Por último, un día la madre de Alí-Nur, viendo al visir menos indignado que de costumbre, le preguntó: «¿Hasta cuándo va á durar ese persistente enojo contra nuestro hijo Alí-Nur? ¡Oh mi señor! realmente hemos perdido una esclava del rey; pero ¿quieres que perdamos también á nuestro hijo? Pues sabe que si continúa esta situación, nuestro hijo Alí-Nur huirá para siempre de la casa paterna, y entonces lloraremos á este hijo, único fruto de mis entrañas.» Conmovido el visir, preguntó: «¿Y qué medio emplearemos para impedirlo?» Y la mujer respondió: «Ven á pasar esta noche con nosotras, y cuando llegue Alí-Nur yo os pondré en paz. Por lo pronto finge quererlo castigar, pero acaba por casarlo con Dulce-Amiga. Porque Dulce-Amiga, según lo que en ella he podido ver, es admirable en todo y quiere á Alí-Nur, que está enamoradísimo de ella. Además, ya te he dicho que te daré de mi peculio el dinero que gastaste en comprarla.»

El visir se conformó con lo que proponía su esposa, y apenas entró Alí-Nur en las habitaciones de su madre, se arrojó sobre él, lo tiró al suelo y levantó un puñal como para matarle. Pero entonces la madre de Alí-Nur se precipitó entre el puñal y su hijo, y dirigiéndose al visir, exclamó: «¿Qué intentas hacer?» Y el visir repuso: «Lo voy á matar, para castigarle.» Y la madre replicó: «¿Pero no sabes que está arrepentido?» Y Alí-Nur dijo: «¡Oh padre! ¿tendrás valor para sacrificarme de esta suerte?» Entonces el visir, sintiendo que los ojos se le arrasaban en lágrimas, dijo: «¡Oh desventurado! ¿no tuviste tú valor para arrebatarme la tranquilidad y acaso la vida?» Y Alí-Nur respondió: «Oye, ¡oh padre mío! lo que dice el poeta:

Supón por un momento que haya obrado muy mal y cometido todos los delitos; ¿no sabes que los seres nobles gozan con perdonar, concediendo un indulto completo?

¿No sabes también que al proceder así te realzas, singularmente si el enemigo está entre tus manos, ó te implora desde el fondo de una sima abierta al pie de la montaña desde cuya cumbre tú le dominas?»

Al oir estos versos, el visir soltó á su hijo, á quien tenía sujeto con las rodillas; entró en su alma la compasión y lo perdonó. Entonces Alí-Nur se incorporó, besó la mano á sus padres, y quedó en una actitud sumisa. Y su padre le dijo: «¡Oh hijo mío! ¿por qué no me advertiste que querías de veras á Dulce-Amiga, y que no se trataba de uno más de tus caprichos? Si yo hubiese sabido que ibas á conducirte con ella como es debido, no habría vacilado en otorgártela.» Y Alí-Nur contestó: «Efectivamente, ¡oh padre mío! estoy dispuesto á cumplir con Dulce-Amiga como se merece.» Y el visir dijo: «En ese caso, ¡oh mi querido hijo! el único ruego que he de hacerte, y que no debes olvidar nunca, para que siempre te acompañe mi bendición, consiste en que me prometas no contraer legítimas nupcias con otra mujer que no sea Dulce-Amiga, ni maltratarla jamás, ni venderla.» Y Alí-Nur contestó: «¡Juro por la vida de nuestro Profeta y por el Corán sagrado no tomar otra esposa legítima mientras viva Dulce-Amiga, no maltratarla nunca y no venderla jamás!»

Después de esto toda la casa se llenó de júbilo. Alí-Nur pudo poseer libremente á Dulce-Amiga y siguió viviendo con ella durante un año, siendo muy felices. En cuanto al rey, Alah hizo que olvidase completamente los diez mil dinares que le había entregado al visir Fadleddín para la compra de la esclava. Y por lo que se refiere al malvado Ben-Sauí, no tardó en descubrir todo lo ocurrido, pero no se atrevió á decir todavía nada al rey, porque el padre de Alí-Nur era estimadísimo, no sólo del sultán, sino de todo el pueblo de Bassra.

Y he aquí que un día el visir Fadleddín fué al hammam, salió apresuradamente todo sudoroso del baño, y cogió un enfriamiento, que le obligó á meterse en la cama. Después se agravó, y ya no pudo dormir ni de noche ni de día, y fué tal su consunción, que parecía la sombra de lo que había sido. Entonces no quiso demorar el cumplimiento de sus últimos deberes, y mandó que compareciese su hijo Alí-Nur, el cual se presentó en seguida con los ojos llenos de lágrimas. Y el visir le dijo: «¡Oh hijo mío! no hay felicidad que no tenga su término, ni bien sin límite, ni plazo sin vencimiento, ni copa sin brebaje amargo. Hoy me toca á mí gustar la copa de la muerte.» Y el visir recitó estas estrofas:

¡Podrá hoy olvidarte la muerte, pero no te olvidará mañana! ¡Todos caminamos apresuradamente al abismo de la anulación!

¡Para los ojos del muy Altísimo no hay llanos ni cumbres! ¡Todas las alturas están niveladas: no hay hombre pequeño ni hombre gigante!

¡Y jamás ha habido rey, Imperio ni profeta que haya podido desafiar la ley de la muerte!