PERO CUANDO LLEGÓ
LA 35.ª NOCHE
Ella dijo:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Alí-Nur se echó á reir, se incorporó bruscamente, y dijo á Ibrahim: «¿Qué estás haciendo? ¿No te rogué hace una hora que me acompañaras, y te negaste entonces, y dijiste que llevabas trece años sin hacer semejante cosa?» Entonces el jeique Ibrahim se avergonzó mucho, pero se sobrepuso en seguida y se apresuró á decir: «¡Por Alah! ¡Nada tienes que echarme en cara! Toda la culpa es de ella, que ha insistido hasta que ha logrado convencerme.» Entonces se echó á reir de nuevo Alí-Nur, y lo mismo hizo Dulce-Amiga, que acabó por acercarse á su oído, y le dijo: «Déjame hacer, y ya verás cómo nos reímos á su costa.» Después echó vino en su copa y la bebió, escanció otra á Alí-Nur, que bebió también, y así siguió bebiendo y dando de beber á Alí-Nur, sin hacer caso alguno del jeique Ibrahim. Entonces éste, que los miraba asombrado, acabó por decirles: «¿Qué manera es ésa de convidar á los demás á beber con vosotros? ¿Es sólo para que miren lo que hacéis?» Y Alí-Nur y Dulce-Amiga se echaron á reir y consintieron que bebiera con ellos, y así estuvieron bebiendo hasta pasada la tercera parte de la noche.
En este momento Dulce-Amiga dijo al jeique Ibrahim: «¡Oh jeique Ibrahim! ¿quieres permitirme que encienda una de esas velas?» Y él contestó, ya medio borracho: «¡Sí; puedes hacerlo, pero no enciendas más que una sola.» Y ella se levantó en seguida, y no encendió una sola, sino todas las velas de los ochenta candelabros del salón, y se volvió á su sitio. Entonces Alí-Nur dijo á Ibrahim: «¡Oh jeique, cuánto me place estar á tu lado! Confío en que me permitirás encender una de esas antorchas.» Y el jeique Ibrahim contestó: «¡Bueno; levántate y enciende una, pero nada más que una! ¡no creas que me vas á engañar!» Y Alí-Nur se levantó, y no encendió una, sino las ochenta antorchas de la sala y además las ochenta arañas, sin que el jeique Ibrahim se diese la menor cuenta de ello. Entonces todo el salón, todo el palacio y todo el jardín quedaron iluminados. Y el jeique Ibrahim dijo: «Verdaderamente, sois más libertinos que yo.» Y como ya estaba completamente ebrio, se levantó y recorrió el salón por uno y por otro lado, abrió las ochenta ventanas, volvió á sentarse y á seguir bebiendo con los dos jóvenes, y llenaron el salón con la alegría de sus risas y sus canciones.
Pero el Destino, que está en manos de Alah el Omnisciente, el Entendedor de todo, el Creador de causas y efectos, quiso que el califa Harún-Al-Rachid estuviese precisamente á aquella hora tomando el fresco, á la claridad de la luna, sentado junto á una de las ventanas de su palacio que daba al Tigris. Y mirando por casualidad en aquella dirección, vió toda aquella iluminación que brillaba en el aire y se reflejaba á través del agua. Y no sabiendo qué pensar, empezó por llamar á su gran visir Giafar Al-Barmakí. Y cuando se le presentó Giafar, le dijo á gritos: «¡Oh perro visir! ¿Eres mi servidor, y no me das cuenta de lo que ocurre en mi ciudad de Bagdad?» Y Giafar contestó: «No sé lo que quieres decirme con esas palabras.» Y el califa volvió á gritarle: «¡Me parece asombroso! Si á estas horas asaltasen á Bagdad nuestros enemigos, no sería menos estupendo; ¿no ves, ¡oh maldito visir! que mi Palacio de las Maravillas está completamente iluminado? ¿Quién es el hombre lo suficientemente audaz ó suficientemente poderoso que haya podido iluminarlo encendiendo todas las arañas y abriendo todas las ventanas? ¡Desdichado de ti! Es irrisorio que me llamen el califa y que, sin embargo, puedan ocurrir semejantes cosas sin mi permiso.» Y Giafar, todo tembloroso contestó: «¿Pero quién ha dicho que el Palacio de las Maravillas está con las ventanas abiertas y las luces encendidas?» Y el califa dijo: «Acércate aquí y mira.» Y Giafar se aproximó, miró hacia los jardines, y vió toda aquella iluminación, que parecía como si el palacio estuviese incendiado, brillando más que la claridad de la luna. Entonces Giafar comprendió que aquello debía de ser una imprudencia del jeique Ibrahim, y como era hombre naturalmente bueno y compasivo, se le ocurrió inmediatamente inventar algo para disculpar al anciano guardián del palacio, que probablemente no habría hecho aquello más que para obtener alguna ganancia. Dijo, pues, al califa: «¡Oh