Y hallándose en tal estado, se presentó el jeique que había escrito su contrato de matrimonio con la esclava blanca. Y le deseó la paz, y le dijo: «¡Concédate Alah larga vida! ¡Así sea bendito tu matrimonio! Estoy seguro de que acabas de pasar una noche feliz y que has gozado los transportes más dulces y más íntimos, abrazos, besos y copulaciones desde la noche hasta la mañana.» Y mi hermano Bacbuk le contestó: «¡Alah confunda á los embaucadores y á los pérfidos de tu clase, traidor á la milésima potencia! Tú me metiste en todo esto para que diese vueltas al molino en lugar del buey del molinero, y eso hasta la mañana.» Entonces el jeique le invitó á que se lo contase todo, y mi hermano se lo contó. Y entonces el jeique le dijo: «Todo eso está muy claro. No es otra cosa sino que tu estrella no concuadra con la estrella de la joven.» Y Bacbuk le replicó: «¡Ah, maldito! Anda á ver si puedes inventar más perfidias.» Después mi hermano se fué y volvió á meterse en su tienda, con el fin de aguardar algún trabajo que le permitiese ganar el pan, ya que tanto había trabajado sin cobrar.

Y mientras estaba sentado, hete aquí que se presentó la esclava blanca, y le dijo: «Mi ama te quiere muchísimo, y me encarga te diga que acaba de subir á la azotea para tener el gusto de contemplarte desde el tragaluz.» Y efectivamente, mi hermano vió aparecer en el tragaluz á la joven, deshecha en lágrimas, y se lamentaba y decía: «¡Oh querido mío! ¿por qué me pones tan mala cara y estás tan enfadado que ni siquiera me miras? Te juro por tu vida que cuanto te ha pasado en el molino se ha hecho á espaldas mías. En cuanto á esa esclava loca, no quiero que la mires siquiera. En adelante, yo sola seré tuya.» Y mi hermano Bacbuk levantó entonces la cabeza y miró á la joven. Y esto le bastó para olvidar todas las tribulaciones pasadas y para hartar sus ojos contemplando aquella hermosura. Después se puso á hablarle por señas, y ella con él, hasta que Bacbuk se convenció de que todas sus desgracias no le habían pasado á él, sino á otro cualquiera.

Y con la esperanza de ver á la joven, siguió cortando y cosiendo camisas, calzoncillos, ropa interior y ropa exterior, hasta que un día fué á buscarle la esclava blanca, y le dijo: «Mi señora te saluda. Y como mi amo y esposo suyo se marcha esta noche á un banquete que le dan sus amigos, y no volverá hasta por la mañana, te aguardará impaciente mi señora para pasar contigo esta noche entre delicias y lo que sabes.» Y el infeliz Bacbuk estuvo á punto de volverse loco al oir tal noticia.

Porque la astuta casada había combinado un último plan, de acuerdo con su marido, para deshacerse de mi hermano, y verse libres, ella y él, de pagarle toda la ropa que le habían encargado. Y el propietario de la casa había dicho á su mujer: «¿Cómo haríamos que entrase en tu aposento para sorprenderle y llevarle á casa del walí?» Y la mujer contestó: «Déjame obrar á mi gusto, y lo engañaré con tal engaño y lo comprometeré en tal compromiso, que toda la ciudad se ha de burlar de él.»

Y Bacbuk no se figuraba nada de esto, pues desconocía en absoluto todas las astucias y todas las emboscadas de que son capaces las mujeres. Así es que, llegada la noche, fué á buscarle la esclava, y lo llevó á las habitaciones de su señora, que en seguida se levantó, le sonrió, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Dueño mío, qué ansias tenía de verte junto á mí!» Y Bacbuk contestó: «¡Y yo también! ¡Pero démonos prisa, y ante todo, un beso! Y en seguida...» Pero aún no había acabado de hablar, cuando se abrió la puerta y entró el marido con dos esclavos negros, que se precipitaron sobre mi hermano Bacbuk, lo ataron, le arrojaron al suelo y empezaron por acariciarle la espalda con sus látigos. Después se le echaron á cuestas para llevarle á casa del walí. Y el walí le condenó á que le diesen doscientos azotes, y después le montaran en un camello y le pasearan por todas las calles de Bagdad. Y un pregonero iba gritando: «¡De esta manera se castigará á todo cabalgador que asalte á la mujer del prójimo!»

