Y transcurrió un año, al cabo del cual regresó, y le vi vestido con ropas más lujosas que antes, y siempre montado en su borrico blanco, de buena raza.

Entonces le supliqué fervorosamente que aceptase mi invitación y comiera en mi casa, á lo cual me contestó: «No tengo inconveniente, pero con la condición de que el dinero para los gastos no lo saques de los fondos que me pertenecen y están en tu casa.» Y se echó á reir. Y yo hice lo mismo. Y le dije: «Así sea, y de muy buena gana.» Y le llevé á casa, y le rogué que se sentase, y corrí al zoco á comprar toda clase de víveres, bebidas y cosas semejantes, y lo puse todo sobre el mantel entre sus manos, y le invité á empezar, diciendo: «¡Bismilah!» Entonces se acercó á los manjares, pero alargó la mano izquierda, y se puso á comer con esta mano izquierda. Y yo me quedé sorprendidísimo, y no supe qué pensar. Terminada la comida, se lavó la mano izquierda sin auxilio de la derecha, y yo le alargué la toalla para que se secase, y después nos sentamos á conversar.

Entonces le dije: «¡Oh mi generoso señor! Líbrame de un peso que me abruma y de una tristeza que me aflige. ¿Por qué has comido con la mano izquierda? ¿Sufres alguna enfermedad en tu mano derecha?» Y al oirlo el mancebo, me miró y recitó estas estrofas:

¡No preguntes por los sufrimientos y dolores de mi alma! ¡Conocerías mi mal!

¡Y sobre todo, no preguntes si soy feliz! ¡Lo fuí! ¡Pero hace tanto tiempo! ¡Desde entonces, todo ha cambiado! ¡Y contra lo inevitable no hay mas que invocar la cordura!

Después sacó el brazo derecho ele la manga del ropón, y vi que la mano estaba cortada, pues aquel brazo terminaba en un muñón. Y me quedé asombrado profundamente. Pero él me dijo: «¡No te asombres tanto! Y sobre todo, no creas que he comido con la mano izquierda por falta de consideración á tu persona, pues ya ves que ha sido por tener cortada la derecha. Y el motivo de ello no puede ser más sorprendente.» Entonces le pregunté: «¿Y cuál fué la causa?» Y el joven suspiró, se le llenaron de lágrimas los ojos, y dijo:

«Sabe que yo soy de Bagdad. Mi padre era uno de los principales personajes entre los personajes. Y yo, hasta llegar á la edad de hombre, pude oir los relatos de los viajeros, peregrinos y mercaderes que en casa de mi padre nos contaban las maravillas de los países egipcios. Y retuve en la memoria todos estos relatos, admirándolos en secreto, hasta que falleció mi padre. Entonces cogí cuantas riquezas pude reunir, y mucho dinero, y compré gran cantidad de mercancías en telas de Bagdad y de Mossul, y otras muchas de alto precio y excelente clase; lo empaqueté todo y salí de Bagdad. Y como estaba escrito por Alah que había de llegar sano y salvo al término de mi viaje, no tardé en hallarme en esta ciudad de El Cairo, que es tu ciudad.»

Pero en este momento el joven se echó á llorar y recitó estas estrofas:

¡A veces, el ciego, el ciego de nacimiento, sabe sortear la zanja donde cae el que tiene buenos ojos!

¡A veces, el insensato sabe callar las palabras que, pronunciadas por el sabio, son la perdición del sabio!