¡Pero si hasta esto te parece exagerado, no me lo des, y déjame entregado á mi dolor y sin más compañía que mi tristeza!

Entonces Dulce-Amiga habló con palabras tan dulces á Alí-Nur, que acabó por decidirle á que tomase la resolución que le acababa de proponer, pues era el único medio de evitar que el hijo de Fadleddín ben-Khacan se viese en aquella pobreza indigna de su rango. Salió, pues, con Dulce-Amiga, y la llevó al zoco de los esclavos; se dirigió al más experto de los corredores y le dijo: «Es necesario, ¡oh corredor! que sepas el valor de esta joya que vas á pregonar en el mercado. No vayas á equivocarte.» Y el corredor respondió: «¡Oh mi señor Alí-Nur! soy tuyo, y conozco, además de mis deberes, las consideraciones que te debo.» Entonces Alí-Nur entró en una habitación del khan y levantó el velo que cubría el rostro de Dulce-Amiga. Y al verla, exclamó el corredor: «¡Por Alah! ¡Si es la esclava que apenas hace dos años vendí en diez mil dinares de oro al difunto visir!» Y Alí-Nur asintió: «La misma es.» Entonces dijo el corredor: «¡Oh Alí-Nur! cada criatura lleva pendiente del cuello su destino y no se puede librar de él. Te juro que he de poner toda mi inteligencia en vender tu esclava al precio más alto del mercado.»

E inmediatamente marchó al sitio en que solían reunirse los mercaderes, y aguardó á que llegasen, pues en aquel momento llegaban dispersos, comprando esclavas de todos los países y llevándolas hacia aquel punto del zoco en que se juntaban mujeres turcas, griegas, circasianas, georgianas, abisinias y de otras partes. Y cuando vió el corredor que estaban allí todos y que la plaza se había llenado con la muchedumbre de corredores y compradores, se subió á un poyo y dijo: «¡Oh vosotros todos, mercaderes y hombres de riquezas! sabed que no todo lo redondo es nuez; no todo lo alargado es plátano; no todo lo colorado es carne; no todo lo blanco es grasa; no todo lo tinto es vino, ni todo lo pardo es dátil. ¡Oh mercaderes ilustres entre los de Bassra y Bagdad! he aquí que presento hoy á vuestro justiprecio y valoración una perla noble y única que si hubiera equidad en apreciarla valdría más que todas las riquezas reunidas. Á vosotros corresponde señalar el precio que ha de servir como base de pujas; pero antes venid á ver con vuestros ojos.» Y los hizo aproximarse, les mostró á Dulce-Amiga, y en seguida, por unanimidad, acordaron empezar por anunciarla en cuatro mil dinares como base de pujas. Entonces el corredor gritó: «¡Cuatro mil dinares la perla de las esclavas blancas!» Y en seguida un mercader pujó á cuatro mil quinientos. Pero precisamente en aquel instante el visir Ben-Sauí pasaba á caballo por el zoco de los esclavos, y vió á Alí-Nur de pie al lado del corredor, y á éste pregonando un precio. Y dijo para sí: «Ese calavera de Alí-Nur está vendiendo el último de sus esclavos después de haber vendido el último de sus muebles.» Pero pronto se enteró de que lo que se pregonaba era una esclava blanca, y pensó: «Alí-Nur debe estar vendiendo su esclava, porque ya no posee ni un óbolo. ¡Cómo se alegraría mi corazón si esto fuese verdad!» Llamó entonces al pregonero, que acudió en cuanto conoció al visir, y besó la tierra entre sus manos.» Y el visir le dijo: «Quiero comprar esa esclava que pregonas. Tráela en seguida para que la vea.» Y el pregonero, que no podía negarse á obedecer al visir, se apresuró á llevarle á Dulce-Amiga y le levantó el velo. Al ver aquel rostro sin igual y al admirar todas las perfecciones de la joven, se maravilló el visir y preguntó: «¿Qué precio es el que ha alcanzado?» Y el corredor respondió: «Cuatro mil quinientos dinares á la primera puja.» Y el visir dijo: «Pues bien; á ese precio me quedo con ella.» Y al hablar así miró fijamente á todos los mercaderes, que no se atrevieron á pujar, y ni uno solo tuvo valor para ofrecer mayor precio, temiendo la venganza del visir. Después el visir dijo al corredor: «¿Qué haces ahí parado? Ya sabes que tomo la esclava en cuatro mil dinares de oro, y te doy quinientos de corretaje.» El corredor no supo qué responder, y con la cabeza baja se fué á buscar á Alí-Nur, que estaba algo más lejos, y le dijo: «¡Oh señor, cuánta es nuestra desgracia! Se nos va de entre las manos Dulce-Amiga por un precio irrisorio; se la llevan por nada. Ahí tienes al malvado visir Ben-Sauí, enemigo de tu padre, que lo ha adivinado todo y no nos ha dejado llegar al verdadero precio. Quiere quedarse con ella por solo el importe de la primera puja. Y si estuviéramos seguros de que la pagase al contado, podríamos dar gracias á Alah, aunque el precio sea tan mezquino; pero ese maldito visir es el peor pagador del mundo, y conozco todas sus astucias y maldades. Y he aquí lo que va á hacer: te dará una letra de crédito para uno de sus agentes, al cual ordenará secretamente que no te pague nada. Y cada vez que vayas á cobrar, el agente te dirá: «Mañana pagaré», y ese mañana no llegará nunca. Y tanto te aburrirá esta serie de retrasos, que acabarás por hacer un arreglo con el agente y le confiarás el papel firmado por el visir, y el agente se apresurará á hacerlo pedazos, y de este modo perderás sin remedio el precio de la esclava.»

