y colgaduras. Colgaban del artesonado lámparas de colores encendidas, y en las paredes había candelabros encendidos también y objetos de oro y plata, joyas y armas de metales preciosos. Atravesamos este corredor, y llegamos á una sala tan maravillosa, que sería inútil describirla.

En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas, aparecía un lecho de mármol incrustado de perlas y cubierto con un mosquitero de raso.

Entonces vimos salir del lecho una joven tan bella como la luna. Y me dijo: «¡Marhaba! ¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces el mayor honor humano! ¡Anastina![52]. ¡Eres nuestro dulce consuelo, nuestro orgullo! Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:

¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita de huésped tan encantador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante la huella de tus pasos para anunciarse la buena nueva!

¡Y exclamarían en su lengua: «¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Honor á las personas adornadas de grandeza y de generosidad!»