Entonces no quisimos insistir más. Pero le preguntamos: «¡Por Alah! ¿Cuál es la causa que te impide probar este delicioso plato de rozbaja?» Y contestó: «He jurado no comer rozbaja sin haberme lavado las manos cuarenta veces seguidas con sosa, otras cuarenta con potasa y otras cuarenta con jabón, ó sean ciento veinte veces.»

Y el dueño de la casa mandó á los criados que trajesen inmediatamente agua y las demás cosas que había pedido el convidado. Y después de lavarse se sentó de nuevo el convidado, y aunque no muy á gusto, tendió la mano hacia el plato en que todos comíamos, y trémulo y vacilante empezó á comer. Mucho nos sorprendió aquello, pero más nos sorprendimos cuando al mirar su mano vimos que sólo tenía cuatro dedos, pues carecía del pulgar. Y el convidado no comía mas que con cuatro dedos. Entonces le dijimos: «¡Por Alah sobre ti! Dinos por qué no tienes pulgar. ¿Es una deformidad de nacimiento, obra de Alah, ó has sido víctima de algún accidente?»

Y entonces contestó: «Hermanos, aún no lo habéis visto todo. No me falta un pulgar, sino los dos, pues tampoco le tengo en la mano izquierda. Y además, en cada pie me falta otro dedo. Ahora lo vais á ver.» Y nos enseñó la otra mano, y descubrió ambos pies, y vimos que, efectivamente, no tenía mas que cuatro dedos en cada uno. Entonces aumentó nuestro asombro, y le dijimos: «Hemos llegado al límite de la impaciencia, y deseamos averiguar la causa de que perdieras los dos pulgares y esos otros dos dedos de los pies, así como el motivo de que te hayas lavado las manos ciento veinte Veces seguidas.» Entonces nos refirió lo siguiente:

«Sabed, ¡oh todos vosotros! que mi padre era un mercader entre los grandes mercaderes, el principal de los mercaderes de la ciudad de Bagdad en tiempo del califa Harún Al-Rachid. Y eran sus delicias el vino en las copas, los perfumes de las flores, las flores en su tallo, cantoras y danzarinas, los ojos negros y las propietarias de estos ojos. Así es que cuando murió no me dejó dinero, porque todo lo había gastado. Pero como era mi padre, le hice un entierro según su rango, di festines fúnebres en honor suyo, y le llevé luto días y noches. Después fuí á la tienda que había sido suya, la abrí, y no hallé nada que tuviese valor; al contrario, supe que dejaba muchas deudas. Entonces fuí á buscar á los acreedores de mi padre, rogándoles que tuviesen paciencia, y los tranquilicé lo mejor que pude. Después me puse á vender y comprar, y á pagar las deudas, semana por semana, conforme á mis ganancias. Y no dejé de proceder del mismo modo hasta que pagué todas las deudas y acrecenté mi capital primitivo con mis legítimas ganancias.

Pero un día que estaba yo sentado en mi tienda, vi avanzar montada en una mula torda, un milagro entre los milagros, una joven deslumbrante de hermosura. Delante de ella iba un eunuco y otro detrás. Paró la mula, y á la entrada del zoco se apeó, y penetró en el mercado, seguida de uno de los dos eunucos. Y éste le elijo: «¡Oh mi señora! Por favor, no te dejes ver de los transeúntes. Vas á atraer contra nosotros alguna calamidad. Vámonos de aquí.» Y el eunuco quiso llevársela. Pero ella no hizo caso de sus palabras, y estuvo examinando todas las tiendas del zoco, una tras otra, sin que viera ninguna más lujosa ni mejor presentada que la mía. Entonces se dirigió hacia mí, siempre seguida por el eunuco, se sentó en mi tienda y me deseó la paz. Y en mi vida había oído voz más suave ni palabras más deliciosas. Y la miré, y sólo con verla me sentí turbadísimo, con el corazón arrebatado. Y no pude apartar mis miradas de su semblante, y recité estas dos estrofas:

¡Di á la hermosa del velo suave, tan suave como el ala de un palomo!

¡Dile que al pensar en lo que padezco, creo que la muerte me aliviaría!

¡Dile que sea buena un poco nada más! ¡Por ella, para acercarme á sus alas, he renunciado á mi tranquilidad!

Cuando oyó mis versos, me correspondió con los siguientes:

¡He gastado mi corazón amándote! ¡Y este corazón rechaza otros amores!