Pero un día que mi hermano Bacbuk estaba cosiendo, sentado en su tienda, teniendo debajo de él al molinero y al buey del molinero, y encima al enriquecido propietario, he aquí que mi hermano Bacbuk levantó de pronto la cabeza, y vió asomada en una de las ventanas altas á una hermosa mujer como la luna saliente, que se distraía mirando á los transeuntes. Y esta mujer era la esposa del propietario de la casa.

Al verla mi hermano Bacbuk, sintió que su corazón se prendaba apasionadamente de ella, y le fué imposible coser ni hacer otra cosa que mirar á la ventana. Y se pasó todo el día como aturdido y en contemplación hasta por la noche. Y al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en su sitio de costumbre, y mientras cosía, muy poco á poco, levantaba á cada momento la cabeza para mirar á la ventana. Y á cada puntada que daba con la aguja se pinchaba los dedos, pues tenía los ojos en la ventana constantemente. Y así estuvo varios días, durante los cuales apenas si trabajó ni su labor valió más de un dracma.

En cuanto á la joven, comprendió en seguida los sentimientos de mi hermano Bacbuk. Y se propuso sacarles todo el partido posible y divertirse á su costa. Y un día que estaba mi hermano más entontecido que de costumbre, la joven le dirigió una mirada asesina, que se clavó inmediatamente en el corazón de Bacbuk. Y Bacbuk miró en seguida á la joven, pero de un modo tan ridículo, que ella se quitó de la ventana para reírse á su gusto, y fué tal su explosión de risa, que se cayó de trasero sobre el piso. Pero el infeliz Bacbuk llegó al límite de la alegría pensando que la joven le había mirado cariñosamente.

Así es que al día siguiente no se asombró, ni con mucho, mi hermano Bacbuk cuando vió entrar en su tienda al propietario de la casa, que llevaba debajo del brazo una hermosa pieza de hilo envuelta en un pañuelo de seda, y le dijo: «Te traigo esta pieza de tela para que me cortes unas camisas.» Entonces Bacbuk no dudó que aquel hombre estaba allí enviado por su mujer, y contestó: «¡Sobre mis ojos y sobre mi cabeza! Esta misma noche estarán acabadas tus camisas.» Y efectivamente, mi hermano se puso á trabajar con tal ahinco, privándose hasta de comer, que por la noche, cuando llegó el propietario de la casa, ya tenía las veinte camisas cortadas, cosidas y empaquetadas en el pañuelo de seda. Y el propietario de la casa le preguntó: «¿Qué te debo?» Pero precisamente en aquel instante se presentó furtivamente en la ventana la joven, y dirigió una mirada á Bacbuk, haciéndole una seña con los ojos, como indicándole que no aceptase nada. Y mi hermano no quiso cobrarle nada al propietario de la casa, por más que en aquella ocasión estuviese muy apurado y cualquier dinero habría sido para él una gran ayuda. Pero se consideró dichoso con trabajar para el marido y favorecerle por amor á la linda cara de la mujer.

Y al día siguiente al amanecer se presentó el propietario de la casa con otra pieza de tela debajo del brazo, y le dijo á mi hermano Bacbuk: «He aquí que acaban de advertirme en mi casa que necesito también calzoncillos nuevos para ponérmelos con las camisas nuevas. Y te traigo esta otra pieza de tela para que me hagas calzoncillos. Pero que sean muy anchos. Y no escatimes para nada los pliegues ni la tela.» Mi hermano contestó: «Escucho y obedezco.» Y se estuvo tres días completos cose que te cose, sin tomar otro alimento que el estrictamente necesario, pues no quería perder tiempo, y además no tenía ni un dracma para comprar comida.

Y cuando hubo terminado los calzoncillos, los envolvió en el pañuelo, y muy contento, fué á llevárselos él mismo al propietario de la casa.

No es necesario decir, ¡oh Emir de los Creyentes! que la joven se había puesto de acuerdo con su marido para burlarse del infeliz de mi hermano y hacerle las más sorprendentes jugarretas. Porque cuando mi hermano le presentó los calzoncillos al propietario de la casa, éste hizo como que iba á pagarle, pero inmediatamente apareció en la puerta la linda cara de la mujer, sonriéndole con los ojos y haciéndole señas con las cejas para que no cobrase. Y Bacbuk se negó en redondo á recibir nada del marido. Entonces el marido se ausentó un instante para hablar con su esposa, que había desaparecido también, y volvió en seguida junto á mi hermano y le dijo: «Para agradecer tus favores, hemos resuelto mi mujer y yo casarte con nuestra esclava blanca, que es muy hermosa y muy gentil, y de tal suerte serás de nuestra casa.» Y Bacbuk se figuró en seguida que era una excelente astucia de la mujer para que él pudiese entrar con libertad en la casa. Y aceptó en el acto. Y al momento mandaron llamar á la esclava, y la casaron con mi hermano Bacbuk.

Pero cuando llegó la noche, quiso acercarse Bacbuk á la esclava blanca, y ésta le dijo: «¡No, no! ¡Esta noche no!» Y por mucho que lo deseara Bacbuk, no pudo darle ni siquiera un beso.

Además, el propietario de la casa había dicho á mi hermano Bacbuk que aquella noche, en lugar de dormir en la tienda, durmiese en el molino que había en el sótano de la casa, á fin de que estuviesen más anchos él y su mujer. Y como la esclava, después de resistirse á la copulación, se subió á casa de su señora, Bacbuk tuvo que acostarse solo. Y al amanecer aún dormía Bacbuk, cuando entró el molinero y dijo en alta voz: «Ya ha descansado bastante este buey. Voy á engancharlo al molino para moler todo ese trigo que se me está amontonando en cantidad considerable.» Y se acercó entonces á mi hermano, fingiendo confundirle con el buey, y le dijo: «¡Vaya, arriba, holgazán, que tengo que engancharte!» Y mi hermano Bacbuk no quiso hablar, tal era su estupidez, y se dejó enganchar al molino. Y el molinero lo ató por la cintura al cilindro del molino, y dándole un gran latigazo, exclamó: «¡Yallah!» Y cuando Bacbuk recibió aquel golpe, no pudo menos de mugir como un buey. Y el molinero siguió dándole grandes latigazos y haciéndole dar vueltas al molino durante mucho tiempo. Y mi hermano mugía absolutamente como un buey, y resoplaba al recibir los estacazos.

Y no tardó en llegar el propietario de la casa, que, al verle en tal estado, dando vueltas y recibiendo golpes, fué en seguida á avisar á su mujer, y ésta envió á la esclava blanca, que desató á mi hermano y le dijo muy compasivamente: «Mi señora acaba de saber el mal trato que te han hecho sufrir, y lo siente muchísimo. Todos lamentamos tus sufrimientos.» Pero el infeliz Bacbuk había recibido tanto palo y estaba tan molido, que no pudo contestar palabra.