Terminadas estas estrofas, recitó otras no menos admirables, pero en otro sentido, dirigidas al eunuco. Y así estuvo diciendo versos durante una hora, tan pronto dedicados á Agib como al esclavo. Y luego que sus huéspedes se hubieron saciado, Hassán se levantó á fin de traerles lo indispensable para que se lavasen. Y al efecto les presentó un hermoso jarro de cobre muy limpio; les echó agua perfumada en las manos y se las limpió después con una hermosa toalla de seda que le pendía de la cintura. Y en seguida les roció con agua de rosas, sirviéndose de un aspersorio de plata que guardaba cuidadosamente en el estante más alto de su tienda, sacándolo nada más que en las ocasiones solemnes. Y no contento aún, salió un instante para volver en seguida, trayendo en la mano dos alcarrazas llenas de sorbete de agua de rosas, y les ofreció una á cada uno, diciendo: «Aceptadlo y coronad así vuestra condescendencia.» Entonces Agib cogió una alcarraza y bebió, y luego se la entregó al eunuco, que bebió y se la entregó otra vez á Agib, que bebió y se la volvió á entregar al esclavo, y así sucesivamente, hasta que llenaron bien el vientre y se vieron hartos como nunca lo habían estado en su vida. Y por último, dieron las gracias al pastelero, y se retiraron muy de prisa para llegar al campamento antes de que se ocultase el sol.
Y llegados á las tiendas, Agib se apresuró á besar la mano á su abuela y á su madre Sett El-Hosn. Y la abuela le dió otro beso, acordándose de su hijo Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y después recitó estas dos estrofas:
¡Si no tuviese la esperanza de que los objetos separados han de reunirse algún día, nada habría aguardado ya desde que te fuiste!
¡Pero hice el juramento de que no entraría en mi corazón más amor que el tuyo! ¡Y Alah mi señor, que conoce todos los secretos, puede atestiguar que lo he cumplido!
Después le dijo á Agib: «Hijo mío, ¿por dónde estuviste?» Y él contestó: «Por los zocos de Damasco.» Y ella dijo: «Ya debes tener mucho apetito.» Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada, deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas primeras nociones había dado á su hijo Badreddin siendo él muy niño.
Y ordenó al eunuco: «Puedes comer con tu amo Agib.» Y el eunuco, haciendo muecas, se decía: «¡Por Alah! ¡Maldito el apetito que tengo! ¡No podré comer ni un bocado!» Pero fué á sentarse junto á su señor.
Y Agib, que se había sentado también, se encontraba con el estómago lleno de cuanto había comido y bebido en la pastelería. Sin embargo, tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así ni mucho menos. Porque la culpa era de él, pues no podía estar más ahíto de lo que estaba. Así es que, haciendo un gesto de repugnancia, dijo á su abuela: «¡Oh abuela! Este dulce no está bien hecho.» Y la abuela, despechada, exclamó: «¿Cómo te atreves á decir que no están bien hechos mis dulces? ¿Ignoras que no hay en el mundo quien me iguale en el arte de la repostería y la confitería, como no sea tu padre Hassán Badreddin, y eso porque yo le enseñé?» Pero Agib repuso: «¡Por Alah, abuela, que á este plato le falta algo de azúcar! No se lo digas á mi madre ni á mi abuelo; pero sabe que acabamos de comer en el zoco, donde nos ha obsequiado un pastelero, ofreciéndonos este mismo plato. ¡Ah! ¡sólo su perfume ensanchaba el corazón! Y su saber delicioso habría despertado el apetito de un enfermo. Y realmente, este plato preparado por ti no se le puede comparar ni con mucho, abuela mía.»
Y la abuela, enfurecida al oir estas palabras, lanzó una terrible mirada al eunuco Said y le dijo...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
Entonces, su hermana, la joven Doniazada, le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y agradables son tus palabras, y cuán delicioso y encantador ese cuento!»