Hecho esto, no pensó mas que en llorar, besando la mano de su padre Nureddin y afligiéndose al comprender que se quedaba solo, siendo tan joven, y privado de la compañía de su padre. Y Nureddin no dejó de dar consejos á su hijo Hassán Badreddin hasta que entregó el alma.

Entonces Hassán Badreddin sintió un pesar grandísimo, así como el sultán y todos los emires, y los grandes y los humildes. Y enterraron á Nureddin según su rango.

Hassán Badreddin hizo durar dos meses las ceremonias del luto, y durante todo este tiempo no salió un instante de su casa y hasta olvidó la visita á palacio para saludar al sultán, según costumbre.

Y el sultán no comprendió que era la aflicción la que retenía al hermoso Hassán Badreddin lejos de él, sino que pensó que Hassán lo abandonaba y lo menospreciaba. Y entonces se indignó mucho, y en vez de nombrar á Hassán sucesor de su padre el visir Nureddin, nombró á otro para este cargo, haciendo privado suyo á un joven chambelán.

No contento con esto, hizo más el sultán contra Hassán Badreddin. Mandó sellar y confiscar todos sus bienes, todas sus casas y todas sus propiedades, y después dispuso que prendiesen á Hassán Badreddin y se lo llevasen encadenado. Y en seguida el nuevo visir, en compañía de varios chambelanes, se dirigió á la casa del joven Hassán, que no podía sospechar la desgracia que le amenazaba.

Pero afortunadamente, había entre los esclavos de su palacio un joven mameluco que quería mucho á Hassán Badreddin. En cuanto supo lo que pasaba, echó á correr, y llegó á casa del joven Hassán, al cual halló muy triste, con la cabeza baja y el corazón dolorido, sin dejar de pensar en la muerte de su padre. Y el esclavo le enteró entonces de lo que ocurría. Y Hassán le preguntó: «¿Pero no tendré tiempo para coger algo con que subsistir durante mi huida al extranjero?» Y el mameluco le elijo: «El tiempo urge. No pienses mas que en salvar tu persona.»

Al oirle, el joven Hassán, vestido tal como estaba, y sin llevar nada consigo, salió apresuradamente, después de echarse la orla de su túnica por encima de la cabeza para que no lo conociesen. Y siguió caminando hasta que se vió fuera de la ciudad.

Al saber los habitantes de Bassra que se había intentado prender á Hassán Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin, y la confiscación de sus bienes y su probable sentencia de muerte, se afligieron en extremo y exclamaron: «¡Qué lástima de hermosura y de joven tan agradable!» Y Hassán, al recorrer las calles sin que le conociesen, oía estos lamentos y exclamaciones. Pero aún se apresuró más, y siguió andando, hasta que la suerte y el destino hicieron que precisamente pasase por el cementerio donde estaba la tourbeh[5] de su padre. Entonces entró en el cementerio, y caminando por entre las tumbas llegó á la tourbeh de su padre. Y se quitó la ropa que le cubría la cabeza, entró bajo la cúpula de la tourbeh, y resolvió pasar allí la noche.

Pero mientras permanecía sentado y sumido en sus pensamientos, vió que se le acercaba un judío de Bassra, mercader conocidísimo en la ciudad. Este mercader judío regresaba de un pueblo cercano, encaminándose á Bassra. Y al pasar cerca de la tourbeh de Nureddin, miró hacia el interior, y vió al joven Hassán Badreddin, á quien conoció en seguida. Entonces entró, se acercó á él respetuosamente y le dijo: «¡Oh mi señor! ¡qué mal semblante tienes y qué desmejorado estás, siendo tan hermoso! ¿Te ha ocurrido alguna nueva desgracia además del fallecimiento de tu padre el visir Nureddin, á quien respeté, y que tanto me quería y estimaba? ¡Téngale Alah en Su misericordia!» Pero Hassán Badreddin no quiso revelarle el verdadero motivo de su trastorno, y le contestó: «Esta tarde, mientras estaba durmiendo, se me presentó mi difunto padre, y me ha reconvenido porque no visitaba su tourbeh. De pronto me desperté, lleno de terror y remordimiento, y me vine aquí en seguida. Y aún estoy bajo aquella impresión tan penosa.»

Entonces el judío le dijo: «¡Oh mi señor! Hace tiempo que pensaba ir en tu busca para hablarte de un asunto, y ahora me favorece la casualidad, puesto que te encuentro. Sabe, pues, ¡oh mi joven señor! que tu padre el visir, con quien estaba yo en relaciones mercantiles, había fletado naves que ahora vuelven cargadas de mercancías. Estas naves vienen consignadas á él. Si quisieras cederme su carga, te ofrecería mil dinares por cada una, y te pagaría al contado.»