¡Pero no es el amor á estos muros de la casa querida el que me ha herido en mitad del corazón, sino el amor al que en ella vivía!
Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando á un gran patio, en cuyo fondo se alzaba la morada. La puerta era una maravilla de arcadas de granito, embellecida con mármoles de todos los colores. En el umbral, sobre una magnífica losa de mármol, vió el nombre de su hermano Nureddin grabado con letras de oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se afectó mucho, recitando estas estrofas:
¡Todas las mañanas pido noticias suyas al sol que sale! ¡Y todas las noches se las pido al relámpayo que brilla!
¡Cuando duermo, hasta cuando duermo, el deseo, el aguijón del deseo, el peso del deseo, la sierra afilada del deseo, trabaja en mí! ¡Y nunca clamo estos dolores!
¡Oh dulce amigo! ¡No prolongues más la dura ausencia! ¡Mi corazón está destrozado, cortado en pedazos, por el dolor de esta ausencia!
¡Oh! ¡Que día bendito, qué día tan incomparable sería aquel en que al fin pudiéramos reunimos!
¡Pero no temas que por tu ausencia se haya llenado mi corazón con el amor de otro! ¡Mi corazón no es bastante grande para encerrar otro amor!
Después entró Chamseddin en la casa y atravesó varios aposentos, hasta llegar á aquel en que estaba generalmente su cuñada, la madre de Hassán Badreddin El-Bassrauí.
Desde la desaparición de su hijo, se había encerrado en aquella estancia, y allí pasaba días y noches en continuo llanto. Y había mandado construir en medio de la habitación un pequeño edificio con su cúpula, para que figurase la tumba de su pobre hijo, al cual creía muerto desde mucho tiempo atrás. Y allí dejaba transcurrir entre lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza aguardando la muerte.
Al llegar junto á la puerta, Chamseddin oyó á su cuñada, que con voz doliente recitaba estos versos: