Y ella contestó: «¡Un beso! ¡Eso ha de darse voluntariamente! ¿Me darías á la fuerza un beso en mis labios sonrientes?»
Y le dije: «¡No creas que un beso dado á la fuerza carece de voluptuosidad!» Y me respondió: «¡Un beso á la fuerza no sabe bien más que en la boca de las pastoras de las montañas!»
Y después que hubo cantado, sintió Ghanem que aumentaba su locura, y sus transportes, y el fuego de sus entrañas. Y la joven nada le concedía, aunque no dejaba de expresarle que compartía su pasión. Y así siguieron hasta que se hizo de noche: Ghanem enormemente excitado, y ella sin acceder. Por fin, Ghanem se levantó y encendió las lámparas, alumbrando espléndidamente el salón, y fué á echarse á los pies de la joven. Y pegó los labios á aquellos pies tan maravillosos, que le parecieron dulces como la leche y tiernos como la manteca. Y luego subió hasta las piernas, y aún más arriba, entre los muslos. Y parecía comerse toda aquella carne sabrosa, que olía á almizcle, á rosa y á jazmín. Y la joven se estremecía toda, como se estremece la gallina dócil agitando las alas. Y Ghanem gritó enloquecido: «¡Oh dueña mía! ¡Ten piedad de este esclavo tuyo, vencido por tus ojos, muerto por tu carne! Desde que viniste he perdido la tranquilidad.» Y sintió que las lágrimas bañaban sus ojos. Entonces la joven contestó: «¡Por Alah! ¡Oh dueño mío, oh luz de mis ojos! ¡Te quiero con toda la pulpa de mi carne! Pero sabe que nunca podré entregarme á ti, ni que me poseas del todo.» Y Ghanem exclamó: «¿Y quién te lo impide?» Y ella dijo: «Esta noche te explicaré el motivo, y entonces me disculparás.» Pero al hablar así, se dejó caer á su lado y le echó los brazos al cuello y le dió millares de besos, prometiéndole mil locuras. Y estos juegos duraron hasta el amanecer, pero la joven nada dijo respecto á la causa que le impedía entregarse.
Siguieron haciendo las mismas cosas incompletas todos los días y todas las noches, durante un mes. Y su amor aumentaba. Pero cierta noche entre las noches, estando tendido Ghanem al lado de la joven, ebrios de vino y de excitación, Ghanem aventuró la mano por debajo de la fina camisa, y pasándola suavemente por el vientre de la joven, le acariciaba la piel, que se estremecía á cada contacto. Luego deslizó la mano lentamente hasta el ombligo, que se abría como una copa de cristal, y con los dedos le hizo cosquillas en los armoniosos pliegues. Y la joven se estremeció toda, y se incorporó bruscamente, repuesta de su embriaguez, y llevándose la mano al calzón, vió que estaba bien sujeto con la cinta de borlas de oro. Ya tranquilizada, se quedó otra vez medio dormida. Y Ghanem paseó de nuevo su mano á lo largo de aquel vientre juvenil, aquella maravilla de carne, y llegó á la cinta del calzón, y tiró de ella rápidamente para libertar de su prisión al jardín de delicias. Pero la joven se despertó entonces, se sentó en la cama, y dijo á Ghanem: «¿Qué intentas, ¡oh luz de mis entrañas!?» Y él respondió: «Poseerte, amor mío, tenerte por completo, ver cómo compartes mis delicias.» Y ella contestó: «Escúchame, ¡oh Ghanem! Voy á explicarte al fin mi situación, revelándote mi secreto. Ahora comprenderás por qué me he resistido á que me atravesaras deliciosamente con tu virilidad.» Y Ghanem dijo: «Te escucho.» Y la joven, recogiéndose un poco la camisa, sacó la cinta del calzón, y dijo: «¡Oh mi señor! lee lo que ahí está escrito.» Y Ghanem cogió el extremo de la cinta, y en la trama vió bordadas unas letras de oro que decían: ¡SOY TUYA Y TÚ ERES MÍO, DESCENDIENTE DEL TÍO DEL PROFETA!