Pero mientras así paseaban á mi hermano Bacbuk, se enfureció de pronto el camello y empezó á dar grandes corcovos. Y Bacbuk, como no podía valerse, cayó al suelo y se rompió una pierna, quedando cojo desde entonces. Y Bacbuk, con su pata rota, salió de la ciudad. Pero me avisaron de todo ello á tiempo, ¡oh Príncipe de los Creyentes! y corrí detrás de él, y le traje aquí en secreto, he de confesarlo, y me encargué de su curación, de sus gastos y de todas sus necesidades. Y así seguimos.»

Y cuando hube contado esta historia de Bacbuk, ¡oh mis señores! el califa Montasser-Billah se echó á reir á carcajadas, y dijo: «¡Qué bien la contaste! ¡Qué divertido relato!» Y yo repuse: «En verdad que no merezco aún tanta alabanza tuya. Porque entonces, ¿qué dirás cuando hayas oído la historia de cada uno de mis otros hermanos? Pero temo que me tomes por un charlatán indiscreto.» Y el califa contestó: «¡Al contrario, barbero sobrenatural! Apresúrate á contarme lo que ocurrió á tus hermanos, para adornar mis oídos con esas historias que son pendientes de oro, y no temas entrar en pormenores, pues juzgo que tu historia ha de tener tantas delicias como sabor.» Y entonces dije:

«Sabe, pues, ¡oh Emir de los Creyentes! que mi segundo hermano se llama El-Haddar, porque muge como un camello. Y además está mellado. Como oficio no tiene ninguno, pero en cambio me da muchos disgustos. Juzgad con vuestro entendimiento al oír esta aventura.

Un día que vagaba sin rumbo por las calles de Bagdad, se le acercó una vieja y le dijo en voz baja: «Escucha, ¡oh ser humano! Te voy á hacer una proposición, que puedes aceptar ó rechazar, según te plazca.» Y mi hermano se detuvo, y dijo: «Ya te escucho.» Y la vieja prosiguió: «Pero antes de ofrecerte esa cosa, me has de asegurar que no eres un charlatán indiscreto.» Y mi hermano respondió: «Puedes decir lo que quieras.» Y ella le dijo: «¿Qué te parecería un hermoso palacio, con arroyos y árboles frutales, en el cual corriese el vino en las copas nunca vacías, en donde vieras caras arrebatadoras, besaras mejillas suaves, poseyeras cuerpos flexibles y disfrutaras de otras cosas por el estilo, gozando desde la noche hasta la mañana? Y para disfrutar de todo eso, no necesitarías mas que avenirte á una condición.» Mi hermano El-Haddar replicó á estas palabras de la vieja: «Pero ¡oh señora mía! ¿cómo es que vienes á hacerme precisamente á mí esa proposición, excluyendo á otra cualquiera entre las criaturas de Alah? ¿Qué has encontrado en mí para preferirme?» Y la vieja contestó: «Ya te he dicho que ahorres palabras, que sepas callar, y conducirte en silencio. Sígueme, pues, y no hables más.» Después se alejó precipitadamente. Y mi hermano, con la esperanza de todo lo prometido, echó á andar detrás de ella, hasta que llegaron á un palacio magnífico, en el cual entró la vieja é hizo entrar á mi hermano Haddar. Y mi hermano vió que el interior del palacio era muy bello, pero que era más bello aún lo que encerraba. Porque se encontró en medio de cuatro muchachas como lunas. Y estas jóvenes estaban tendidas sobre riquísimos tapices y entonaban con una voz deliciosa canciones de amor.