Pero un día entre los días, estaba yo sentado á la puerta del khan de los mercaderes de granos, y vi pasar á un joven, hermoso como la luna llena, vestido con el más suntuoso traje y montado en un borrico blanco ensillado con una silla roja. Cuando me vió este joven me saludó, y yo me levanté por consideración hacia él. Sacó entonces un pañuelo que contenía una muestra de sésamo, y me preguntó: «¿Cuánto vale el ardeb[14] de esta clase de sésamo?» Y yo le dije: «Vale cien dracmas.» Entonces me contestó: «Avisa á los medidores de granos y ven con ellos al khan Al-Gaonalí, en el barrio de Bab Al-Nassr; allí me encontrarás.» Y se alejó, después de darme el pañuelo que contenía la muestra de sésamo.
Entonces me dirigí á todos los mercaderes de granos y les enseñé la muestra que yo había justipreciado en cien dracmas. Y los mercaderes la tasaron en ciento veinte dracmas por ardeb. Entonces me alegré sobremanera, y haciéndome acompañar de cuatro medidores, fuí en busca del joven, que, efectivamente, me aguardaba en el khan. Y al verme, corrió á mi encuentro y me condujo á un almacén donde estaba el grano, y los medidores llenaron sus sacos, y lo pesaron todo, que ascendió en total á cincuenta medidas en ardebs. Y el joven me dijo: «Te corresponden por comisión diez dracmas por cada ardeb que se venda á cien dracmas. Pero has de cobrar en mi nombre todo el dinero, y lo guardarás cuidadosamente en tu casa, hasta que lo reclame. Como su precio total es cinco mil dracmas, te quedarás con quinientos, guardando para mí cuatro mil quinientos. En cuanto despache mis negocios, iré á buscarte para recoger esa cantidad.» Entonces yo le contesté: «Escucho y obedezco.» Después le besé las manos y me fui.
Y efectivamente, aquel día gané mil dracmas de corretaje, quinientos del vendedor y quinientos de los compradores, de modo que me correspondió el veinte por ciento, según la costumbre de los corredores egipcios.
En cuanto al joven, después de un mes de ausencia, vino á verme y me dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Y le contesté en seguida: «A tu disposición; helos aquí metidos en este saco.» Pero él me dijo: «Sigue guardándolos algún tiempo, hasta que yo venga á buscarlos.» Y se fué y estuvo ausente otro mes, y regresó y me dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Entonces yo me levanté, le saludé y le dije: «Aquí están á tu disposición. Helos aquí.» Después añadí: «¿Y ahora quieres honrar mi casa viniendo á comer conmigo un plato ó dos, ó tres ó cuatro?» Pero se negó y me dijo: «Sigue guardando el dinero, hasta qué venga á reclamártelo, después de haber despachado algunos asuntos urgentes.» Y se marchó. Y yo guardé cuidadosamente el dinero que le pertenecía, y esperé su regreso.
Volvió al cabo de un mes, y me dijo: «Esta noche pasaré por aquí y recogeré el dinero.» Y le preparé los fondos; pero aunque le estuve aguardando toda la noche y varios días consecutivos, no volvió hasta pasado un mes, mientras yo decía para mí: «¡Qué confiado es ese joven! En toda mi vida, desde que soy corredor en los khanes y los zocos, he visto confianza como esta.» Se me acercó y le vi, como siempre, en su borrico, con suntuoso traje; y era tan hermoso como la luna llena, y tenía el rostro brillante y fresco como si saliese del hammam, y sonrosadas las mejillas y la frente como una flor lozana, y en un extremo del labio un lunar, como gota de ámbar negro, según dice el poeta:
¡La luna llena se encontró con el sol en lo alto de la torre, ambos en todo el esplendor de su belleza!
¡Tales eran los dos amantes! ¡Y cuantos los veían, tenían que admirarlos y desearles completa felicidad!
¡Y ahora son tan hermosos, que cautivan el alma!
¡Gloria, pues, á Alah, que realiza tales prodigios y forma sus criaturas á su deseo!
Y al verle, le besó las manos ó invoqué para él todas las bendiciones de Alah, y le dije: «¡Oh mi señor! Supongo que ahora recogerás tu dinero.» Y me contestó: «Ten todavía un poco de paciencia; pues en cuanto acabe de despachar mis asuntos vendré á recogerlo.» Y me volvió la espalda y se fué. Y yo supuse que tardaría en volver, y saqué el dinero y lo coloqué con un interés de veinte por ciento, obteniendo de él cuantiosa ganancia. Y dije para mí: «¡Por Alah! Cuando vuelva, le rogaré que acepte mi invitación, y le trataré con toda largueza, pues me aprovecho de sus fondos y me estoy haciendo muy rico.»