Entonces cogió la navaja y volvió á suavizarla, como lo había hecho antes, y reanudó la operación de afeitarme muy poco á poco; pero no podía dejar de hablar, y prosiguió: «Mucho siento tu impaciencia, y si quisieras revelarme su causa, sería bueno y provechoso para ti. Pues ya te dije que tu difunto padre me profesaba gran estimación, y nunca emprendía nada sin oir mi parecer.» Entonces hube de convencerme que para librarme del barbero no me quedaba otro recurso que inventar algo para justificar mi impaciencia, pues pensé: «He aquí que se aproxima la hora de la plegaria, y si no me apresuro á marchar á casa de la joven, se me hará tarde, pues la gente saldrá de las mezquitas, y entonces todo lo habré perdido.» Dije, pues, al barbero: «Abrevia de una vez y déjate de palabras ociosas y de curiosidades indiscretas. Y ya que te empeñas en saberlo, te diré que tengo que ir á casa de un amigo que acaba de enviarme una invitación urgente convidándome á un festín.»

Pero cuando oyó hablar de convite y festín, el barbero dijo: «¡Que Alah te bendiga y te llene de prosperidades! Porque precisamente me haces recordar que he convidado á comer en mi casa á varios amigos y se me ha olvidado prepararles comida. Y me acuerdo ahora, cuando ya es demasiado tarde.» Entonces le dije: «No te preocupe ese retraso, que lo voy á remediar en seguida. Ya que no como en mi casa, por haberme convidado á un festín, quiero darte cuantos manjares y bebidas tenía dispuestos, pero con la condición de que termines en seguida tu negocio y acabes pronto de afeitarme la cabeza.» Y el barbero contestó: «¡Ojalá Alah te colme de sus dones y te lo pague en bendiciones en su día! Pero ¡oh mi señor! ten la bondad de enumerar, aunque sea muy sucintamente, las cosas con que va á obsequiarme tu generoso desprendimiento, para que yo las conozca.» Y le dije: «Tengo á tu disposición cinco marmitas llenas de cosas excelentes: berenjenas y calabacines rellenos, hojas de parra sazonadas con limón, albondiguillas con trigo partido y carne mechada, arroz con tomate y filetes de carnero, guisado con cebolletas. Y además diez pollos asados y un carnero á la parrilla. Después, dos grandes bandejas: una de kenafa y la otra de pasteles, quesos, dulce y miel. Y frutas de todas clases: pepinos, melones, manzanas, limones, dátiles frescos y otras muchas más.» Entonces me dijo: «Manda traer todo eso aquí, para verlo.» Y yo mandé que lo trajesen, y lo fué examinando y lo probó todo, y me dijo: «¡Grande es tu generosidad, pero faltan las bebidas!» Y yo contesté: «También las tengo.» Y replicó: «Di que las traigan.» Y mandé traer seis vasijas, llenas de seis clases de bebidas, y las probó una por una, y me dijo: «¡Alah te provea de todas sus gracias! ¡Cuán generoso es tu corazón! Pero ahora falta el incienso, y el benjuí, y los perfumes para quemar en la sala, y el agua de rosas y la de azahar para rociar á mis huéspedes.» Entonces mandé traer un cofrecillo lleno de ámbar gris, áloe, nadd, almizcle, incienso y benjuí, que valía más de cincuenta dinares de oro, y no se me olvidaron las esencias aromáticas ni los hisopos de plata con agua de olor. Y como el tiempo se acortaba tanto como se me oprimía el corazón, dije al barbero: «Toma todo esto, pero acaba de afeitarme la cabeza, por la vida de Mohamed (¡sean con El la oración y la paz de Alah!)» Y el barbero dijo entonces: «¡Por Alah! No cogeré ese cofrecillo sin haberlo abierto, á fin de saber su contenido.» Y no hubo más remedio que llamar á un criado para que abriese el cofrecillo. Y entonces el barbero soltó el astrolabio, se sentó en el suelo, y empezó á sacar todos los perfumes, incienso, benjuí, almizcle, ámbar gris, áloe, y los olfateó uno tras otro con tanta lentitud y tanta parsimonia, que se me figuró otra vez que el alma se me salía del cuerpo. Después se levantó, me dió las gracias, cogió la navaja, y volvió á reanudar la operación de afeitarme la cabeza. Pero apenas había empezado, se detuvo de nuevo y me dijo:

«¡Por Alah, ¡oh hijo de mi vida! no sé á cuál de los dos alabar y bendecir hoy más extremadamente, si á ti ó á tu difunto padre! Porque, en realidad, el festín que voy á dar en mi casa se debe por completo á tu iniciativa generosa y á tus magnánimos donativos. Pero ¿te lo diré? Permíteme que te haga esta confianza. Mis convidados son personas poco dignas de tan suntuoso festín. Son, como yo, gente de diversos oficios, pero resultan deliciosos. Y para que te convenzas, nada mejor que los enumere: en primer lugar, el admirable Zeitún, el que da masaje en el hammam; el alegre y bromista Salih, que vende torrados; Haukal, vendedor de habas cocidas; Hakraschat, verdulero; Hamid, basurero, y finalmente, Hakaresch, vendedor de leche cuajada.

»Todos estos amigos á quienes he invitado no son, ni con mucho, de esos charlatanes, curiosos é indiscretos, sino gente muy festiva, á cuyo lado no puede haber tristeza. El que menos, vale más en mi opinión que el rey más poderoso. Pues sabe que cada uno de ellos tiene fama en toda la ciudad por un baile y una canción diferentes. Y por si te agradase alguna, voy á bailar y cantar cada danza y cada canción.

»Fíjate bien: he aquí la danza de mi amigo Zeitún el del hammam... ¿Qué te ha parecido? Y en cuanto á su canción, es ésta:

¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en dulzura! ¡La quiero apasionadamente, y ella me ama lo mismo! ¡Y me quiere tanto, que apenas me alejo un instante la veo acudir y echarse en mi cama!

¡Mi amiga es tan gentil, que el cordero más dulce no la iguala en dulzura!

»Pero ¡oh hijo de mi vida!—prosiguió el barbero—he aquí ahora la danza de mi amigo el basurero Hamid. ¡Observa cuán sugestiva es, cuánta es su alegría y cuánta es su ciencia!... Y escucha la canción:

¡Mi mujer es avara, y si la hiciese caso me moriría de hambre!