¡Mi mujer es fea, y si la hiciese caso estaría siempre encerrado en mi casa!

¡Mi mujer esconde el pan en la alacena! ¡Pero si no como pan y sigue siendo tan fea que haría correr á un negro de narices aplastadas, tendré que acabar por castrarme!

Después, el barbero, sin darme tiempo ni para hacer una seña de protesta, imitó todas las danzas de sus amigos y entonó todas sus canciones. Y luego me dijo: «Eso es lo que saben hacer mis amigos. De modo que si quieres reirte de veras, he de aconsejarte, por interés tuyo y placer para todos, que vengas á mi casa, para estar en nuestra compañía, y dejes á esos amigos á quienes me has dicho que tenías intención de ver. Porque observo aún en tu cara huellas de fatiga, y además de esto, como acabas de salir de una enfermedad, convendría que te precavieses, pues es muy posible que haya entre esos amigos alguna persona indiscreta, de esas aficionadas á la palabrería, ó cualquier charlatán sempiterno, curioso é importuno, que te haga recaer en tu enfermedad de modo más grave que la primera vez.»

Entonces dije: «Hoy no me es posible aceptar tu invitación; otro día será.» Y él contestó: «Lo más ventajoso para ti es que apresures el momento de venir á mi casa, para que disfrutes de toda la urbanidad de mis amigos y te aproveches de sus admirables cualidades. Así, obrarás según dice el poeta:

¡Amigo, no difieras nunca el aprovecharte del goce que se te ofrece! ¡No dejes nunca para otro día la voluptuosidad que pasa! ¡Porque la voluptuosidad no pasa todos los días, ni el goce ofrece diariamente sus labios á tus labios! ¡Sabe que la fortuna es mujer, y como la mujer, mudable!»

Entonces, con tanta arenga y tanta habladuría, hube de echarme á reir, pero con el corazón lleno de rabia. Y después dije al barbero: «Ahora te mando que acabes de afeitarme y me dejes ir por el camino de Alah, bajo su santa protección, y por tu parte, ve á buscar á tus amigos, que á estas horas te estarán aguardando.» Y el barbero repuso: «Pero ¿por qué te niegas? Realmente, no es que te pida una gran cosa. Fíjate bien: que vengas á conocer á mis amigos, que son unos compañeros deliciosos y que nada tienen de indiscretos ni de importunos. Y aún podría decirte que, en cuanto los veas una vez nada más, no querrás tener trato con otros, y abandonarás para siempre á tus actuales amigos.» Y yo dije: «¡Aumente Alah la satisfacción que su amistad te causa! Algún día los convidaré á un banquete que daré para ellos.»

Entonces ese maldito barbero me dijo: «Ya veo que de todos modos prefieres el festín de tus amigos y su compañía á la compañía de los míos; pero te ruego que tengas un poco de paciencia y que aguardes á que lleve á mi casa estas provisiones que debo á tu generosidad. Las pondré en el mantel, delante de mis convidados, y como mis amigos no cometerán la majadería de molestarse si los dejo solos para que honren mi mesa, les diré que por hoy no cuenten conmigo ni aguarden mi regreso. Y en seguida vendré á buscarte, para ir contigo adonde quieras ir.» Entonces exclamé: «¡Oh! ¡Sólo hay fuerzas y recursos en Alah Altísimo y Omnipotente! Pero tú ¡oh ser humano! vete á buscar á tus amigos, diviértete con ellos cuanto quieras, y déjame marchar en busca de los míos, que á esta hora precisamente esperan mi llegada.» Y el barbero dijo: «¡Eso nunca! De ningún modo consentiré en dejarte solo.» Y yo, haciendo mil esfuerzos para no insultarle, le dije: «Sabe, en fin, que al sitio donde voy no puedo ir mas que solo.» Y él dijo: «¡Entonces ya comprendo! Es que tienes cita con una mujer, pues si no, me llevarías contigo. Y sin embargo, sabe que no hay en el mundo quien merezca ese honor como yo, y sabe además que podría ayudarte mucho en cuanto quisieras hacer. Pero ahora se me ocurre que acaso esa mujer sea una forastera embaucadora. Y si es así, ¡desdichado de ti si vas solo! ¡Allí perderás el alma seguramente! Porque esta ciudad de Bagdad no se presta á esa clase de citas. ¡Oh, nada de eso! Sobre todo, desde que tenemos este nuevo gobernador, cuya severidad es tremenda para estas cosas. Y dicen que no tiene zib ni compañones, y por odio y por envidia castiga con tal crueldad esa clase de aventuras.»

Entonces, no pudiendo reprimirme, exclamé violentamente: «¡Oh tú el más maldito de los verdugos! ¿Vas á acabar de una vez con esa infame manía de hablar?» Y el barbero consintió en callar un momento, cogió de nuevo la navaja, y por fin acabó de afeitarme la cabeza. Y á todo esto, ya hacía rato que había llegado la hora de la plegaria. Y para que el barbero se marchase, le dije: «Ve á casa de tus amigos á llevarles esos manjares y bebidas, que yo te prometo aguardar tu vuelta para que puedas acompañarme á esa cita.» E insistí mucho, á fin de convencerle. Y entonces me dijo: «Ya veo que quieres engañarme para deshacerte de mí y marcharte solo. Pero sabe que te atraerás una serie de calamidades de las que no podrás salir ni librarte. Te conjuro, pues, por interés tuyo, á que no te vayas hasta que yo vuelva, para acompañarte y saber en qué para tu aventura.» Yo le dije: «Sí, pero ¡por Alah! no tardes mucho en volver.»

Entonces el barbero me rogó que le ayudara á echarse á cuestas todo lo que le había regalado, y á ponerse encima de la cabeza las dos grandes bandejas de dulces, y salió cargado de este modo. Pero apenas se vió fuera el maldito, cuando llamó á dos ganapanes, les entregó la carga, les mandó que la llevasen á su casa, y se emboscó en una calleja, acechando mi salida.

En cuanto á mí, apenas desapareció el barbero, me lavé lo más de prisa posible, me puse la mejor ropa, y salí de mi casa. E inmediatamente oí la voz de los muezines, que llamaban á los creyentes á la oración aquel santo día de viernes: