¡Bismillahi’rramani’rrahim! ¡En nombre de Alah, el Clemente sin límites, el Misericordioso!
¡Loor á Alah, Señor de los hombres, Clemente y Misericordioso!
¡Supremo soberano, Arbitro absoluto el día de la Retribución!
¡A ti adoramos, tu socorro imploramos!
¡Dirígenos por el camino recto,
Por el camino de aquellos á quienes colmaste de beneficios,
Y no por el camino de aquellos que incurrieron en tu cólera, ni de los que se han extraviado!
Al verme fuera de casa, me dirigí apresuradamente á la de la joven. Y cuando llegué á la puerta del kadí, instintivamente volví la cabeza y vi al maldito barbero á la entrada del callejón. Pero como la puerta estaba entornada, esperando que yo llegase, me precipité dentro y la cerré en seguida. Y vi en el patio á la vieja, que me guió al piso alto, donde estaba la joven.
Pero apenas había entrado, oímos gente que venía por la calle. Era el kadí, que, con su séquito, volvía de la oración. Y vi en la esquina al barbero, que seguía aguardándome. En cuanto al kadí, me tranquilizó la joven, diciéndome que la visitaba pocas veces, y que además siempre se encontraría medio de ocultarme.
Pero, por mi desgracia, había dispuesto Alah que ocurriera un incidente, cuyas consecuencias hubieron de serme fatales. Se dió la coincidencia de que precisamente aquel día una de las esclavas del kadí hubiese merecido un castigo. Y el kadí, en cuanto entró, se puso á apalearla, y debía pegarle muy recio, porque la esclava empezó á dar alaridos. Y entonces uno de los negros de la casa intercedió por ella; pero, enfurecido el kadí, le dió también de palos, y el negro empezó á gritar. Y se armó tal tumulto, que alborotó toda la calle, y el maldito barbero creyó que me habían sorprendido y que era yo quien chillaba. Entonces comenzó á lamentarse, y se desgarró la ropa, se cubrió de polvo la cabeza y pedía socorro á los transeuntes que empezaban á reunirse á su alrededor. Y llorando decía: «¡Acaban de asesinar á mi amo en la casa del kadí!» Después, siempre chillando, corrió á mi casa seguido de la multitud, y avisó á mis criados, que en seguida se armaron de garrotes y corrieron hacia la casa del kadí, vociferando y alentándose mutuamente. Y llegaron todos, con el barbero á la cabeza. Y el barbero seguía destrozándose la ropa y gritando á voz en cuello delante de la puerta del kadí, junto adonde yo estaba.