Y Alí-Nur, desesperado al oir todo esto, preguntó al corredor: «¿Y qué haremos ahora?» Y el corredor respondió: «Voy á darte un buen consejo. Me llevaré al zoco á Dulce-Amiga, y tú nos alcanzarás, y arrancándola de entre mis manos, le hablarás de este modo: «¡Desdichada! ¿Qué te propones? ¿No sabes que hice juramento de fingir tu venta en el zoco para humillarte y corregir tu mal genio?» En seguida le darás unos golpes y te la llevarás. Y entonces todo el mundo, incluso el visir, creerá que, en realidad, no trajiste la esclava más que para cumplir tu juramento.» Le pareció muy bien á Alí-Nur, y dijo: «Es realmente una buena idea.» Entonces el corredor marchó al centro del zoco, cogió de la mano á la esclava y la llevó á presencia del visir El-Mohin ben-Sauí, y le dijo: «Señor, el propietario de la esclava es ese hombre que está allí, á pocos pasos de nosotros. Pero he aquí que se aproxima.» Y efectivamente, Alí-Nur se acercó al grupo, se apoderó violentamente de Dulce-Amiga, le dió un puñetazo y le dijo: «¡Desdichada! ¿No sabes que no te he traído al zoco más que para cumplir un juramento? Vuelve á casa y procura ser obediente. Y no creas que necesito el precio de tu venta, pues aunque me viese muy apurado, preferiría desprenderme de todos mis muebles y hasta lo último de cuanto me pertenece antes que pensar en traerte al zoco.»

Al oirlo, gritó el visir: «¡Pobre de ti, loco mancebo! Hablas como si aún te quedase algún mueble ó cualquier cosa que vender. Pero ya sabemos todos que no tienes ni un óbolo.» Y al hablar así quiso apoderarse violentamente de Dulce-Amiga. Pero todos los mercaderes y corredores miraban con simpatía á Alí-Nur, muy estimado por ellos, que se acordaban de los favores de su padre, su buen protector. Entonces Alí-Nur les dijo: «Acabáis de oir las palabras insultantes de este hombre, y os tomo á todos por testigos de ello.» Por su parte, el visir dijo: «¡Oh mercaderes! por consideración á todos vosotros no mato ahora mismo á ese insolente.» Pero los mercaderes se miraban unos á otros, como diciéndose con los ojos: «Ayudemos á Alí-Nur.» Y añadieron en voz alta: «Este asunto no nos incumbe. Arreglaos como podáis.» Y Alí-Nur, que era audaz y valiente, sujetó por las bridas al caballo del visir, después agarró á su enemigo, lo sacó de la silla y lo tiró al suelo. Le puso la rodilla en el pecho, empezó á darle puñetazos en la cabeza, en el vientre y en todas partes, le escupió en la cara y le dijo: «¡Perro, hijo de perro, mal nacido! ¡Maldito sea tu padre, y el padre de tu padre, y el padre de tu madre, oh corrompido!» Y le dió tan fuerte puñetazo en la quijada, que le rompió varios dientes. Y la sangre corría por las barbas del visir, que había ido á caer en medio de un charco de lodo.

Al ver esto, los diez esclavos que acompañaban al visir desenvainaron los alfanjes y quisieron echarse encima de Alí-Nur y despedazarle; pero el gentío se lo impidió y les decía: «¿Qué vais á hacer? Vuestro amo es visir; pero ¿no sabéis que el otro es hijo de visir? ¿No teméis que mañana se reconcilien y paguéis vosotros las consecuencias?» Y los esclavos vieron que era más prudente abstenerse.

Y como Alí-Nur se había cansado de dar golpes, soltó al visir, que se levantó cubierto de sangre y barro, y se dirigió al palacio del sultán, seguido por las miradas de la muchedumbre, que no sentía por él ninguna compasión.

En seguida Alí-Nur cogió de la mano á Dulce-Amiga y se volvió á su casa aclamado por el gentío.

El visir llegó en un estado lamentable al palacio del rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, se detuvo á la puerta y comenzó á gritar: «¡Oh rey! ¡Te implora un afligido!» Y el rey mandó que se lo presentasen, y vió que era su visir El-Mohin ben-Sauí. Y en el límite del asombro, le dijo: «¿Pero quién se ha atrevido á tratarte de esa manera?» Y el visir se echó á llorar y recitó estos versos:

¿Es posible que, existiendo tú entre los vivientes, me haga su víctima el Tiempo? ¿Es posible que, siendo tú mi intrépido defensor, hagan de mí su presa los perros enfurecidos?