Y cuando el barbero me vió en aquel estado, se decidió á coger la navaja y á pasarla por la correa que llevaba á la cintura. Pero gastó tanto tiempo en pasar y repasar el acero por el cuero, que estuve á punto de que se me saliese el alma del cuerpo. Pero, al fin, acabó por acercarse á mi cabeza, y empezó á afeitarme por un lado, y, efectivamente, iban desapareciendo algunos pelos. Después se detuvo, levantó la mano, y me dijo: «¡Oh joven dueño mío! Los arrebatos son tentaciones del Cheitán.» Y me recitó estas estrofas:

¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca resoluciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser juez en la tierra!

¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dureza, y encontrarás misericordia cuando te toque el turno fatal!

¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que no pueda ser humillada por la mano de Alah, que la domina!

¡Y tampoco olvides que el tirano ha de encontrar siempre otro tirano que le oprimirá!

Después me dijo: «¡Oh mi señor! Ya veo sobradamente que no te merecen ninguna consideración mis méritos ni mi talento. Y sin embargo, esta misma mano que hoy te afeita es la misma mano que toca y acaricia la cabeza de los reyes, emires, visires y gobernadores; en una palabra, la cabeza de toda la gente ilustre y noble. Y debía referirse á mí ó á alguien que se me pareciese el poeta que habló de este modo:

¡Considero todos los oficios como collares preciosos, pero el de barbero es la perla más hermosa del collar!

¡Supera en sabiduría y grandeza de alma á los más sabios y á los más ilustres, y su mano domina la cabeza de los reyes!»

Y replicando á tanta palabrería, le dije: «¿Quieres ocuparte en tu oficio, sí ó no? Has conseguido destrozarme el corazón y hundirme el cerebro.» Y entonces exclamó: «Voy sospechando que tienes prisa de que acabe.» Y le dije: «¡Sí que la tengo! ¡Sí que la tengo! ¡Sí que la tengo!» Y él insistió: «Que aprenda tu alma un poco de paciencia y de moderación. Porque sabe, ¡oh mi joven amo! que el apresuramiento es una mala sugestión del Tentador, y sólo trae consigo el arrepentimiento y el fracaso. Y además, nuestro soberano Mohamed (¡sean con él las bendiciones y la paz!) ha dicho: «Lo más hermoso del mundo es lo que se hace con lentitud y madurez.» Pero lo que acabas de decirme excita grandemente mi curiosidad, y te ruego que me expliques el motivo de tanta impaciencia, pues nada perderás con decirme qué es lo que te obliga á apresurarte de este modo. Confío, en mi buen deseo hacia ti, que será un motivo agradable, pues me causaría mucho sentimiento que fuese de otra clase. Pero ahora tengo que interrumpir por un momento mi tarea, pues como quedan pocas horas de sol, necesito aprovecharlas.» Entonces soltó la navaja, cogió el astrolabio, y salió en busca de los rayos del sol, y estuvo mucho tiempo en el patio. Y midió la altura del sol, pero todo esto sin perderme de vista y haciéndome preguntas. Después, volviéndose hacia mí, me dijo: «Si tu impaciencia es sólo por asistir á la oración, puedes aguardar tranquilamente, pues sabe que en realidad aún nos quedan tres horas, ni más ni menos. Nunca me equivoco en mis cálculos.», Y yo contesté: «¡Por Alah! ¡Ahórrame estos discursos, pues me tienes con el hígado hecho trizas!»