Y al leer estas palabras bordadas con letras de oro en el extremo de la cinta, retiró en seguida la mano, y dijo: «Explícame qué significa todo esto.»
Y la joven dijo:
«Sabe, ¡oh mi señor! que soy la favorita del califa Harún Al-Rachid. Las palabras escritas en la cinta de mi calzón prueban que pertenezco al Emir de los Creyentes, al cual debo reservar el sabor de mis labios y el misterio de mi carne. Me llamo Kuat Al-Kulub[6], y desde mi infancia me criaron en el palacio del califa. Llegué á ser tan hermosa, que el califa se fijó en mí y comprobó mis perfecciones, debidas á la generosidad del Señor. Y le impresionó tanto mi belleza, que sintió un gran amor hacia mí, y me destinó un aposento en palacio para mí sola, poniendo á mis órdenes diez esclavas muy simpáticas y serviciales. Y me regaló todas las alhajas y joyas con que me encontraste en el cajón. Y me prefirió á todas las mujeres de palacio, y hasta olvidó á su esposa El Sett-Zobeida. Así es que Sett-Zobeida me tomó un odio inmenso.
Habiéndose ausentado un día el califa para luchar con uno de sus lugartenientes que se había rebelado, se aprovechó de ello Zobeida para combinar un plan contra mí. Sobornó á una de mis doncellas, y llamándola un día á sus habitaciones, le dijo: «Cuando tu señora Kuat Al-Kulub esté durmiendo, le pondrás en la boca este pedazo de banj, después de haberle echado otra dosis en la bebida. Si lo haces te recompensaré, y te daré la libertad y muchas riquezas.» Y la esclava, que antes lo había sido de Zobeida, contestó: «Lo haré, porque la adhesión que te tengo es tan grande como mi cariño.» Y muy alegre por la recompensa que la aguardaba, vino á mi aposento y me dió una bebida compuesta con banj. Y apenas la hube probado, caí en tierra, y me dieron convulsiones, y me sentí transportada á otro mundo. Y al verme dormida, fué la esclava á buscar á Sett-Zobeida, que me metió en ese cajón y mandó llamar á los tres eunucos. Y los gratificó espléndidamente, lo mismo que á los porteros del palacio. Y así me sacaron de noche para llevarme á la tourbeh, adonde Alah te había conducido. Porque á ti, ¡oh amor de mis ojos! debo el haberme salvado de la muerte. Y también gracias á ti me encuentro en esta casa tan generosa.
Pero lo que más me preocupa es lo que el califa haya pensado al volver y no encontrarme. Y también me atormenta no poder entregarme á ti completamente, á pesar de sentirte palpitar en mis entrañas. Y todo por estar sujeta por lo que dice esta cinta de oro. Tal es mi historia. Ahora sólo te pido discreción y que nadie conozca mi secreto.»
Cuando Ghanem hubo oído la historia de Kuat Al-Kulub, y supo que era favorita y propiedad del Emir de los Creyentes, retrocedió hasta el fondo de la sala y ya no se atrevió á levantar sus miradas hacia la joven, pues se había convertido para él en cosa sagrada. Y así, fué á sentarse en un rincón y comenzó á reconvenirse, pensando cuán poco le había faltado para ser un criminal y lo audaz que había sido sólo con tocar la piel de Kuat. Y comprendió lo imposible de su amor y cuán desgraciado era. Y acusó al Destino por los golpes tan injustos que le reservaba. Pero no dejó de someterse á los designios de Alah, y dijo: «¡Glorificado sea Aquel que tiene razones para herir con el dolor el corazón de los buenos y apartar la aflicción del corazón de los viles!» Y después recitó estos versos del poeta: