»Inmediatamente después de haber leído mis palabras te levantarás del trono del reino y colocarás en él á Alí-Nur, que será rey en lugar tuyo. Porque he aquí que acabo de investirle de la autoridad que antes te había confiado.

»Y cuida mucho que no sufra ningún aplazamiento la ejecución de mi voluntad. La salvación sea contigo.»

Después el califa dobló la carta, la selló, y se la entregó á Alí-Nur, sin revelarle su contenido. Y Alí-Nur cogió la carta, se la llevó á los labios y á la frente, la guardó en el turbante y salió en el acto para embarcarse con dirección á Bassra, mientras la pobre Dulce-Amiga lloraba abandonada en un rincón.

Esto, por lo pronto, en cuanto se refiere á Alí-Nur. Respecto al califa, he aquí que cuando el jeique Ibrahim, que hasta entonces nada había dicho, vió todo aquello, se volvió hacia el califa, á quien seguía tomando por el pescador Karim, y le dijo: «¡Oh tú, el más miserable de los pescadores! Has traído unos peces que apenas valen veinte mitades de cobre, y no contento con haberte embolsado tres dinares de oro ¿quieres llevarte ahora esa esclava? Ahora mismo me vas á dar la mitad del oro, y en cuanto á la esclava, la disfrutaremos también los dos, pero siendo yo el primero.»

Entonces el califa, después de lanzar una terrible mirada al jeique Ibrahim, se acercó á una de las ventanas y dió dos palmadas. Inmediatamente acudieron Giafar y Massrur, que no aguardaban más que aquella señal, y á un ademán del califa, Massrur se echó encima del jeique Ibrahim y lo inmovilizó. Giafar, que llevaba en la mano un ropón magnífico, que había mandado á buscar á toda prisa por uno de sus criados, se acercó al califa, le quitó los harapos del pescador y le puso el ropón de seda y oro.

Entonces el jeique Ibrahim, todo aterrado, reconoció al califa, y empezó á morderse los dedos; pero aún se resistía á creer en la realidad, y se decía: «¿Estoy despierto ó dormido?» Y el califa, sin disimular la voz, le dijo: «¿Te parece bien, jeique Ibrahim, el estado en que te encuentro?» Y al oirle se le quitó de pronto la borrachera al jeique Ibrahim, se tiró de bruces al suelo, arrastrando por él su larga barba, y recitó estas estrofas:

¡Perdona mi falta, ¡oh tú que eres superior á todas las criaturas! ¡El señor debe generosidad al esclavo!

¡Confieso que hice cosas impulsado por la locura! ¡A ti te corresponde ahora perdonarlas generosamente!

Entonces el califa, dirigiéndose al jeique Ibrahim, le dijo: «Te perdono.» Y volviéndose hacia la desconsolada Dulce-Amiga, prosiguió: «¡Oh Dulce-Amiga! ahora que sabes quién soy, déjate conducir á mi palacio.» Y todos salieron del Palacio de las Maravillas.