Y el amo de la esclava deseó la paz al visir. Y el visir le dijo: «¿Estás conforme en venderme esta esclava en diez mil dinares? Has de saber que no es para mí, sino para el rey.» El anciano contestó: «Siendo para el rey, prefiero ofrecérsela como un presente, sin aceptar precio alguno. Pero ¡oh visir magnánimo! ya que me interrogas, mi deber es contestarte. Sabe que esos diez mil dinares apenas me indemnizan del importe de los pollos con que la alimenté desde su infancia, de los magníficos vestidos con que siempre la adorné y de los gastos que he hecho para instruirla. Porque ha tenido varios maestros y aprendió á escribir con muy buena letra; conoce también las reglas de la lengua árabe y de la lengua persa, la gramática y la sintaxis, los comentarios del Libro, las reglas de derecho divino y sus orígenes, la jurisprudencia, la moral, la filosofía, la medicina, la geometría y el catastro. Pero sobresale especialmente en el arte de versificar, en tañer los más variados instrumentos, en el canto y en el baile; y por último, ha leído todos los libros de los poetas é historiadores. Y todo ello ha contribuído á hacer más admirables su ingenio y su carácter; por eso la he llamado Dulce-Amiga.» El visir dijo: «Verdaderamente tienes razón, pero sólo puedo dar diez mil dinares. Además, los haré pesar y comprobar inmediatamente.»

Y en efecto, el visir mandó pesar inmediatamente los diez mil dinares de oro en presencia del anciano persa, que los tomó. Pero antes de marcharse, el viejo mercader de esclavos se acercó al visir y le dijo: «Quisiera, ¡oh mi señor! que me permitieses un consejo.» Y el visir repuso: «Di lo que quieras.» Y prosiguió el anciano: «Aconsejo á mi señor el visir que no lleve inmediatamente al palacio del rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní á mi esclava Dulce-Amiga, porque mi esclava ha llegado hoy de viaje, y el cambio de clima y de aguas la ha fatigado mucho. Por eso lo mejor para ti y para ella es que la conserves en tu casa diez días, y así reposará y ganará en hermosura y tomará un baño en el hammam y se cambiará de vestidos. Y entonces la podrás presentar al rey, y con esto tu gestión parecerá más honrosa y meritoria á los ojos de nuestro sultán.» Y el visir comprendió que el viejo persa era buen consejero y le hizo caso. Y retuvo en su palacio á Dulce-Amiga, mandando que preparasen un aposento reservado para que descansase.

Pero el visir El-Faldl tenía un hijo de admirable hermosura, como la luna cuando sale. Su cara era de una blancura maravillosa, sus mejillas sonrosadas, y en una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar gris, según dice el poeta:

¡Las rosas de sus mejillas! ¡Más deliciosas que los dátiles rojos en sus racimos!

¡Si su cuerpo es tierno y dulce, su corazón es duro é inexorable! ¿Por qué no poseerá su corazón algunas de las cualidades de su cuerpo?

¡Porque si su cuerpo, tan tierno y tan dulce, influyera algo en su corazón, no sería tan injusto ni tan duro para mi amor!

¡Y tú, amigo, que me reconvienes por el amor que me domina, cree que tengo disculpa, pues no soy ya dueño de mí, y mi cuerpo y todas mis fuerzas se encuentran bajo el poder de esa pasión dominadora!

¡Y sabe que el único culpable no es él ni soy yo, sino mi corazón! ¡Y no me verías languidecer si mi joven tirano fuese más compasivo!

Pero el hijo del visir, que se llamaba Alí-Nur, nada sabía de la compra de la esclava. Y además, el visir había empezado por encargar á Dulce-Amiga que no olvidase los consejos que tenía que darle. Y le dijo: «Sabe ¡oh hija mía! que te he comprado por cuenta de nuestro amo el rey, para que seas la preferida entre sus favoritas. De modo que debes tener mucho cuidado en evitar todas las ocasiones de comprometerte y comprometerme. Así es que he de advertirte que tengo un hijo algo mala cabeza, pero guapo mozo. No hay en este barrio ninguna doncella que no se haya entregado á él y de cuya flor no haya gozado. Por tanto, evita su encuentro; que no oiga tu voz ni vea tu rostro, pues de otra suerte te perderías sin remedio.» Y Dulce-Amiga dijo: «Escucho y obedezco.» Y el visir, tranquilizado sobre este punto, se alejó para seguir su camino.

Pero por voluntad escrita de Alah, las cosas llevaron un rumbo muy diferente. Porque algunos días después, Dulce-Amiga fué al hammam del palacio del visir, y las esclavas emplearon toda su habilidad en darle un baño que fuera el mejor de su vida. Después de haberle lavado los miembros y el cabello, le dieron masaje. Y la depilaron esmeradamente, frotaron con almizcle su cabellera, le tiñeron con alheña las uñas de los pies y de las manos, le alargaron con kohl las cejas y las pestañas, y quemaron junto á ella pebeteros de incienso macho y ámbar gris, perfumándole de este modo toda la piel. Después la envolvieron con una sábana embalsamada con azahar y rosas, le sujetaron la cabellera con un paño caliente, y la sacaron del hammam para llevarla al aposento donde la aguardaba la mujer del visir, madre del hermoso Alí-Nur. Dulce-Amiga, al ver á la mujer del visir, corrió á su encuentro y le besó la mano, y la esposa del visir la besó en las dos mejillas, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! ¡ojalá te dé ese baño todo el bienestar y todas las delicias! ¡Oh Dulce-Amiga, cuán hermosa estás, cuán limpia y perfumada! Iluminas nuestro palacio, que no necesita más luz que la tuya.» Y Dulce-Amiga, muy emocionada, se llevó la mano al corazón, á los labios y á la frente, é inclinando la cabeza, respondió: «Gracias, ¡oh madre y señora! ¡Proporciónete Alah todos los goces de la tierra y del paraíso! En verdad ha sido delicioso este baño, y sólo me ha dolido una cosa: no compartirlo contigo.» Entonces la madre de Alí-Nur mandó que llevasen á Dulce-Amiga sorbetes y pastas, y se dispuso á marchar al hammam para tomar su baño.