Emir de los Creyentes! El jeique Ibrahim vino á verme la semana pasada, y me dijo: «¡Oh amo Giafar! mi mayor deseo es celebrar las ceremonias de la circuncisión de mis hijos bajo tus auspicios, y durante tu vida y la vida del Emir de los Creyentes.» Yo le contesté: «¿Y qué deseas de mí, ¡oh jeique!?» Y él respondió: «Deseo nada más que por tu mediación se logre permiso del califa para celebrar las ceremonias de la circuncisión de mis hijos en el salón del Palacio de las Maravillas.» Y yo le dije: «¡Oh jeique! ya puedes preparar lo necesario para la fiesta. En cuanto á mí, si Alah quiere, tendré audiencia del califa y le enteraré de tus deseos.» Entonces el jeique Ibrahim se marchó. En cuanto á mí, ¡oh Emir de los Creyentes! se me olvidó por completo hablarte de ese asunto.» Entonces el califa contestó: «¡Oh Giafar! en vez de una falta has cometido dos, y he de castigarte por ambos motivos. En primer lugar, no me has dado cuenta de la petición del jeique. Y en segundo lugar, no le has concedido lo que deseaba en realidad, pues si vino á hacerte aquella súplica fué para darte á entender que necesitaba algún dinero para los gastos. Y he aquí que nada le diste, ni me avisaste de su deseo para que yo le pudiese dar algo.» Y Giafar contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes! ha sido un olvido.» Y el califa transigió: «Está bien; por esta vez te perdono. Pero ¡por la memoria de mis padres y mis antepasados! te mando que vayas á pasar la noche en casa del jeique Ibrahim, que es un hombre de bien, muy escrupuloso y muy estimado de los ancianos de Bagdad, que lo visitan frecuentemente. Ya sabes cuán caritativo es para los pobres y cuán compasivo para todos los necesitados, y seguramente en este momento tendrá en su casa á mucha gente, que albergará y alimentará por amor á Alah. Acaso, si fuésemos allí, alguno de esos pobres haría en nuestro favor algún voto que nos sería provechoso en este mundo y en el otro. Quizá también sea provechosa nuestra visita al buen jeique Ibrahim, que lo mismo que todos sus amigos, se llenará de júbilo al vernos.» Pero Giafar repuso: «¡Oh Emir de los Creyentes! ha transcurrido la mayor parte de la noche, y todos los invitados de Ibrahim se dispondrán ya á dejar el palacio.» Y el califa dijo: «Es mi voluntad que vayamos á reunirnos con ellos.» Entonces tuvo que callarse, pero se quedó muy pensativo, sin saber qué partido tomar.
El califa se levantó inmediatamente, hizo lo mismo Giafar, y seguidos de Massrur el portaalfanje, se dirigieron hacia el Palacio de las Maravillas, no sin haber tomado la precaución de disfrazarse de mercaderes.
Después de haber atravesado las calles de la ciudad, llegaron al Jardín de las Delicias. Y el califa se adelantó el primero, y vió que la puerta principal estaba abierta, y se quedó muy sorprendido, y dijo á Giafar: «He aquí que el jeique Ibrahim ha dejado la puerta abierta, cuando no es ésa su costumbre.» Entraron los tres, atravesaron el jardín y llegaron al palacio. Y el califa dijo: «¡Oh Giafar! tengo que verlo todo sin que se enteren, pues he de saber quiénes son los convidados del jeique Ibrahim y cuántos son los venerables ancianos que vinieron á su fiesta y qué regalos le han hecho. Pero en este momento deben estar cada uno en su rincón, abstraídos por las prácticas religiosas de las ceremonias, ya que no se oyen voces, ni vemos á nadie.» Y el califa, señalando á un nogal cuya altura dominaba el palacio, dijo: «¡Oh Giafar! quiero subirme á ese árbol que extiende su ramaje cerca de las ventanas, y desde ahí podré mirar adentro. Conque ayúdame.» Y el califa subió al árbol, y no dejó de trepar de rama en rama hasta que llegó á una muy á propósito para atisbar el salón. Entonces se sentó en ella y miró á través de una de las ventanas que estaban abiertas.
Y he ahí que vió á un joven y á una joven, ambos hermosos como lunas (¡gloria á quien los creó!), y vió también al jeique Ibrahim, guardián de su palacio, sentado entre los dos jóvenes con la copa en la mano, y oyó que decía á Dulce-Amiga: «¡Oh soberana de la belleza! La bebida no sabe bien si no la acompaña la canción. Y para que nos permitas oir el encanto de tu voz maravillosa, escucha lo que dice el poeta:
¡Ya leilí! ¡Ya einí![2].
¡Nunca bebas sin que cante tu amiga! ¡Observa que el caballo no bebe sin el ritmo del silbido!