Y Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad de los tiempos, en lo pasado de los siglos y de las edades, hubo un mercader entre los mercaderes que era riquísimo y padre de dos hijos. Se llamaba Ayub, y su hijo varón, Ghanem ben-Ayub, fué conocido después con el sobrenombre de El-Motim El-Masslub[3], y era tan hermoso como la luna llena, y estaba dotado de una elocuencia maravillosa. La hija, hermana de Ghanem, se llamaba Fetnah[4], nombre muy merecido por sus encantos y su hermosura.

Al morir Ayub, les dejó grandes riquezas...

En este momento de su relato, vió Schahrazada nacer el día y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 37.ª NOCHE

Prosiguió en esta forma:

...Al morir el mercader Ayub, les dejó grandes riquezas, y entre otras cosas, cien cargas de sederías, brocados y telas preciosas, y cien vasijas llenas de vejigas de almizcle puro. Todo cuidadosamente empaquetado, y en cada fardo se veía escrito con grandes caracteres: DESTINADO Á BAGDAD, pues Ayub no pensaba morirse tan pronto, y quería ir á Bagdad para vender sus preciosas mercaderías.

Pero llamado á la infinita misericordia de Alah, y pasado el tiempo del luto, el joven Ghanem pensó realizar el viaje á Bagdad que tenía proyectado su padre. Despidióse, pues, de su madre, de su hermana Fetnah, de sus parientes y de sus vecinos, y se fué al zoco, donde alquiló los camellos necesarios, cargó en ellos sus fardos, y aprovechó la salida de otros comerciantes para Bagdad, á fin de ir en su compañía, y así marchó, después de poner su suerte en manos de Alah el Altísimo. Y Alah lo resguardó de tal modo, que no tardó en llegar á Bagdad sano y salvo con todas sus mercaderías.