Luego se sentó, y me dijo: «¡Oh hermana mía! He de anunciarte que tengo un hermano, que te vió cierto día en una boda. Y este joven es muy gentil y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella noche te ama con todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente. Y él es quien ha dado dinero á la vieja para que fuese á tu casa y te trajese aquí con el pretexto que ha inventado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi casa, pues mi hermano no tiene otro deseo que casarse contigo este año bendecido por Alah y por su Enviado. Y no debe avergonzarse de estas cosas, porque son lícitas.»
Cuando oí tales palabras y me vi conocida y estimada en aquella mansión, le dije á la joven: «Escucho y obedezco.» Entonces, mostrando una gran alegría, dió varias palmadas. Y á esta señal, se abrió una puerta y entró un joven como la luna, según dijo el poeta:
¡Ha llegado á tal grado de hermosura, que se ha convertido en una obra verdaderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!
¡Ha llegado á la misma perfección de la belleza! ¡No te asombres si enloquece de amor á todos los humanos!
¡Su hermosura resplandece á la vista, por estar inscrita en sus facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!
Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven avanzó y fué á sentarse junto á su hermana, y en seguida entró el kadí con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí escribió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos estamparon sus sellos, y se fueron todos.
Entonces el joven se me acercó, y me dijo: «¡Sea nuestra noche una noche bendita!» Y luego añadió: «¡Oh señora mía! quisiera imponerte una condición.» Yo le contesté: «Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?» Entonces se incorporó, trajo el Libro Sagrado, y me dijo: «Vas á jurar por el Corán que nunca elegirás á otro mas que á mí, ni sentirás inclinación hacia otro.» Y yo juré observar la condición aquella. Al oirme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sentí que su amor me penetraba en las entrañas y hasta el fondo de mi corazón.
En seguida los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de día.
Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al concluir este mes, pedí permiso á mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé conmigo á la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré á la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y á quien conocía de muy antiguo. Y añadió: «Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su padre.» Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: «Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama.» Y dijo él: «Escucho y obedezco.» Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas, seguía elogiándolo y haciéndome observar sus cualidades, y yo le dije: «Nada me importan sus cualidades ni los elogios que le diriges, pues no hemos venido mas que á comprar lo que necesitamos, para volvernos luego á casa.»
Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al mercader el dinero de su importe. Pero él se negó á tomar el dinero, y nos dijo: «Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que recibo al veros en mi tienda.» Entonces le dije á la vieja: «Si no quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela.» Y exclamó: «¡Por Alah! No quiero tomar nada de vosotras. Todo eso os lo regalo. En cambio, ¡oh hermosa joven! concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor á ese beso que á todas las mercancías de mi tienda.» Y la vieja le dijo, riéndose: «¡Oh guapo mozo! Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable.» Y á mí me dijo: «¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No tengas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te dé un beso únicamente, y en cambio, podrás escoger y tomar lo que más te plazca de todas esas telas preciosas.» Entonces contesté: «¿No sabes que estoy ligada por un juramento?» Y la vieja replicó: «Déjale que te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también.» Y tanto siguió encareciéndolo la vieja, que hube de consentir. Y para ello, me tapé los ojos y extendí el velo, á fin de que no vieran nada los transeuntes. Entonces el joven mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios á mi mejilla y me besó. Pero á la vez me mordió tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de emoción.