Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del califa. Y le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven.» Y el califa preguntó: «¿En dónde está?» Giafar dijo: «Este joven afirma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es él.» Entonces el califa contempló al jeque y al mozo, y les dijo: «¿Cuál de vosotros dos ha matado á la joven?» Y el mancebo respondió: «¡Fuí yo!» Y el jeque dijo: «¡No; fuí yo solo!» El califa, sin preguntar más, dijo á Giafar entonces: «Llévate á los dos y crucifícalos.» Pero Giafar hubo de replicarle: «Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia.» Y entonces el joven exclamó: «¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió la tierra en la profundidad que ocupa, que soy el único que asesinó á la joven! Oid las pruebas.» Y describió el hallazgo, conocido sólo por el califa, Giafar y Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite del asombro, le dijo: «¿Y por qué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te obliguen á hacerlo á palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?» Entonces dijo el mancebo:
«Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeque, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.
Pero á principios de este mes cayó gravemente enferma, y llamé en seguida á los médicos más sabios, que no tardaron en curarla, con ayuda de Alah. Y como desde el comienzo de su enfermedad no me había acostado con ella, y lo deseaba en aquel instante, quise que primero se diera un baño. Pero ella dijo: «Antes de entrar en el hammam, desearía satisfacer un antojo.» Y le pregunté: «¿Qué antojo es ese?» Y me contestó: «Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.» Inmediatamente me fuí á la calle á comprar la manzana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé á casa muy triste, sin atreverme á ver á mi mujer, y pasé toda la noche pensando en la manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me dijo: «¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte como no sea en Basrah, en el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas, pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa.»
Entonces volví junto á mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le profesaba me movió á preparar el viaje. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir á Basrah y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Basrah por tres dinares.
Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí á mi esposa; pero al verlas ni dió muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, á un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había vuelto á cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentándola; y estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias á Alah, recobró la salud, y entonces pude salir y marchar á mi tienda para comprar y vender.
Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado á la puerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana. Y le dije: «¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana, para que yo pueda comprar otras iguales?» Y el negro se echó á reir y me contestó: «Me la ha regalado mi amante. He ido á su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y al interrogarla, me ha dicho: «Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cornudo de mi esposo ha ido á Basrah expresamente á comprármelas, y le han costado tres dinares de oro.» Y en seguida me dió ésta que llevo en la mano.»
Al oir tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se oscurecía; cerré la tienda á toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón, por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al lecho, y, efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y preguntó á mi esposa: «¿En dónde está la otra manzana?» Y me contestó: «No sé qué ha sido de ella.» Esto era una comprobación de las palabras del negro. Entonces me abalancé sobre ella cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí á cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos.
¡Por eso, ¡oh Emir de los Creyentes! te suplico que apresares mi muerte, en castigo á mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!
La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vió, pude volver á casa. Y encontré á mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: «¿Por qué lloras?» Y él me contestó: «Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar á jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: «¿De dónde has sacado esta manzana?» Y le contesté: «Es de mi padre, que se fué y se la trajo á mi madre con otras dos, compradas por tres dinares en Basrah. Porque mi madre está enferma.» Y á pesar de ello, el negro no me la devolvió, sino que me dió un golpe y se fué con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!»
Al oir estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido respecto á la hija de mi tío, y por tanto, ¡que yo había matado á mi esposa injustamente!