Y cuando el kadí oyó este tumulto, miró por una ventana y vió á todos aquellos energúmenos que golpeaban su puerta con los palos. Entonces, juzgando que la cosa era bastante grave, bajó, abrió la puerta y preguntó: «¿Qué pasa, buena gente?» Y mis criados le dijeron: «¿Eres tú quien ha matado á nuestro amo?» Y él repuso: «¿Pero quién es vuestro amo, y qué ha hecho para que yo le mate?...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 30.ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el kadí, sorprendido, repuso: «¿Qué ha hecho vuestro amo para que yo le mate? ¿Y por qué está entre vosotros ese barbero que chilla y se revuelve como un asno?» Entonces el barbero exclamó: «Tú eres quien ha matado á palos á mi amo, pues yo estaba en la calle y oí sus gritos.» Y el kadí contestó: «¿Pero quién es tu amo? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Quién lo ha traído aquí?» Y el barbero dijo: «Malhadado kadí, no te hagas el tonto, pues sé toda la historia, la entrada de mi amo en tu casa y todos los demás pormenores. Sé, y ahora quiero que todo el mundo lo sepa, que tu hija está prendada de mi amo, y mi amo la corresponde. Y le he acompañado hasta aquí. Y tú lo has sorprendido en la cama con tu hija, y lo has matado á palos, sin ayuda de tu servidumbre. Y yo te voy á obligar ahora mismo á que vengas conmigo al palacio de nuestro único juez, el califa, como no prefieras devolvernos inmediatamente á nuestro amo, indemnizarle de los malos tratos que le has hecho sufrir y entregárnoslo sano y salvo, á mí y á sus parientes. Si no, me obligarás á entrar á viva fuerza en tu casa para libertarlo. Apresúrate, pues, á entregárnoslo.»

Al oir estas palabras, el kadí quedó cortado y lleno de confusión y de vergüenza ante toda aquella gente que estaba escuchando. Pero de todos modos, volviéndose hacia el barbero, le dijo: «Si no eres un embaucador, te autorizo para que entres en mi casa y busques á tu amo por donde quieras, y lo libertes.» Entonces el barbero se precipitó dentro de la casa.

Y yo, que asistía á todo esto detrás de una celosía, cuando vi que el barbero había entrado en la casa, quise huir inmediatamente. Pero por más que buscaba escaparme, no hallé ninguna salida que no pudiese ser vista por la gente de la casa ó no la pudiese utilizar el barbero. Sin embargo, en una de las habitaciones encontré un cofre enorme que estaba vacío, y me apresuré á esconderme en él, dejando caer la tapa. Y allí me quedé bien quieto, conteniendo la respiración.

Pero el barbero, después de rebuscar por toda la casa, entró en aquel cuarto, y debió mirar á derecha é izquierda y ver el cofre. Entonces, el maldito comprendió que yo estaba dentro, y sin decir nada, lo cogió, se lo cargó á hombros y buscó á escape la salida, mientras que yo me moría de miedo. Pero dispuso la fatalidad que el populacho se empeñase en ver lo que había en el cofre, y de pronto levantaron la tapa. Y yo, no pudiendo soportar aquella vergüenza, me levanté súbitamente y me tiré al suelo, pero con tal precipitación, que me rompí una pierna, y desde entonces estoy cojo. Y luego sólo pensé en escapar y esconderme, y como me vi entre una muchedumbre tan extraordinaria, me puse á echar puñados de monedas, y mientras se detuvieron á recoger el oro, me escurrí y escapé lo más aprisa que pude. Y así recorrí las calles más oscuras y más apartadas. Pero juzgad cuál sería mi temor cuando de pronto vi al barbero detrás de mí. Y decía á gritos: «¡Oh buenas gentes! ¡Gracias á Alah que he encontrado á mi amo!» Después, sin dejar de correr detrás de mí, me dijo: «¡Oh mi señor! Ya ves ahora cuán mal hiciste en obrar con impaciencia y sin atender á mis consejos, porque, según has podido comprobar, no eres hombre de muchas luces, pues eres muy arrebatado y hasta algo simple. Pero señor, ¿adónde corres así? ¡Aguárdame!» Y yo, que no sabía ya cómo deshacerme de aquella calamidad á no ser por la muerte, me paré y le dije: «¡Oh barbero! ¿No te basta con haberme puesto en el estado en que me ves? ¿Quieres, pues, mi muerte?»

Pero al acabar de hablar vi abierta delante de mí la tienda de un mercader amigo mío. Me precipité dentro y supliqué al mercader que le impidiera entrar detrás de mí á ese maldito. Y pudo lograrlo con la amenaza de un garrote enorme y echándole miradas terribles. Pero el barbero no se fué sin maldecir al mercader y también al padre y al abuelo del mercader, vomitando insultos, injurias y maldiciones tanto contra mí como contra el mercader. Y yo di gracias al Recompensador por aquella liberación que no esperaba nunca.