¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los encantos de mi amigo! ¿Se desvaneció para siempre el magnífico espectáculo de su belleza?
¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplandecer dentro de ti la luna y florecer el ramo?
Entonces entró el visir Chamseddin, saludó á su cuñada con el mayor respeto, y la enteró de que era el hermano de su esposo Nureddin. Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassán, su hijo, se había acostado una noche con su hija Sett El-Hosn y había desaparecido por la mañana, y Sett El-Hosn quedó preñada y parió á Agib. Después añadió: «Agib ha venido conmigo. Es tu hijo, por ser el hijo de tu hijo y mi hija.»
La viuda, que hasta aquel momento había estado sentada, como una mujer de riguroso luto que renuncia á los usos sociales, al saber que vivía su hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante á su cuñado el visir de Egipto, se levantó apresuradamente y se echó á los pies de Chamseddin, besándoselos, y recitó en honor suyo estas estrofas:
¡Por Alah! ¡Colma de beneficios á aquel que acaba de anunciarme esta nueva feliz, pues para mí es la noticia más dichosa y mejor de cuantas pueden oirse!
¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón desgarrado por las ausencias!
El visir ordenó que buscasen en seguida á Agib, y cuando éste se presentó, su abuela se abrazó á él llorando. Y Chamseddin le dijo: «¡Oh mi señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje á Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y sobrino mío Hassán!» Y la abuela de Agib respondió: «Escucho y obedezco.» Y en el mismo instante fué á disponer todas las cosas necesarias, y los víveres, y toda su servidumbre, no tardando en hallarse dispuesta.
Entonces el visir Chamseddin fué á despedirse del sultán de Bassra. Y el sultán le entregó muchos regalos para él y para el sultán de Egipto. Después, Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la marcha acompañados de todo su séquito.
Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente á Damasco. Hicieron alto en la plaza de Kânun, armaron las tiendas, y el visir dijo: «Ahora nos detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar regalos como se los merece el sultán de Egipto.»
Y mientras el visir recibía á los ricos mercaderes que habían acudido para ofrecerle sus géneros, Agib dijo al eunuco: «Baba Said, tengo ganas de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades hay y qué le ocurrió á aquel pastelero cuyos dulces nos comimos, y teniendo que agradecerle su hospitalidad le pagamos partiéndole la cabeza de una pedrada. Realmente, le volvimos mal por bien.» Y el eunuco respondió: «Escucho y obedezco.»