Dos meses después la madre consiguió poner en relaciones á su hija con un joven barbero, que era el barbero de su padre, y con tal motivo iba mucho á casa. Y la madre le dió un buen dote de su peculio particular y le hizo un buen equipo. En seguida llamaron al barbero, que se presentó con todos sus instrumentos. Y el barbero me ató y me cortó los compañones, convirtiéndome en eunuco. Y se celebró la ceremonia del casamiento, y yo quedé de eunuco de mi amita, y desde entonces tuve que ir precediéndola por todas partes, cuando iba al zoco, ó cuando iba de visitas ó á casa de su padre. Y la madre hizo las cosas tan discretamente, que nadie supo nada de la historia, ni el novio, ni los parientes, ni los amigos. Y para hacer creer á los invitados en la virginidad de la novia, degolló un pichón, tiñó con su sangre la camisa de la recién casada, y según costumbre, hizo pasear esta camisa al acabar la noche por la sala de reuniones, por delante de todas las mujeres invitadas, que lloraron de emoción.

Desde entonces viví con mi amita en casa de su marido el barbero. Y así pude deleitarme impunemente y en la medida de mis fuerzas con la hermosura y las perfecciones de aquel cuerpo delicioso, pues aunque había perdido otras cosas, me quedaba el zib. De modo que sin peligro y sin despertar sospechas pude seguir besando y abrazando á mi ama, hasta que murieron ella, su marido y sus padres. Entonces pasaron á mí todos los bienes, y llegué á ser eunuco de palacio, igual que vosotros, ¡oh mis hermanos negros! Tal es la causa de que me castraran. Y ahora, la paz sea con vosotros.»

Dicho lo que antecede, el negro Sauab se calló, y el segundo negro, Kafur, tomó la palabra y dijo:

«Sabed, ¡oh mis hermanos! que cuando sólo tenía ocho años de edad era ya tan experto en el arte de mentir, que cada año soltaba una mentira tan gorda que á mi amo el mercader se le arrugaba el ano y se caía de espaldas. Así es que el mercader quiso deshacerse de mí cuanto antes, y me puso en manos del pregonero, para que anunciase mi venta en el zoco, diciendo: «¿Quién quiere comprar un negrito con todo su vicio?» Y el pregonero me llevó por todos los zocos, diciendo lo que le habían encargado. Y un buen hombre de entre los mercaderes del zoco no tardó en acercarse, y preguntó al pregonero: «¿Y cuál es el vicio de este negrito?» Y el otro contestó: «El de decir una sola mentira cada año.» Y el mercader insistió: «¿Y qué precio piden por ese negrito con su vicio?» A lo cual contestó el pregonero: «Sólo seiscientas dracmas.» Y dijo el mercader: «Lo tomo, y te doy veinte dracmas de corretaje.» Y en el acto se reunieron los testigos de la venta y se hizo el contrato entre el pregonero y el mercader. Entonces el pregonero me llevó á la casa de mi nuevo amo, cobró el precio de la venta y el corretaje, y se marchó.

Mi amo me vistió decentemente con ropa á mi medida, y permanecí en su casa el resto del año, sin que ocurriera ningún incidente. Pero empezó otro año y se anunció como bendito en cuanto á la recolección y la fertilidad. Los mercaderes le festejaban con banquetes en los jardines, y cada uno pagaba á su vez los gastos del convite, hasta que le tocó á mi amo. Entonces mi amo invitó á los mercaderes á comer en un jardín de las afueras de la ciudad, y mandó llevar allí comestibles y bebidas en abundancia, y todos estuvieron comiendo y bebiendo desde por la mañana hasta el mediodía. Pero entonces recordó mi amo que había dejado olvidada una cosa, y me dijo: «¡Oh mi esclavo! monta en la mula, ve á casa para pedirle á tu ama tal cosa, y vuelve en seguida.» Yo obedecí la orden y me dirigí apresuradamente á la casa.

Y al llegar cerca de ella empecé á dar agudos chillidos y á verter abundantes lagrimones. Y me rodeó un gran grupo de vecinos de la calle y del barrio, grandes y chicos. Y las mujeres, asomándose á las puertas y ventanas, me miraban asustadas, y mi ama, que oyó mis gritos, bajó á abrirme, acompañada de sus hijas. Y todas me preguntaron qué ocurría. Y yo contesté llorando: «Mi amo estaba en el jardín con los convidados, se ausentó para evacuar una necesidad junto á la pared, y la pared se vino abajo, sepultándole entre los escombros. Y yo he montado en seguida en la mula, y he venido á todo correr á enteraros de la desgracia.»

Cuando la mujer y las hijas oyeron mis palabras se pusieron á dar agudos gritos, á desgarrarse los vestidos y á darse golpes en la cara y en la cabeza, y todos los vecinos acudieron y las rodearon. Después, mi ama, en señal de luto (como suele hacerse cuando muere inesperadamente el cabeza de familia), empezó á destrozar la casa, á destruir los muebles, á tirarlos por las ventanas, á romper todo lo rompible y á arrancar ventanas y puertas. Luego mandó pintar de azul las paredes y echar encima de ellas paletadas de barro. Y me dijo: «¡Miserable Kafur! ¿qué haces ahí inmóvil? Ven á ayudarme á romper estos armarios, á destruir estos utensilios y hacer trizas esta vajilla.» Y yo, sin esperar á que me lo dijera dos veces, me apresuré á destrozarlo todo, armarios, muebles y cristalería; quemé alfombras, camas, cortinas y almohadones, y después la emprendí con la casa, asolando techos y paredes. Y entretanto, no dejaba de lamentarme y de clamar: «¡Pobre amo mío! ¡Ay mi desgraciado amo!»

Después, mi ama y sus hijas se quitaron los velos, y con la cara descubierta y todo el pelo suelto, salieron á la calle. Y me dijeron: «¡Oh Kafur! Ve delante de nosotras para enseñarnos el camino. Llévanos al sitio en que tu amo quedó sepultado bajo los escombros. Porque hemos de colocar su cadáver en el féretro, llevarlo á casa y celebrar los debidos funerales.» Y yo eché á andar delante de ellas, gritando: «¡Oh mi pobre amo!» Y todo el mundo nos seguía. Y las mujeres llevaban descubierto el rostro y la cabellera desmelenada. Y todas gemían y gritaban, llenas de desesperación. Poco á poco se aumentó la comitiva con todos los vecinos de las calles que atravesábamos, hombres, mujeres, niños, muchachas y viejas. Y todos se golpeaban la cara y lloraban desesperadamente. Y yo me divertía haciéndoles dar la vuelta á la ciudad y atravesar todas las calles, y los transeuntes preguntaban la causa de todo aquello, y se les contaba lo que me habían oído decir, y entonces clamaban: «¡No hay fuerza ni poder más que en Alah, Altísimo, Omnipotente!»

Y alguien aconsejó á mi ama que fuese á casa del walí y le refiriese lo ocurrido. Y todos marcharon á casa del walí, mientras yo pretextaba que me iba al jardín en cuyas ruinas estaba sepultado mi amo.