Cuando volví en mí, me encontré echada en las rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto á la tienda, estaba cerrada y el joven mercader había desaparecido. Entonces la vieja me dijo: «¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha!» Y luego añadió: «Ahora tenemos que volver á casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un remedio que te curará la mordedura inmediatamente.» Entonces me levanté, y sin poder dominar mis pensamientos y mi terror por las consecuencias, eché á andar hacia mi casa, y mi espanto iba creciendo según nos acercábamos. Al llegar, entré en mi aposento y me fingí enferma.
A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: «¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?» Yo le contesté: «Nada. Estoy bien.» Entonces me miró con atención, y dijo: «Pero ¿qué herida es esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?» Y yo le dije entonces: «Cuando salí hoy con tu permiso á comprar esas telas, un camello cargado de leña ha tropezado conmigo en una calle llena de gente, me ha roto el velo y me ha desgarrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!» Entonces se llenó de ira, y dijo: «¡Mañana mismo iré á ver al gobernador para reclamar contra los camelleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar á todos!» Al oirle, repliqué compasiva: «¡Por Alah sobre ti! ¡No te cargues con pecados ajenos! Además, yo he tenido la culpa, por haber montado en un borrico que empezó á galopar y cocear. Caí al suelo, y por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara, haciéndome esta herida en la mejilla.» Entonces exclamó él: «¡Mañana iré á ver á Giafar Al-Barmaki, y le contaré esta historia, para que maten á todos los arrieros de la ciudad.» Y yo repuse: «Pero ¿vas á matar á todo el mundo por causa mía? Sabe que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por el Destino, á quien gobierna.» Al oirme, mi esposo no pudo contener su furia y gritó: «¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas á sufrir el castigo de tu crimen!» Y me trató con las palabras más duras, y á una llamada suya se abrió la puerta y entraron siete negros terribles, que me sacaron de la cama y me tendieron en el centro del patio. Entonces mi esposo mandó á uno de estos negros que me sujetara por los hombros y se sentara sobre mí y á otro negro que se apoyase en mis rodillas para sujetarme las piernas. Y en seguida avanzó un tercer negro con una espada en la mano, y dijo: «¡Oh mi señor! le asestaré un golpe que la partirá en dos mitades.» Y otro negro añadió: «Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará á los peces del río de la Dejla[53], pues así debe castigarse á quien hace traición al juramento y al cariño.» Y en apoyo de lo que decía, recitó estos versos:
¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma se rebelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le diría á mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos nobles! ¡Porque no alcanzará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!
Entonces mi esposo dijo al negro que empuñaba la espada: «¡Oh valiente Saad! ¡Hiere á esa pérfida!» Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me dijo: «Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado el fin de tu vida.» Entonces le dije: «¡Oh servidor de Alah el Óptimo! dame nada más el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento.» Después levanté al cielo la mirada, la volví á bajar y reflexioné acerca del estado mísero é ignominioso en que me veía, arrasándoseme en lágrimas los ojos, y recité llorando estas estrofas:
¡Encendiste en mis entrañas la pasión, para enfriarte después! ¡Hiciste que mis ojos velaran largas noches, para dormirte luego!
¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos?
¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi corazón, me dejaste!
¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste mas que para ser causa de mi desdicha y de la de toda mi juventud?
¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo muera escribáis en la losa de mi tumba: «¡Aquí yace un gran culpable! ¡Uno que amó!»
¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor dirigirá á mi tumba una mirada compasiva!