Y desde entonces Nureddin se consagró exclusivamente á la educación de su hijo. Y lo confió al sabio más versado en leyes religiosas y civiles. Este sabio venerable iba todos los días á dar lecciones de lectura al niño Hassán Badreddin, y poco á poco, con método, le inició en la interpretación del Corán, que acabó por aprenderse de memoria, y después el sabio siguió años y años enseñando á su discípulo todos los conocimientos útiles. Y Hassán no dejaba de crecer en hermosura, gracia y perfección, como dice el poeta:
¡Este joven! ¡Es la luna, y, como ella, resplandece de hermosura, aunque el sol tome el esplendor de sus rayos de las anémonas de sus mejillas!
¡Es el rey de la hermosura por su distinción sin igual! ¡Y habrá que suponer que prestó su lozanía á las flores y las praderas!
Durante todo aquel tiempo, el joven Hassán Badreddin no abandonó un instante el palacio de su padre Nureddin, pues el sabio le exigía una gran atención á sus lecciones. Pero cuando Hassán cumplió los quince años y ya no tuvo que aprender nada más del viejo maestro, su padre le llamó, le puso el traje más lujoso que encontró entre los suyos, le hizo que montara en la mejor de sus mulas y se dirigió con él al palacio del sultán, atravesando con numeroso séquito las calles de Bassra. Y todos los habitantes, al ver al joven Hassán Badreddin, prorrumpían en gritos de admiración, por su hermosura, la esbeltez de su talle, su gracia y sus modales encantadores. Y exclamaban: «¡Por Alah! ¡Es hermoso como la luna! ¡Que Alah lo libre del mal de ojo!» Y aquello duró hasta la llegada de Badreddin y su padre al palacio, y entonces comprendió la gente el sentido de las estrofas del poeta[4].
Cuando el sultán vió la hermosura del joven Hassán Badreddin, quedó tan sorprendido, que perdió la respiración y se olvidó de respirar durante un buen rato. Y le mandó acercarse, y le estimó mucho, le hizo su favorito, colmándole de regalos, y dijo á su padre Nureddin: «Visir, es absolutamente indispensable que me lo envíes todos los días, pues comprendo que no podría pasarme sin él.» Y el visir Nureddin tuvo que contestar: «Escucho y obedezco.»
Cuando Hassán Badreddin hubo llegado á ser amigo y favorito del sultán, su padre Nureddin cayó gravemente enfermo, y sospechando que no tardaría Alah en llamarle á Su misericordia, mandó á buscar á su hijo y le dirigió las últimas advertencias, diciéndole: «Sabe, ¡oh hijo mío! que este mundo es para nosotros una morada pasajera, porque el mundo futuro es eterno. Por eso antes de morir quiero darte algunas instrucciones; óyelas bien y ábreles tu corazón.» Y Nureddin explicó á su hijo Hassán las mejores normas para conducirse como es debido con sus semejantes y guiarse en la vida.
Luego se acordó Nureddin de su hermano Chamseddin, el visir de Egipto, y de su país y de sus parientes y de todos sus amigos del Cairo, y al recordarlos no pudo dejar de llorar por no haberlos vuelto á ver. Pero en seguida se acordó de que tenía que aconsejarle algo más á Hassán, y le dijo: «Hijo mío, conserva en tu memoria las palabras que voy á decirte, porque son muy importantes. Sabe que tengo en El Cairo un hermano llamado Chamseddin, que es tío tuyo, y además visir de Egipto. Hace tiempo que nos separamos algo disgustados, y yo estoy aquí, en Bassra, sin licencia suya. Voy, pues, á dictarte mis últimas disposiciones sobre esto. Toma un papel y un cálamo y escribe lo que dicte.»
Entonces Hassán Badreddin cogió una hoja de papel, extrajo el tintero del cinturón, sacó del estuche el mejor cálamo, que era el que estaba mejor cortado, lo mojó en la estopa empapada en tinta que estaba dentro del tintero, se sentó, dobló el pliego de papel sobre la mano izquierda, y cogiendo el cálamo con la derecha, le dijo á Nureddin: «¡Oh padre mío, escucho tus palabras!» Y Nureddin empezó á dictar: «En nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso...» Y continuó dictando en seguida á su hijo toda su historia, desde el principio hasta el fin, y además le dictó la fecha de su llegada á Bassra, y de su casamiento con la hija del viejo visir, y le dicto su genealogía completa, sus ascendientes directos é indirectos, con sus nombres; el nombre de su padre y de su abuelo, su origen, su grado de nobleza personal adquirida, y en fin, todo su linaje paterno y materno.
Después le dijo: «Conserva cuidadosamente ese pliego de papel. Y si por mandato del Destino te ocurriese alguna desgracia en tu vida, regresa al país de origen de tu padre, en donde nací yo, ó sea El Cairo, la ciudad próspera; pregunta allí por tu tío el visir, que vive en nuestra casa, y salúdale de mi parte, deseándole la paz, y dile que he muerto afligido por morir en el extranjero, lejos de él, y que antes de morir no tenía más deseo que verle. He aquí, ¡oh hijo mío Hassán! los consejos que quería darte. ¡Te conjuro á que no los olvides!»
Entonces Hassán Badreddin dobló cuidadosamente el papel, después de echarle arenilla, secarlo y sellarlo con el sello de su padre el visir, y luego lo colocó en el forro de su turbante, y lo cosió allí, habiéndolo envuelto en un pedazo de hule para preservarlo de la humedad.