En seguida dijo á este esclavo y á todos los demás: «Me voy á dar una vuelta por fuera de la ciudad, hacia la parte de Kaliubia, donde pienso pasar tres noches. Siento una opresión en el pecho, y voy á dilatar mis pulmones respirando el aire libre. Pero prohibo á todo el mundo que me siga.»
Y provisto de víveres para el camino, montó en la mula y se alejó rápidamente. No bien salió del Cairo, anduvo tan ligero, que al mediodía llegó á Belbeis, donde se detuvo. Bajó de la mula para descansar y dejarla descansar, comió algo, compró en Belbeis cuanto podía necesitar para él y para la mula, y reanudó el viaje. Dos días después, precisamente al mediodía, merced al paso de su mula, entró en Jerusalén, la ciudad santa. Allí se apeó de la mula, descansó y la dejó reposar, extrajo del saco algo de comida, y después de alimentarse colocó el saco en el suelo para que le sirviese de almohada, luego de haber extendido el tapiz grande de seda, y se durmió, pensando siempre con indignación en la conducta de su hermano.
Al otro día, al amanecer, montó de nuevo y no dejó de caminar á buen paso, hasta llegar á la ciudad de Alepo. Allí se hospedó en uno de los khanes de la ciudad y dejó transcurrir tranquilamente tres días, descansando y dejando descansar á la mula, y cuando hubo respirado bien el aire puro de Alepo, pensó en continuar el viaje. Y al efecto, montó otra vez en la mula, después de haber comprado los maravillosos dulces que se hacen en Alepo, rellenos de piñones y almendras, cubiertos de azúcar, y que le gustaban mucho desde la niñez.
Y dejó que la mula se encaminase por donde quisiese, pues al salir de Alepo ya no sabía adónde dirigirse. Y cabalgó día y noche, hasta que una tarde, después de puesto el sol, se encontró en la ciudad de Bassra, pero no sabía que aquella ciudad fuese Bassra. Y no supo su nombre hasta después de llegado al khan, donde se lo dijeron. Se apeó entonces de la mula, la descargó de los dos tapices, de las provisiones y de la alforja, y encargó al portero del khan que la paseara un poco, para que no se enfriase por descansar en seguida. Y en cuanto á Nureddin, él mismo tendió su tapiz, y se sentó en el khan para reposar.
El portero del khan cogió la mula de la brida, y se fué con ella. Pero ocurrió la coincidencia de que precisamente entonces el visir de Bassra hallábase sentado á la ventana de su palacio, contemplando la calle. Y al divisar una mula tan hermosa, con sus magníficos jaeces de gran valor, sospechó que esta mula pertenecía indudablemente á algún visir entre los visires extranjeros, ó acaso á algún rey entre los reyes. Y se puso á mirarla, sintiendo una gran perplejidad. Y después ordenó á uno de sus esclavos que le trajese en seguida al portero que paseaba á la mula. Y el esclavo corrió en busca del portero y lo llevó ante el visir. Entonces el portero avanzó un paso y besó la tierra entre las manos del visir, que era un anciano de mucha edad y muy respetable. Y el visir dijo al portero: «¿Quién es el amo de esta mula, y qué posición tiene?» El portero contestó: «¡Oh mi señor! el amo de esta mula es un joven muy hermoso, lleno de seducciones, ricamente vestido, como hijo de algún gran mercader, y todo su aspecto impone el respeto y la admiración.»
Al oirle, el visir se puso de pie, montó á caballo, y marchando apresuradamente al khan, entró en el patio. Cuando lo vió Nureddin, corrió á su encuentro y le ayudó á apearse del caballo. Entonces el visir le dirigió el saludo acostumbrado, y Nureddin se lo devolvió y lo recibió muy cordialmente. Y el visir se sentó á su lado, y le dijo: «¡Oh hijo mío! ¿de dónde vienes y por qué estás en Bassra?» Y Nureddin contestó: «¡Oh mi señor! vengo del Cairo, mi ciudad natal. Mi padre era visir del sultán de Egipto, pero murió al ser llamado á la misericordia de Alah.» Después contó toda su historia, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: «No he de volver á Egipto hasta después de haber recorrido el mundo, visitando todas las ciudades y todas las comarcas.»
Y el visir contestó á Nureddin: «Hijo mío, prescinde de esas ideas de continuo viaje, porque causarán tu perdición. Sabe que el viajar por países extranjeros es la ruina y lo último de lo último. Atiende esta advertencia, pues temo que te perjudiquen los percances de la vida y del tiempo.»
Después el visir ordenó á sus esclavos que desensillaran la mula y le quitasen los tapices y las sedas, y se llevó consigo á Nureddin, alojándole en su casa, y lo dejó descansar, luego de haberle proporcionado todo lo que necesitaba.
Nureddin permaneció algún tiempo en casa del visir, y el visir le veía diariamente y le colmaba de consideraciones y favores. Y acabó por estimarle enormemente, hasta el punto de que un día le dijo: «Hijo mío, ya soy muy viejo, y no tengo ningún hijo varón. Pero Alah me ha concedido una hija que te iguala en belleza y perfecciones. Y hasta ahora se la he negado á cuantos me la pidieron en matrimonio. Pero á ti, á quien quiero con todo el cariño de mi corazón, he de preguntarte si consientes en aceptarla como esclava tuya. Porque yo deseo fervientemente que seas el esposo de mi hija. Y si quieres aceptar, marcharé en busca del sultán y le diré que eres un sobrino mío, recién llegado de Egipto, y que has venido á Bassra expresamente para pretender á mi hija en matrimonio. Y el sultán, por cariño á mí, te dará el visirato, porque yo ya estoy muy viejo y necesito descansar. Y así podré encerrarme muy á gusto en mi casa para no salir de ella.»
Al oir esta proposición, bajó los ojos Nureddin, y después dijo: «Escucho y obedezco.»