¡Ya leilí! ¡Ya einí!
¡Después halaga á tu amiga, y acaríciala! ¡En seguida lánzate sobre ella y tiéndela! ¡Lo tuyo es grande y lo suyo pequeño!...
¡Ya leilí! ¡Ya einí!»
Al ver al jeique Ibrahim en aquella postura, y al oir de su boca aquella canción escandalosa y nada conveniente para su edad, el califa se encolerizó de tal modo que le brotaba el sudor de entre los ojos. Y se apresuró á descender del árbol, y miró á Giafar y le dijo: «¡Oh Giafar! En mi vida he presenciado un espectáculo tan edificante como el de esos respetables jeiques de nuestra mezquita que están reunidos en esa sala para cumplir religiosamente las piadosas ceremonias de la circuncisión. Esta noche es verdaderamente una noche bendita. Sube ahora tú al árbol, y apresúrate á mirar, y no desperdicies esta ocasión de santificarte, gracias á las bendiciones de esos santos jeiques.» Cuando Giafar oyó estas palabras del Emir de los Creyentes se quedó muy perplejo, pero no pudo vacilar en obedecerle y se apresuró á trepar al árbol, llegó frente á la ventana y miró hacia el interior del salón. Y vió el espectáculo de los tres bebedores: el anciano Ibrahim, con la copa en la mano, cantando y moviendo la cabeza, Alí-Nur y Dulce-Amiga mirándole fijamente, oyéndole y riéndose á carcajadas.
Al verlo Giafar se creyó perdido; pero bajó del árbol y se postró ante el Emir de los Creyentes. Y el califa dijo: «¡Oh Giafar! ¡Bendito sea Alah, que nos ha hecho seguir fervorosamente las ceremonias de la purificación, como la de esta noche, y nos aparta del mal camino, de las tentaciones y del error, y de la vista de los libertinos!» Y Giafar estaba tan confuso que no sabía qué contestar. Y el califa, mirando á Giafar, prosiguió: «Vamos á otra cosa. Quisiera saber quién ha guiado hasta este lugar á esos dos jóvenes, que se me figuran forasteros. En verdad he de decirte, Giafar, que nunca han visto mis ojos belleza, perfecciones, delicadeza ni encantos como los de ellos.» Entonces Giafar pidió perdón al califa, que se lo otorgó, y le dijo: «¡Oh califa! ciertamente has dicho la verdad. Son muy hermosos.» Y el califa repuso: «¡Oh Giafar! Subamos otra vez al árbol y observémosles desde la rama.»
Y haciéndolo así, treparon hasta la rama que daba al salón y se pusieron á contemplarle.
Precisamente en aquel momento decía el jeique Ibrahim: «¡Oh soberana mía! Este vino de los collados me ha hecho perder la seriedad, que me parece una cosa ridícula. Pero para ser completamente feliz necesito que pulses las cuerdas armoniosas.» Y Dulce-Amiga contestó: «¡Por Alah! ¡Oh jeique Ibrahim! ¿Cómo voy á pulsar las cuerdas si carezco de instrumento?» Apenas oyó el jeique Ibrahim estas palabras de Dulce-Amiga, salió del aposento. Y el califa dijo á Giafar: «¿Quién sabe lo que irá á hacer ahora ese viejo libertino?» Y Giafar respondió: «¡Quién ha de saberlo!» Entretanto, el jeique Ibrahim volvió al salón con un laúd en la mano. Y el califa se fijó en aquel laúd y vió que era el que solía tocar su cantor favorito Ishak cuando había fiesta en el palacio ó quería distraer á su señor. Y el califa dijo: «¡Por Alah! ¡Esto ya es demasiado! Pero quiero oir á esa maravillosa joven, y si canta mal os he de crucificar á todos, y si canta bien perdonaré á esos tres; pero á ti, ¡oh Giafar! te crucificaré de todos modos.» Y Giafar exclamó: «¡Alahumma! ¡Ojalá no sepa cantar!» Y asombrado el califa, preguntó: «¿Por qué prefieres el primer caso al segundo?» Y contestó Giafar: «Porque crucificado en su compañía pasaré mejor las horas del suplicio, y nos consolaremos mutuamente.» Y el califa, al oirle, rió en silencio.
Mientras tanto, Dulce-Amiga había cogido el laúd y lo templaba diestramente. Después de algunos preludios, pulsó las cuerdas y vibraron con toda su alma, con una intensidad capaz de liquidar el hierro, de despertar á los muertos y de conmover corazones de roca y de bronce. Y súbitamente, acompañándose con el laúd, empezó á cantar:
¡Ya leilí!...
Cuando me vió mi enemigo, vió también que el amor se complacía en apagar mi sed en su manantial, y dijo: «¡Esa agua está turbia!»