Al oir las palabras «negro» y «manzana», Giafar sintió un gran júbilo, y exclamó: «¡Oh Libertador!» Y en seguida mandó llamar al negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le dijo: «¿De dónde has sacado esta manzana?» Y contestó el negro: «¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar á unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y le di un golpe, mientras el niño me decía llorando: «Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana, y mi padre ha ido á buscarla á Basrah, y esa y otras dos le han costado tres dinares de oro. Y yo he cogido ésa para jugar.» Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer caso de sus lágrimas, vine con la manzana á casa, y se la he dado por dos dinares á mi ama más pequeña.»

Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:

Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en deshacerte de él?

¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas sustituirla?

Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro y lo llevó ante el califa, á quien contó la historia.

Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección á los humanos.

Entonces Giafar le dijo: «No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse á la del visir Nureddin y su hermano Chamseddin.»

Y el califa exclamó: «Y qué historia es ésa, más asombrosa que la que acabamos de oir?» Y Giafar dijo: «¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino á cambio de que perdones su irreflexión á mi negro Rihán.» Y el califa respondió: «¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.»[56].