Cuando Dulce-Amiga llegó al palacio, el califa le mandó preparar un aposento reservado, y puso á sus órdenes doncellas y esclavas. Después fué en su busca, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! ya sabes que actualmente me perteneces, pues te deseo, y además me has sido generosamente cedida por Alí-Nur. Y yo, para corresponder á su esplendidez, acabo de enviarle como sultán á Bassra. Y si quiere Alah, pronto le enviaré un magnífico traje de honor, y serás tú la encargada de llevarlo. Y serás sultana con él.» Y dicho esto cogió entre sus brazos á Dulce-Amiga, y aquella noche la pasaron enlazados. Y fué lo que les ocurrió á uno y otro.

En cuanto á Alí-Nur, he aquí que llegó por la gracia de Alah á la ciudad de Bassra, marchó directamente al palacio del sultán Mohammad El-Zeiní, y una vez allí dió un gran grito. Y al oirle el sultán mandó que llevasen á su presencia al hombre que había gritado de aquel modo. Y Alí-Nur, al verse delante del sultán, sacó del turbante la carta del califa y se la entregó inmediatamente. Y el sultán abrió la carta, conoció la letra del califa, y en seguida se puso de pie, leyó con mucho respeto el contenido, y después de leerlo se llevó tres veces la carta á los labios y á la frente, y exclamó: «¡Escucho y obedezco á Alah el Altísimo y al califa, Emir de los Creyentes!» Y en seguida mandó llamar á los cuatro kadíes de la ciudad y á los principales emires para darles cuenta de su resolución de obedecer inmediatamente al califa, abdicando el trono. Pero en este momento entró el gran visir El-Mohin ben-Sauí, enemigo de Alí-Nur y de su padre Fadleddín, y el sultán le entregó la carta del Emir de los Creyentes, y le dijo: «¡Lee!» El visir cogió la carta, la leyó, la releyó, y quedó consternadísimo; pero de pronto desgarró muy diestramente la parte inferior de la carta que ostentaba el negro sello del califa, se la llevó á la boca, la mascó y la tiró. Y el sultán le gritó enfurecido: «¡Desdichado Sauí! ¿Qué demonio te ha podido impulsar á cometer este atentado?» Y Sauí contestó: «¡Oh rey! Has de saber que este hombre no ha visto nunca al califa, ni siquiera á su visir Giafar. Es un bribón dominado por todos los vicios, un demonio lleno de malignidad y de falsía. Ha debido encontrar algún papel escrito por el califa, y ha imitado la letra, escribiendo á su gusto todo cuanto aquí acabo de leer. Pero ¿cómo has pensado, ¡oh sultán! en abdicar, cuando el califa no ha mandado un propio, ni una orden escrita con su noble letra? Además, si el califa hubiera enviado tal mensaje, lo habría hecho acompañar por algún chambelán ó algún visir. Y he aquí que este hombre ha llegado completamente solo.» Entonces el sultán preguntó: «¿Y qué haremos ahora, ¡oh Sauí!?» A lo cual respondió el visir: «¡Oh rey! confíame á ese joven, y ya sabré yo descubrir la verdad. Lo mandaré á Bagdad acompañado por un chambelán, que se enterará de todo lo ocurrido. Si lo que ha dicho es cierto, nos traerá una orden escrita con la noble letra del califa. Pero si ha mentido, volverá el chambelán con este joven, y entonces sabré vengarme, para hacerle expiar lo pasado y lo presente.»

Después de oir al visir, acabó el sultán por creer que Alí-Nur era un maldito embaucador, y lleno de cólera no quiso aguardar á ninguna prueba, y gritó á los guardias: «¡Apoderaos de este joven!» Y los guardias se apoderaron de Alí-Nur, lo tiraron al suelo y empezaron á darle de palos, hasta que lo dejaron sin sentido. Después les mandó que lo encadenaran de pies y manos, y llamó al jefe de los carceleros, y el jefe de los carceleros no tardó en presentarse al rey.

