Y ya no hacía caso de las advertencias de Dulce-Amiga, y hasta llegó á tenerla olvidada; pero ella no se quejaba nunca y se consolaba con la lectura de los libros de los poetas. Y un día que Alí-Nur entró en su gabinete, le dijo: «¡Oh luz de mis ojos! escucha estas estrofas:
¡Cuanto más bien se hace, más firme aparece la ventura de la vida, pero hay que temer los ciegos golpes del Destino!
¡La noche se hizo para el sueño y el descanso; la noche es la salvación del alma; pero tú derrochas locamente esas horas reparadoras, y no ha de asombrarte que una mañana te sorprenda súbitamente la desdicha!»
Y apenas acababa de recitar estos versos, se oyó llamar á la puerta. Y Alí-Nur, saliendo del gabinete, fué á abrir, y se encontró con el administrador, al que condujo á una habitación contigua á la sala de reuniones, donde estaban varios amigos de Alí-Nur, que apenas se separaban de él. Y Alí-Nur preguntó á su administrador: «¿Qué ocurre, para que pongas esa cara tan triste?» Y el otro dijo: «¡Oh mi señor! ¡Ya ha llegado lo que tanto temía!» Y Alí-Nur insistió: «Pero ¿qué pasa?» Y el administrador dijo: «Sabe que ya ha terminado mi cometido, pues ya no tengo nada tuyo que administrar. Ya no te quedan fincas, ni nada que valga un óbolo ni menos de un óbolo. Y he aquí que traigo las cuentas de lo que has gastado, hasta derrochar todo tu capital.» Y al oir estas palabras, Alí-Nur bajó la cabeza y dijo: «¡Alah es el único fuerte, el único poderoso!»
Pero precisamente, uno de los amigos, que estaba en la sala, oyó esta conversación y se apresuró á comunicarla á los demás, diciendo: «¡Oh mis señores, sabed que á Alí-Nur no le queda ya ni por valor de un óbolo!» Y en este momento entró Alí-Nur muy preocupado y muy pálido, confirmando con su gesto la exactitud de la mala nueva.
Al verle, uno de los convidados se levantó y le dijo: «¡Oh mi señor! con tu venia me voy á retirar, porque mi mujer está de parto y no puedo abandonarla, de modo que he de marchar á su lado.» Alí-Nur se lo permitió; y entonces se levantó otro amigo y le dijo: «¡Oh mi dueño Alí-Nur! necesariamente he de ir ahora mismo á casa de mi hermano, que celebra las ceremonias de la circuncisión de su hijo.» Y Alí-Nur se lo permitió. Y todos los demás amigos fueron alegando pretextos para marcharse, desde el primero hasta el último, y Alí-Nur acabó por verse solo en medio de la gran sala de reuniones. Entonces mandó llamar á Dulce-Amiga, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! aún ignoras la desgracia que se me ha venido encima.» Y le refirió cuanto le acababa de ocurrir. Y ella contestó: «¡Oh dueño mío! ya hace tiempo que te lo anunciaba, y tú, en vez de hacerme caso, hasta me recitaste un día estos versos:
¡Si la Fortuna pasara un día por delante de tu puerta, acógela en seguida, y disfruta de ella á gusto, y que la gocen también todos tus amigos, pues podría escabullirse de entre tus manos!
¡Pero si se detuviese para siempre en tu casa, usa ampliamente de ella, pues la generosidad no ha de agotarla, ni tiene por qué sujetarla la avaricia!
De modo que cuando oí estos versos me callé y no quise contrariarte.» Y Alí-Nur le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! bien sabes que nada he escatimado á mis amigos, pues con ellos he derrochado todos mis bienes. Y ahora no puedo creer que me abandonen en la desgracia.» Pero Dulce-Amiga replicó: «¡Te juro por Alah que para nada te han de servir!» Y Alí-Nur dijo: «Ahora mismo voy á verlos, uno por uno; y llamaré á su puerta, y cada cual me dará generosamente alguna cantidad, y de este modo reuniré un capital con el que me dedicaré al comercio, y me apartaré para siempre del juego y de las diversiones.» Y efectivamente, se levantó en seguida y recorrió la calle de Bassra en que vivían sus amigos, pues todos ellos vivían en aquella calle, que era la más hermosa de la ciudad. Y llamó á la primera puerta, y le abrió una negra, que le dijo: «¿Quién eres?» Él contestó: «Avisa á tu amo que ha venido hasta su puerta Alí-Nur para decirle: «Tu servidor Alí-Nur besa tus manos y espera una muestra de tu generosidad.» Y la negra fué á avisar á su amo. Y éste contestó: «Sal en seguida y dile que no estoy en casa.» Y la negra volvió, y le dijo á Alí-Nur: «¡Oh señor, no está mi amo!» Y Alí-Nur dijo para sí: «Éste es un mal nacido que se me niega, pero los demás no serán mal nacidos.» Y fué á llamar á la puerta de otro amigo, y le mandó el mismo recado que al primero, y recibió de él la misma respuesta negativa. Entonces Alí-Nur recitó esta estrofa:
¡Apenas llegué frente á la casa se apresuraron á dejarla vacía, y vi huir á todos sus moradores, temerosos de que pusiese á prueba su generosidad!