Entonces empecé á derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeque que está aquí conmigo. Y le conté la triste historia. Entonces se sentó á mi lado, y se puso á llorar. Y no cesamos de llorar juntos hasta medianoche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte.

Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, á que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.»

Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: «¡Por Alah que no he de matar mas que á ese negro pérfido!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 19.ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el califa juró que no mataría más que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Después, volviéndose hacia Giafar, le dijo: «¡Trae á mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar.»

Y Giafar salió llorando y diciéndose: «¿Dónde lo podré hallar para traerlo á su presencia? Si es extraordinario que no se rompa un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?... ¡Indudablemente, Él, que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy á emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!»

Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al kadí é hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dispuesto á matarle si no parecía el negro. Y Giafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez á la más pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó contra su pecho, derramando muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: «¿Qué llevas ahí?» Y la niña contestó: «¡Oh padre! una manzana. Me la ha dado nuestro negro Rihán[55]. Hace cuatro días que la tengo. Pero para que me la diese tuve que pagar á Rihán dos dinares.»