Este carcelero se llamaba Kutait. Cuando le vió el visir, le dijo: «Kutait, el sultán va á ordenarte que cojas á este hombre y lo metas en un calabozo subterráneo, donde lo atormentarás día y noche con la mayor dureza.» Kutait contestó: «Escucho y obedezco.» Y cogió á Alí-Nur y lo llevó en seguida á un calabozo.

Y cuando Kutait entró en el calabozo con Alí-Nur, cerró la puerta, mandó barrer el suelo y poner un banco detrás de la puerta, cubriéndolo con un tapiz y colocando en él un almohadón. Después, acercándose á Alí-Nur, le quitó las ligaduras y le rogó que se sentase en el banco, diciéndole: «No he de olvidar, ¡oh mi señor! lo mucho que me favoreció tu padre, el difunto visir; de modo que no tengas temor alguno.» Y desde entonces lo trató lo mejor que pudo, procurando que no careciese de nada; y sin embargo enviaba diariamente recado al visir de que Alí-Nur estaba sujeto á los más tremendos castigos. Todo ello durante cuarenta días.

Llegado el día cuarenta y uno llevaron al palacio un magnífico regalo para el rey de parte del califa. Y el rey se maravilló de lo espléndido de aquel regalo, y como no comprendía la causa que había movido al califa á enviárselo, mandó reunir á sus emires, y les preguntó su parecer. Opinaron algunos que el califa destinaba el regalo á la persona enviada por él para sustituir al sultán. Y en seguida Sauí exclamó: «¡Oh rey! ¿No te dije que lo mejor era deshacerse de ese Alí-Nur, si es que quieres obrar con prudencia?» Y entonces el sultán dijo: «¡Por Alah! Haces que lo recuerde á tiempo. Ve á buscarlo inmediatamente y que se le degüelle sin misericordia.» Y Sauí contestó: «Escucho y obedezco, pero convendría, ¡oh mi señor! anunciarlo por medio de los pregoneros. Y que digan: «¡Vayan á la explanada de palacio cuantos quieran presenciar la ejecución de Alí-Nur ben-Khacan!» Y todo el mundo vendrá á ver cómo lo decapitan, y así me vengaré, y se alegrará mi corazón, y quedará saciado mi odio.» Y el sultán le dijo: «Puedes disponer lo que quieras.»

Lleno de alegría, el visir corrió á casa del gobernador y le mandó pregonar la ejecución de Alí-Nur con todos los detalles mencionados. Y así ve verificó puntualmente. Pero al oir á los pregoneros se apoderó de todos los habitantes de la ciudad una gran aflicción, y todos empezaron á llorar sin excepción ninguna, hasta los niños en las escuelas y los mercaderes en los zocos. Y los unos se apresuraban á ocupar un buen sitio para ver pasar á Alí-Nur y asistir al triste espectáculo de su muerte, mientras que otros acudían en tropel á las puertas de la cárcel para acompañarle desde que saliera.

Por su parte, el visir Sauí se dirigió á la prisión, haciéndose acompañar de diez guardias, y mandó que le abrieran la puerta. Y el carcelero Kutait, fingiendo ignorarlo todo, preguntó: «¿Qué desea mi señor el visir?» Y éste dijo: «Trae en seguida á mi presencia á ese miserable.» A lo cual repuso el carcelero: «Se encuentra en muy mal estado, á consecuencia de los palos que le di y de los tormentos que ha sufrido, pero de todos modos, obedeceré en el acto.» Y el carcelero se dirigió al calabozo de Alí-Nur, y le encontró recitando estas estrofas:

¡Ay de mí! ¡Nadie me socorre en mi desventura! ¡Y cada vez son más intensos mis males y más difícil su remedio!

¡La ausencia implacable y amarga ha consumido lo más puro de mi sangre, arrebatándome el último aliento de vida! ¡La fatalidad ha transformado á mis amigos, convirtiéndoles en los enemigos más crueles!