¡A veces, el hombre piadoso y creyente sufre desventuras, mientras que el loco, el impío, alcanza la felicidad!
¡Así, pues, conozca el hombre su impotencia! ¡La fatalidad es la única reina del mundo!
Terminados los versos, siguió en esta forma su relación:
«Entré, pues, en El Cairo, y fuí al khan Serur, deshice mis paquetes, descargué mis camellos y puse las mercancías en un local que alquilé para almacenarlas. Después di dinero á un criado para que comprase comida, dormí en seguida un rato, y al despertarme salí á dar una vuelta por Bain Al-Kasrain, regresando después al khan Serur, en donde pasé la noche.
Cuando me desperté por la mañana, dije para mí, desliando un paquete de telas: «Voy á llevar esta tela al zoco y á enterarme de cómo van las compras.» Cargué las telas en los hombros de un criado, y me dirigí al zoco, para llegar al centro de los negocios, un gran edificio rodeado de pórticos y de tiendas de todas clases y de fuentes. Ya sabes que allí suelen estar los corredores, y que aquel sitio se llama la kaisariat Guergués.
Cuando llegué, todos los corredores, avisados de mi viaje, me rodearon, y yo les di las telas, y salieron en todas direcciones á ofrecer mis géneros á los principales compradores de los zocos. Pero al volver me dijeron que el precio ofrecido por mis mercaderías no alcanzaba al que yo había pagado por ellas ni á los gastos desde Bagdad hasta El Cairo. Y como no sabía qué hacer, el jeique principal de los corredores me dijo: «Yo sé el medio de que debes valerte para que ganes algo. Es sencillamente que hagas lo que hacen todos los mercaderes. Vender al por menor tus mercaderías á los comerciantes con tienda abierta, por tiempo determinado, ante testigos y por escrito, que firmaréis ambos, con intervención de un cambiante. Y así, todos los lunes y todos los jueves cobrarás el dinero que te corresponda. Y de este modo, cada dracma te producirá dos dracmas y á veces más. Y durante este tiempo tendrás ocasión de visitar El Cairo y de admirar el Nilo.»
Al oir estas palabras, dije: «Es en verdad una idea excelente.» Y en seguida reuní á los pregoneros y corredores y marchó con ellos al khan Serur y les di todas las mercaderías, que llevaron á la kaisariat. Y lo vendí todo al por menor á los mercaderes, después que se escribieron las cláusulas de una y otra parte, ante testigos, con intervención de un cambista de la kaisariat.
Despachado este asunto, volví al khan, permaneciendo allí tranquilo, sin privarme de ningún placer ni escatimar ningún gasto. Todos los días comía magníficamente, siempre con la copa de vino encima del mantel. Y nunca faltaba en mi mesa buena carne de carnero, dulces y confituras de todas clases. Y así seguí, hasta que llegó el mes en que debía cobrar con regularidad mis ganancias. En efecto, desde la primera semana de aquel mes, cobre como es debido mi dinero. Y los jueves y los lunes me iba á sentar en la tienda de alguno de los deudores míos, y el cambista y el escribano público recorrían cada una de las tiendas, recogían el dinero y me lo entregaban.
Y fué en mi una costumbre el ir á sentarme, ya en una tienda, ya en otra. Pero un día, después de salir del hammam, descansé un rato, almorcé un pollo, bebí algunas copas de vino, me lavé en seguida las manos, me perfumé con esencias aromáticas y me fuí al barrio de la kaisariat Guergués, para sentarme en la tienda de un vendedor de telas llamado Badreddin Al-Bostaní. Cuando me hubo visto me recibió con gran consideración y cordialidad, y estuvimos hablando una hora.
Pero mientras conversábamos vimos llegar una mujer con un largo velo de seda azul. Y entró en la tienda para comprar géneros, y se sentó á mi lado en un taburete. Y el velo, que le cubría la cabeza y le tapaba ligeramente el rostro, estaba echado á un lado, y exhalaba delicados aromas y perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba las almas y arrebataba la razón. Se sentó y saludó á Badreddin, que después de corresponder á su salutación de paz, se quedó de pie ante ella, y empezó á hablar, mostrándole telas de varias clases. Y yo, al oir la voz de la dama, tan llena de encanto y tan dulce, sentí que el amor apuñalaba mi hígado.