Y Schahrazada sonrió y dijo: «Sí, hermana mía; pero nada vale comparado con lo que os contaré la próxima noche, si vivo aún, por merced de Alah y gusto del rey.»
Y el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré antes de oir la continuación de su historia, pues realmente es una historia en extremo asombrosa y extraordinaria.»
Después el rey Schahriar y Schahrazada pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que salió el sol.
Inmediatamente el rey Schahriar fué á la sala de sus justicias, y se llenó el diván con la multitud de visires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el rey juzgó y dispuso nombramientos y destituciones, y gobernó y despachó los asuntos pendientes, hasta que hubo acabado el día.
Y luego se levantó el diván, regresó el rey al palacio, y cuando llegó la noche fué á buscar á Schahrazada, la hija del visir, y no dejó de hacer con ella su cosa acostumbrada.
Y ERA LA 24.ª NOCHE
Y la joven Doniazada, en cuanto se hubo terminado la cosa, se apresuró á levantarse del tapiz y dijo á Schahrazada:
«¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan hermoso de la historia del bello Hassán Badreddin y de su mujer, la hija de su tío Chamseddin. Estabas precisamente en estas palabras: «La abuela lanzó una terrible mirada al eunuco Said, y le dijo...» ¿Qué le dijo?»
Y Schahrazada, sonriendo á su hermana, repuso: «La proseguiré de todo corazón y buena voluntad, pero no sin que este rey tan bien educado me lo permita.»