Después de las zalemas acostumbradas, una de ellas se levantó, llenó una copa y la bebió. Y mi hermano Haddar le dijo: «Que te sea sano y delicioso y aumente tus fuerzas.» Y se aproximó á la joven, para tomar la copa vacía y ponerse á sus órdenes. Pero ella llenó inmediatamente la copa y se la ofreció. Y Haddar, cogiendo la copa, se puso á beber. Y mientras él bebía, la joven empezó á acariciarle la nuca; pero de pronto le golpeó con tal saña, que mi hermano acabó por enfadarse. Y se levantó para irse, olvidando su promesa de soportarlo todo sin protestar. Y entonces se acercó la vieja y le guiñó el ojo, como diciéndole: «¡No hagas eso! Quédate y aguarda hasta el fin.» Y mi hermano obedeció, y hubo de soportar pacientemente todos los caprichos de la joven. Y las otras tres porfiaron en darle bromas no menos pesadas: una le tiraba de las orejas como para arrancárselas, otra le daba capirotazos en la nariz, y la tercera le pellizcaba con las uñas. Y mi hermano lo tomaba con mucha resignación, porque la vieja le seguía haciendo señas de que callase. Por fin, para premiar su paciencia, se levantó la joven más hermosa y le dijo que se desnudase. Y mi hermano obedeció sin protestar. Y entonces la joven cogió un hisopo, le roció con agua de rosas, y le dijo: «Me gustas mucho, ¡ojo de mi vida! Pero me fastidian las barbas y los bigotes, que pinchan la piel. De modo que, si quieres de mí lo que tú sabes, te has de afeitar la cara.» Y mi hermano contestó: «Pues eso no puede ser, porque sería la mayor vergüenza que me podría ocurrir.» Y ella dijo: «Pues no podré amarte de otro modo. No hay más remedio.» Y entonces mi hermano dejó que la vieja le llevase á una habitación contigua, donde le cortó la barba y se la afeitó, y después los bigotes y las cejas. Y luego le embadurnó la cara con colorete y polvos, y lo condujo á la sala donde estaban las jóvenes. Y al verle les entró tal risa, que doblaron sobre sus posaderas.

Después se le acercó la más hermosa de aquellas jóvenes y le dijo: «¡Oh dueño mío! Tus encantos acaban de conquistar mi alma. Y sólo he de pedirte un favor, y es que así, desnudo como estás y tan lindo, ejecutes delante de nosotras una danza que sea graciosa y sugestiva.» Y como El-Haddar no pareciese muy dispuesto, prosiguió la joven: «Te conjuro por mi vida á que lo hagas. Y después lograrás de mí lo que tú sabes.» Entonces, al son de la darabuka, manejada por la vieja, mi hermano se ató á la cintura un pañuelo de seda y se puso á bailar en medio de la sala.

Pero tales eran sus gestos y sus piruetas, que las jóvenes se desternillaban de risa, y empezaron á tirarle cuanto vieron á mano: los almohadones, las frutas, las bebidas y hasta las botellas. Y la más bella de todas se levantó entonces y fué adoptando toda clase de posturas, mirando á mi hermano con ojos como entornados por el deseo, y después se fué despojando de todas sus ropas, hasta quedarse sólo con la finísima camisa y el amplio calzón de seda. Y El-Haddar, que había interrumpido el baile tan pronto como vió á la joven desnuda, llegó al límite más extremo de la excitación.

Pero entonces se le acercó la vieja y le dijo: «Ahora te toca correr detrás de ella. Porque cuando se excita con la bebida y con la danza, acostumbra á desnudarse por completo, pero no se entrega á ningún amante sin haber examinado su cuerpo desnudo, su zib en erección y su ligereza para correr, juzgándole entonces digno de ella. De modo que la vas á perseguir por todas partes, de habitación en habitación, hasta que la puedas atrapar. Y sólo entonces consentirá que la cabalgues.»

Y mi hermano, al oir aquello, se quitó el cinturón de seda y se dispuso á correr. Y la joven se despojó de la camisa y de lo demás, y apareció toda desnuda, cimbreándose como una palmera nueva. Y echó á correr, riéndose á carcajadas y dando dos vueltas al salón. Y mi hermano la perseguía con su zib erguido.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 31.ª NOCHE

Ella dijo: