Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no le parecieron bastante lujosas, dijo á Badreddin: «¿No tendrías por casualidad una pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?» Y Badreddin fué al fondo de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias piezas de tela sacó una de seda blanca tejida con hilos de oro puro, y luego la desdobló delante de la joven. Y ella la encontró muy á su gusto y á su conveniencia, y le dijo al mercader: «Como no llevo dinero encima, creo que me la podré llevar, como otras veces, y en cuanto llegue á casa te enviaré el importe.» Pero el mercader le dijo: «¡Oh mi señora! No es posible por esta vez, porque esa tela no es mía, sino del comerciante que está ahí sentado, y me he comprometido á pagarle hoy mismo.» Entonces sus ojos lanzaron miradas de indignación, y dijo: «Pero desgraciado, ¿no sabes que tengo la costumbre de comprarte las telas más caras y pagarte más de lo que me pides? ¿No sabes que nunca he dejado de enviarte su importe inmediatamente?» Y el mercader contestó: «Ciertamente, ¡oh mi señora! Pero hoy tengo que pagar ese dinero en seguida.» Y entonces la dama cogió la pieza de tela, se la tiró á la cara al mercader, y le dijo: «¡Todos sois lo mismo en tu maldita corporación!» Y levantándose airada, volvió la espalda para salir.

Pero yo comprendí que mi alma se iba con ella, me levanté apresuradamente y le dije: «¡Oh mi señora! Concédeme la gracia de volverte un poco hacia mí y desandar generosamente tus pasos.» Entonces ella volvió su rostro hacia donde yo estaba, sonrió discretamente, y me dijo: «Consiento en pisar otra vez esta tienda, pero es sólo en obsequio tuyo.» Y se sentó en la tienda frente á mí. Entonces, volviéndome hacia Badreddin, le dije: «¿Cuál es el precio de esta tela?» Badreddin contestó: «Mil cien dracmas.» Y yo repuse: «Está bien. Te pagaré además cien dracmas de ganancia. Trae un papel para que te dé el precio por escrito.» Y cogí la pieza de seda tejida con oro, y á cambio le di el precio por escrito, y luego entregué la tela á la dama, diciéndole: «Tómala, y puedes irte sin que te preocupe el precio, pues ya me lo pagarás cuando gustes. Y para esto te bastará venir un día entre los días á buscarme en el zoco, donde siempre estoy sentado en una ó en otra tienda. Y si quieres honrarme aceptándola como homenaje mío, te pertenece desde ahora.» Entonces me contestó: «¡Alah te lo premie con toda clase de favores! ¡Ojalá alcances todas las riquezas que me pertenecen, convirtiéndote en mi dueño y en corona de mi cabeza! ¡Así oiga Alah mi ruego!» Y yo le repliqué: «¡Oh señora mía, acepta, pues, esta pieza de seda! ¡Y que no sea esta sola! Pero te ruego que me otorgues el favor de que admire un instante el rostro que me ocultas.» Entonces se levantó el finísimo velo que le cubría la parte inferior de la cara y no dejaba ver mas que los ojos.

Y vi aquel rostro de bendición, y esta sola mirada bastó para aturdirme, avivar el amor en mi alma y arrebatarme la razón. Pero ella se apresuró á bajar el velo, cogió la tela, y me dijo: «¡Oh dueño mío, que no dure mucho tu ausencia, ó moriré desolada!» Y después se marchó. Y yo me quedé solo con el mercader, hasta la puesta del sol.

Y me hallaba como si hubiese perdido la razón y el sentido, dominado en absoluto por la locura de aquella pasión tan repentina. Y la violencia de este sentimiento hizo que me arriesgase á preguntar al mercader respecto á aquella dama. Y antes de levantarme para irme, le dije: «¿Sabes quién es esa dama?» Y me contestó: «Claro que sí. Es una dama muy rica. Su padre fué un emir ilustre, que murió, dejándole muchos bienes y riquezas.»

Entonces me despedí del mercader y me marché, para volver al khan Serur, donde me alojaba. Y mis criados me sirvieron de comer; pero yo pensaba en ella, y no pude probar bocado. Me eché á dormir; pero el sueño huía de mi persona, y pasé toda la noche en vela, hasta por la mañana.

