Entonces el visir contó al sultán toda la historia, desde el principio al fin, y le dijo: «Este joven es sobrino mío.» Y el sultán exclamó: «¿Y cómo no había yo oído hablar de él?» Y el visir dijo: «¡Oh mi soberano y señor! Sabe que un hermano mío era visir de Egipto. Al morir dejó dos hijos, el mayor de los cuales heredó el cargo, y el otro, que es éste, ha venido á buscarme, pues prometí y juré á mi hermano que casaría á mi hija con uno de mis sobrinos. Así es que apenas llegó lo casé con mi hija. Este sobrino mío es joven, como ves, y yo ya soy demasiado viejo y estoy sordo y no puedo atender á los negocios del reino. Por eso vengo á pedir á mi soberano el sultán que se digne nombrar á mi sobrino, que es también mi yerno, para el cargo de visir. Y puedo asegurarte que merece este cargo, pues es hombre de buen consejo, pródigo en ideas excelentes y muy ducho en el modo de despachar los asuntos.»
Entonces el sultán miró con más detenimiento á Nureddin, y quedó encantado de este examen, aceptó el consejo de su anciano visir y nombró para el cargo á Nureddin en lugar de su suegro, y le regaló un magnífico traje de honor, el mejor de todos lo que pudo encontrar, y una mula de sus propias caballerizas, y le señaló sus guardias y sus chambelanes.
Nureddin besó entonces la mano del sultán, y salió con su suegro, y ambos regresaron á su casa en el colmo de la alegría y besaron al recién nacido Hassán Badreddin y dijeron: «El nacimiento de esta criatura nos trajo buena suerte.»
Al día siguiente, Nureddin fué á palacio á desempeñar sus nuevas funciones, y al llegar besó la tierra entre las manos del sultán, y recitó estas dos estrofas:
¡Para ti son nuevas las felicidades todos los días, y las prosperidades también! ¡Y el envidioso se consume de despecho!
¡Ojalá sean blancos para ti todos los días, y negros los días de todos los envidiosos!
Entonces el sultán le permitió que se sentara en el diván del visirato, y Nureddin se sentó en el diván del visirato. Y empezó á desempeñar su cargo, despachando los asuntos pendientes y administrando justicia como si llevara muchos años de visir, y lo hizo tan á conciencia ante el sultán, que se maravilló de su inteligencia, de su comprensión para aquellos asuntos y de su admirable manera de administrar justicia, y le distinguió más aún, entrando en gran intimidad con él.
Y Nureddin siguió desempeñando á maravilla sus elevadas funciones; pero no por eso olvidó la educación de su hijo Hassán Badreddin, á pesar de todos los asuntos del reino. Porque Nureddin era cada día más poderoso y más favorecido del sultán, que aumentó el número de sus chambelanes, servidores, guardias y correos. Y llegó á ser tan rico, que pudo dedicarse al comercio en gran escala, fletando naves mercantes que recorrían todo el mundo, construyendo molinos y ruedas elevadoras de agua y plantando magníficos huertos y jardines. Y todo esto antes de que su hijo cumpliera los cuatro años.
Falleció entonces el anciano visir, suegro de Nureddin, y éste le hizo un entierro solemne, al cual asistieron él y todos los grandes del reino.