¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?
Al oir estos versos tan tristes, el califa dijo á Giafar: «Los versos y el aspecto de ese pobre hombre indican una gran miseria.» Después se aproximó al viejo y le dijo: «¡Oh jeque! ¿cuál es tu oficio? Y él respondió: «¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, ¡y Alah no me concedió aún el pan que ha de alimentar á mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir.» Entonces el califa le dijo: «¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares.» Y el viejo se regocijó al oirle, y contestó: «¡Acepto cuanto acabas de ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!»
Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. Y el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró á entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.
Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.
Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó: «¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina á las gentes y se arroja á las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del Juicio y pesará eternamente sobre mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo mate. En cuanto á ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si no me presentas al matador de esta mujer, á la que quiero vengar, mandaré que te crucifiquen á la puerta de mi palacio en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!»[54]. Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: «Concédeme para ello no más que un plazo de tres días.» Y el califa respondió: «Te lo otorgo.»
Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad, pensando: «¿Cómo voy á saber quién ha matado á esa joven, ni dónde he de buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase á otro para que pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer.» Y Giafar llegó á su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: «¿Dónde está el asesino de la joven?» Giafar respondió: «No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciudad al asesino.» Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen á Giafar á la puerta de palacio, encargando á los pregoneros que lo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera:
«Quien desee asistir á la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y á la crucifixión de cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan á la puerta del palacio para presenciarlo.»
Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo, pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.
Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él á los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Giafar, le dijo: «¡Que te liberten, ¡oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fuí quien asesinó á la joven despedazada y la metí en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias conmigo!»
Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio, pero compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explicaciones más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó á la gente, se acercó muy de prisa á Giafar y al joven, les saludó, y les dijo: «¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla.» Pero el joven repuso: «¡Oh visir! este viejo jeque no sabe lo que se dice. Te repito que yo soy quien la mató, debiendo ser, por tanto, el único á quien se castigue.» Entonces el jeque exclamó: «¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y estoy cansado del mundo, te serviré de rescate á ti, al visir y á sus primos. Repito que el asesino soy yo. Y conmigo se debe usar de represalias.»