¿Es posible, ¡oh nube benéfica que nos das la lluvia! que todo sediento pueda extinguir su sed en tus aguas vivas, y que yo, tu protegido, me muera de sed bajo tu cielo?
Y después añadió: «¡Oh señor! ¿Permitirás que así traten á todos los servidores que te aman y te sirven? ¿Tolerarás que se cometan con ellos semejantes infamias?» Y el rey preguntó: «¿Pero quién te ha tratado de ese modo?» Entonces el visir dijo: «Has de saber, ¡oh rey! que he salido hoy á dar una vuelta por el zoco, para comprar una buena esclava que supiera condimentar los manjares, pues mi cocinera los quema todos los días, y vi en el zoco una esclava joven como no vi otra en toda mi vida. Y el corredor á quien me dirigí me contestó: «Creo que pertenece al joven Alí-Nur, hijo del difunto visir Khacan.» Ahora bien; recordarás, ¡oh mi señor y soberano! que entregaste tiempo ha diez mil dinares de oro al visir Fadleddín para comprar una hermosa esclava que reuniese todas las perfecciones. Y en aquel tiempo el visir no tardó en encontrar y comprar la tal esclava; pero como era verdaderamente maravillosa y le había gustado mucho, se la regaló á su hijo Alí-Nur. Y Alí-Nur, muerto su padre, se entregó á tales locuras que no tardó en vender todos sus bienes, sus fincas y hasta los muebles de su casa. Y cuando ya no tuvo ni un óbolo para vivir, llevó al zoco á la esclava para venderla, y la entregó á un corredor, el cual la subastó en seguida. Y los mercaderes empezaron á pujar de tal modo, que el precio de la esclava llegó inmediatamente á cuatro mil dinares. Entonces la vi, y quise comprarla para mi soberano el sultán, que ya había dado por ella una importante suma. Llamé al corredor y le dije: «Hijo mío, yo te daré los cuatro mil dinares.» Pero el corredor me mostró al propietario de la esclava, y éste apenas me vió corrió hacia mí, gritando como un energúmeno: «¡Sucia cabeza vieja! ¡Jeique maldito y nefasto! Antes que cedértela se la vendería á un nazareno ó á un judío, aunque me llenases de oro el velo que la cubre.» Y yo dije: «Pero joven, si no la quiero para mí, pues la destino á nuestro señor el sultán, que es nuestro buen soberano, nuestro bienhechor.» Y al oir estas palabras, en vez de ceder se enfureció más aún, se tiró á la brida de mi caballo, me agarró de una pierna y me echó al suelo, y sin hacer caso de mi avanzada edad ni respetar mis barbas blancas, empezó á pegarme y á insultarme de todas maneras, y acabó por ponerme en el deplorable estado en que me ves en este momento, ¡oh rey bueno y justo! Y todo esto me ha pasado por querer complacer á mi sultán y comprarle una esclava que le pertenecía y que juzgué digna del honor de compartir su lecho.»
Entonces el visir se echó á las plantas del rey y rompió nuevamente á llorar, implorando justicia. Y al verle y oir su relato, se encolerizó de tal manera el sultán, que el sudor le brotaba por entre los ojos, y volviéndose hacia los emires y grandes del reino, les hizo una seña. Inmediatamente se presentaron ante él cuarenta guardias con las espadas desenvainadas. Y el sultán les dijo: «Marchad inmediatamente á la casa del que fué mi visir El-Faldl ben-Khacan, y saqueadla y destruidla por completo. Apoderaos de Alí-Nur y de su esclava, atadle los brazos, arrastradlos sobre el lodo y traedlos á mi presencia.» Los cuarenta guardias contestaron: «Escuchamos y obedecemos», y se dirigieron en seguida á casa de Alí-Nur.
Pero había en el palacio un joven chambelán llamado Sanjar, que había sido mameluco del difunto Fadleddín y se había criado con su amo Alí-Nur, á quien profesaba gran cariño. Y dispuso la Suerte que presenciara la queja del visir Ben-Sauí y cómo el sultán daba sus crueles órdenes. Y salió corriendo, tomando el camino más corto para llegar á la casa de Alí-Nur, que al oir llamar precipitadamente á la puerta fué á abrir en persona, y al ver á su amigo el joven Sanjar quiso abrazarle; pero éste, sin consentirlo, exclamó: «¡Oh mi querido dueño! no son á propósito estos instantes para palabras cariñosas ni para saludos, pues oye lo que dice el poeta:
¡Liberta tu alma, desátala de la tiranía de las cadenas y vuela en seguida! ¡Vuela á lo lejos y deja que las casas se derrumben sobre quienes las construyeron!
¡Oh amigo mío! ¡Encontrarás muchos países distintos del tuyo, pues la tierra de Alah es infinita; pero otra alma que sea tu alma no la has de encontrar!
Y Alí-Nur dijo: «¡Oh amigo Sanjar! ¿qué vienes á anunciarme?» Sanjar contestó: «Sálvate y salva á la esclava Dulce-Amiga, porque El-Mohin ben-Sauí os ha tendido un lazo, y como caigáis en él moriréis sin misericordia. Sabe que el sultán, por instigación del visir, ha enviado contra vosotros á cuarenta guardias con los alfanjes desenvainados. Debéis emprender la fuga antes de que os ocurra una desgracia.» Y Sanjar alargó su mano á Alí-Nur, que estaba llena de oro, y le dijo: «¡Oh mi señor! he aquí cuarenta dinares que han de serte útiles en estos momentos, y perdóname que no pueda ser más generoso. Pero no perdamos tiempo. ¡Levántate y huye!»
Entonces Alí-Nur se apresuró á avisar á Dulce-Amiga, que se cubrió inmediatamente con su velo, y ambos salieron de la casa, y después de la ciudad, y llegaron á orillas del mar, amparados por el muy Altísimo. Y divisaron un bajel que precisamente se disponía á desplegar las velas, y acercándose vieron al capitán que estaba de pie en medio del barco, y decía: «El que no se haya despedido que se despida inmediatamente; el que no haya acabado de proveerse de víveres que acabe en el acto; el que haya olvidado algo en su casa vaya ligero á buscarlo, porque he aquí que vamos á zarpar.» Y todos los viajeros contestaron: «Nada nos queda que hacer, capitán; ya estamos listos.» Entonces el capitán gritó á sus hombres: «¡Hola! ¡Desplegad las velas y soltad las amarras!» Y en aquel momento preguntó Alí-Nur: «¿Para dónde zarpas, capitán?» Y el capitán contestó: «Para Bagdad, morada de paz.»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.