Entonces Agib y el eunuco abandonaron el campamento, porque Agib obraba con un ciego impulso, como movido por un cariño filial inconsciente. Llegados á la ciudad, anduvieron por todos los zocos hasta que encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marchaban á la mezquita de los Bani-Ommiah para la oración del asr.
Y precisamente en dicho momento estaba Hassán Badreddin en su tienda, ocupado en confeccionar el mismo plato delicioso de la otra vez: granos de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y entonces Agib pudo observar al pastelero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada con que le había herido. Y se le enterneció más el corazón, y le dijo: «¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras me hace venir á saber de ti. ¿No me recuerdas?» Y apenas lo vió Hassán, se le conmovieron las entrañas, le palpitó el corazón desordenadamente, abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar, le impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el muchacho, y sumisa y humildemente recitó estas estrofas:
¡Pensé reconvenir á mi amante, pero en cuanto le vi lo olvidé todo, y no pude dominar mi lengua ni mis ojos!
¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y quise disimular lo que sentía, pero no lo pude conseguir!
¡He aquí cómo, después de haber escrito pliegos y pliegos de reconvenciones, al hallarle ante mí me fué imposible leer ni una palabra!
Luego añadió: «¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescendencia y probar este plato? Porque, ¡por Alah! apenas te he visto, ¡oh lindo muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, como la otra vez. Y me arrepiento de haber cometido la locura de seguirte.» Y Agib contestó: «¡Por Alah, que eres un amigo peligroso! Por unos dulces que nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no entraré, ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de nosotros como la otra vez. Y sabe que de otra manera nunca volveremos aquí, porque vamos á pasar toda la semana en Damasco, á fin de que mi abuelo pueda comprar regalos para el sultán.» Entonces Badreddin exclamó: «¡Lo juro ante vosotros!» Y en seguida Agib y el eunuco entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció al instante una terrina de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: «Ven, y come con nosotros. Y así puede que Alah conceda el éxito á nuestras pesquisas.» Y Hassán se sintió muy feliz al sentarse frente á ellos. Pero no dejaba ni un instante de contemplar á Agib. Y lo miraba de un modo tan extraño y persistente, que Agib, cohibido, le dijo: «¡Por Alah! ¡Qué enamorado tan pesado y tan molesto eres! Ya te lo dije la otra vez. No me mires de esa manera, pues parece que quieras devorar mi cara con tus ojos.» Y á sus frases respondió Badreddin con estas estrofas:
¡En lo más profundo de mi corazón hay para ti un secreto que no puedo revelar, un pensamiento íntimo y oculto que nunca traduciré en palabras!
¡Oh tú, que humillas á la brillante luna, orgullosa de su belleza! ¡oh tú, rostro radiante, que avergüenzas á la mañana y á la resplandeciente aurora!
¡Te he consagrado un culto mudo; te dediqué, ¡oh vaso selecto! un signo mortal y tinos votos que de continuo se acrecientan y embellecen!
¡Y ahora ardo y me derrito por completo! ¡Tu rostro es mi paraíso! ¡Estoy seguro de morir de esta sed abrasadora! ¡Y sin embargo, tus labios podrían apagarla y refrescarme con su miel!