Entonces me levanté, me puse un traje más lujoso todavía que el de la víspera, bebí una copa de vino, me desayuné con un buen plato, y volví á la tienda del mercader, á quien hube de saludar, sentándome en el sitio de costumbre. Y apenas había tomado asiento, vi llegar á la joven, acompañada de una esclava. Entró, se sentó y me saludó, sin dirigir el menor saludo de paz á Badreddin. Y con su voz tan dulce y su incomparable modo de hablar, me dijo: «Esperaba que hubieses enviado á alguien á mi casa para cobrar los mil doscientos dracmas que importa la pieza de seda.» A lo cual contesté: «¿Por qué tanta prisa, si á mí no me corre ninguna?» Y ella me dijo: «Eres muy generoso; pero yo no quiero que por mí pierdas nada.» Y acabó por dejar en mi mano el importe de la tela, no obstante mi oposición. Y empezamos á hablar. Y de pronto me decidí á expresarle por señas la intensidad de mi sentimiento. Pero inmediatamente se levantó y se alejó á buen paso, despidiéndose por pura cortesía. Y sin poder contenerme, abandoné la tienda, y la fuí siguiendo hasta que salimos del zoco. Y la perdí ele vista; pero se me acercó una muchacha, cuyo velo no me permitía adivinar quién fuese, y me dijo: «¡Oh mi señor! Ven á ver á mi señora, que quiere hablarte.» Entonces, muy sorprendido, le dije: «¡Pero si aquí nadie me conoce!» Y la muchacha replicó: «¡Oh cuán escasa es tu memoria! ¿No recuerdas á la sierva que has visto ahora mismo en el zoco, con su señora, en la tienda de Badreddin?» Entonces eché á andar detrás de ella, hasta que vi á su señora en una esquina de la calle de los Cambios.

Cuando ella me vió, se acercó á mí rápidamente, y llevándome á un rincón de la calle, me dijo: «¡Ojo de mi vida! Sabe que con tu amor llenas todo mi pensamiento y mi alma. Y desde la hora que te vi, ni disfruto del sueño reparador, ni como, ni bebo.» Y yo le contesté: «A mí me pasa igual; pero la dicha que ahora gozo me impide quejarme.» Y ella dijo: «¡Ojo de mi vida! ¿Vas á venir á mi casa, ó iré yo á la tuya?» Yo repuse: «Soy forastero y no dispongo de otro lugar que el khan, en donde hay demasiada gente. Por tanto, si tienes bastante confianza en mi cariño para recibirme en tu casa, colmarás mi felicidad.» Y ella respondió: «Cierto que sí; pero esta noche es la noche del viernes y no puedo recibirte... Pero mañana, después de la oración del mediodía, monta en tu borrico, y pregunta por el barrio de Habbania, y cuando llegues á él, averigua la casa de Barakat, el que fué gobernador, conocido por Aby-Schama. Allí vivo yo. Y no dejes de ir, que te estaré esperando.»

Yo estaba loco de alegría; después nos separamos. Volví al khan Serur, en donde habitaba, y no pude dormir en toda la noche. Pero al amanecer me apresuré á levantarme, y me puse un trajo nuevo, perfumándome con los más suaves aromas, y me proveí de cincuenta dinares ele oro, que guardé en un pañuelo. Salí del khan Serur, y me dirigí hacia el lugar llamado Bab-Zauilat, alquilando allí un borrico, y le dije al burrero: «Vamos al barrio de Habbania.» Y me llevó en muy escaso tiempo, llegando á una calle llamada Darb Al-Monkari, y dije al burrero: «Pregunta en esta calle por la casa del nakib[15] Aby-Schama.» El burrero se fué, y volvió á los pocos momentos con las señas pedidas, y me dijo: «Puedes apearte.» Entonces eché pie á tierra, y le dije: «Ve adelante para enseñarme el camino.» Y me llevó á la casa, y entonces le ordené: «Mañana por la mañana volverás aquí para llevarme de nuevo al khan.» Y el hombre me contestó que así lo haría. Entonces le di un cuarto de dinar de oro, y cogiéndolo, se lo llevó á los labios y después á la frente, para darme las gracias, marchándose en seguida.

Llamé entonces á la puerta de la casa. Me abrieron dos jovencitas, dos vírgenes de pechos firmes y blancos, redondos como lunas, y me dijeron: «Entra, ¡oh señor! nuestra ama te aguarda impaciente. No duerme por las noches á causa de la pasión que le inspiras.»

Entré en un patio, y vi un soberbio edificio con siete puertas; y aparecía toda la fachada llena de ventanas, que daban á un inmenso jardín. Este jardín encerraba todas las maravillas de árboles frutales y de flores; lo regaban arroyos y lo encantaba el gorjeo de las aves. La casa era toda de mármol blanco, tan diáfano y pulimentado, que reflejaba la imagen de quien lo miraba, y los artesonados interiores estaban cubiertos de oro y rodeados de inscripciones y dibujos de distintas formas. Todo su pavimento era de mármol muy rico y de fresco mosaico. En medio de la sala hallábase una fuente incrustada de perlas y pedrería. Alfombras de seda cubrían los suelos, tapices admirables colgaban de los muros, y en cuanto á los muebles, el lenguaje y la escritura más elocuentes no podrían describirlos.