Y después dijo: «¡Por Alah! que he de visitar á todos, pues espero encontrar por lo menos uno que haga lo que estos traidores se han negado á hacer.» Pero no pudo encontrar á nadie que le recibiese, ni que le enviase siquiera un pedazo de pan. Y entonces se consoló recitando estos versos:
¡El hombre próspero es como un árbol: le rodea la gente mientras lo cubren los frutos!
¡Pero apenas estos frutos caen, se dispersa la gente para buscar otro árbol mejor!
¡Todos los hijos de este tiempo padecen la misma enfermedad, y no he encontrado uno solo que estuviese libre de ella!
Y después fué á buscar á Dulce-Amiga, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Ni siquiera uno me ha recibido!» Y ella contestó: «¡Oh dueño mío, ya te había advertido que no te ayudarían en nada! Ahora te aconsejo que empieces por vender los muebles y objetos preciosos que tenemos en casa, y con eso nos podremos sostener algún tiempo.» Y Alí-Nur hizo lo que Dulce-Amiga le aconsejaba. Pero pasados los días ya no les quedó nada que vender, y entonces Dulce-Amiga, aproximándose á Alí-Nur, que lloraba lleno de desesperación, le dijo: «¡Oh dueño mío! ¿por qué lloras? ¿No estoy yo todavía aquí? ¿No sigo siendo la misma Dulce-Amiga á quien llamas la más hermosa de las mujeres? Cógeme, pues, llévame al zoco de los esclavos y véndeme. ¿Has olvidado que tu difunto padre me compró en diez mil dinares de oro? Espero que Alah nos ayude en esta venta y la haga fructuosa, y hasta que te paguen por mí más que la primera vez. Y en cuanto á nuestra separación, ya sabes que si Alah ha escrito que nos hemos de encontrar algún día, acabaremos por reunirnos.» Alí-Nur contestó: «¡Oh Dulce-Amiga, nunca accederé á separarme de ti, ni siquiera por una hora!» Y ella replicó: «Tampoco lo quisiera yo, ¡oh mi dueño Alí-Nur! pero la necesidad no tiene ley, como dijo el poeta:
¡No dudes en hacer aquello á que te obligue la necesidad! ¡No retrocedas ante nada, siempre que esté en los límites de la decencia!
¡No te preocupes sin un motivo fundado, y cree que son muy escasas las aflicciones que tengan un verdadero motivo de constante preocupación!»
Alí-Nur cogió entonces en brazos á Dulce-Amiga, le besó la cabellera, y con lágrimas en los ojos recitó estas estrofas:
¡Detente, por favor! ¡Déjame recoger una mirada de tus ojos, una sola mirada, para que me acompañe durante todo el camino; una mirada que sirva de remedio á mi alma, herida por esta separación mortal!